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Yo soy el Pan vivo bajado del Cielo – Comentario al Evangelio del Domingo 9 de agosto de 2009 – 19º del Tiempo Ordinario

01 ago

Comentario al Evangelio – Domingo XIX del Tiempo Ordinario – Día 9 de agosto de 2009

“Yo soy el Pan vivo bajado del Cielo”

Al comer el fruto prohibido, nuestros primeros padres pecaron y la muerte entró en el mundo. La vida nos fue restituida por medio de otro alimento, el “Pan que bajó del Cielo”. Dios mismo se ofrece como comida para el hombre en la Eucaristía, dándole infinitamente más de lo que había perdido.

Mons. João Scognamiglio Clá Dias, E.P.
(www.joaocladias.org.br)
Presidente General de los Heraldos del Evangelio

Evangelio:

E ntonces comenzaron a murmurar de él los judíos porque había dicho: “Yo soy el pan que bajó del Cielo”, y decían: “¿No es éste Jesús, el hijo de José, cuyo padre y madre nosotros conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: ‘He bajado del Cielo’?” Jesús respondió y les dijo: “No murmuréis entre vosotros. Nadie puede venir a mí si no le atrae el Padre que me ha enviado; y yo le resucitaré en el último día. Está escrito en los Profetas: Serán todos enseñados por Dios. Todo el que escucha al Padre y aprende su enseñanza viene a mí. Nadie ha visto nunca al Padre, sino sólo el que está en Dios, ése ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo: quien cree tiene vida eterna. Yo soy el Pan de Vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron. Este es el pan que baja del Cielo, para que quien lo coma no muera. Yo soy el Pan vivo, bajado del Cielo. Si alguno come de este pan, vivirá eternamente; y el pan que yo le daré es mi carne, vida del mundo” (Jn 6, 41-51).

I - Dios se ofrece como alimento

Este pasaje del Evangelio de San Juan nos depara desde el primer contacto con la sorprendente, terca e ilógica incredulidad de los contemporáneos de Jesús frente a su divinidad.

Dos milenios después tal vez sea difícil comprender que se dudara de la divinidad de Nuestro Señor ante pruebas tan evidentes: curación de toda clase de dolencias, liberación de posesiones diabólicas, resurrecciones y otros milagros asombrosos, entre ellos la transformación de agua en vino o la multiplicación de panes y peces, ocurrida poco antes del episodio relatado en este Evangelio del 19º domingo de Tiempo Ordinario.

¿Cómo podían contradecir algunos las claras afirmaciones de Cristo respecto de su divinidad y despreciar sus divinos atributos? ¿Qué llevaba a sus contemporáneos a tomar tal actitud?

Cuando en el hombre prepondera la materia

La naturaleza humana es un compuesto de espíritu y materia —el alma y el cuerpo— en el cual existe una jerarquía donde la parte espiritual ha de gobernar la material, algo que se logra mediante la práctica de la virtud y con ayuda de la gracia. Pero, cuando el hombre se deja dominar por las potencias inferiores, las pasiones desordenadas ejercen tiranía sobre la parte más noble y elevada y la persona se entrega al vicio. En el primer caso predomina el espíritu: nos hallamos frente al hombre espiritual. En el segundo, prepondera la materia: es el hombre carnal o, como se dice actualmente, materialista.

Detengámonos un poco en este segundo caso, procurando atender a ciertos rasgos de la psicología del hombre carnal para así comprender mejor la dureza de corazón de los contemporáneos de Jesús.

El materialista se vuelca principalmente al goce sensible de la vida. Sus horizontes intelectuales apenas abarcan algo más que la realidad concreta. Se diría que perdió la capacidad de ver los hechos en tres dimensiones, mirándolo todo desde un solo plano —el de sus pequeños intereses personales e inmediatos— sin la profundidad de lo eterno. De ahí su incapacidad para captar las realidades más altas, de orden sobrenatural. El materialista es un miope del espíritu. Está imposibilitado de alzar la vista a los grandes horizontes de la fe que Dios le ofrece misericordiosamente.

Visión deformada de los contemporáneos de Jesús

Tan distorsionada postura espiritual provocaba que los contemporáneos del Señor solamente vieran en Él al hijo del carpintero José. Nada más. La consideración única de la realidad palpable, visible e inmediata les había endurecido el espíritu, imposibilitándoles admirar y venerar las excelsas virtudes de Jesús, las mismas que no podían esconder su divinidad. Sin embargo, se resistían a que Quien había crecido y vivido entre ellos pudiera ser Dios y hombre: “¿Cómo puede decir ahora: ‘He bajado del Cielo’?”.

De esa visión materialista se desprendía la imposibilidad de aceptar el mayor don de Dios a la humanidad: la Eucaristía, tema de este Evangelio.

En efecto, las realidades visibles son imágenes de las invisibles y sobrenaturales, como enseña San Pablo: “Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras” (Rom 1, 20). Pero, para tener esa visión del universo es necesario ser hombre espiritual.

En cambio, la mayoría de los judíos —carnales y orientados a la realidad concreta— no podría comprender lo que quería decir Jesús al hablar de un “Pan bajado del Cielo” que traería la vida eterna. Para ellos la única finalidad del alimento es sostener la vida material humana. Su intelecto difícilmente podría alcanzar esta verdad trascendente: cuando Dios creó al hombre con necesidad de alimentarse, tenía en vista la institución de la Eucaristía, que mediante el “Pan bajado del Cielo” sostendría su vida sobrenatural.

El alimento favorece la unión de quienes lo comparten

La alimentación, aparte de su inmediata finalidad de conservar la vida del hombre, juega un importante papel social: une a las personas. La mesa es donde la familia se congrega diariamente para colocar en común no sólo los alimentos, sino también los sentimientos, los ideales, el modo de ser e incluso los problemas caseros. En la mesa se desarrolla la conversación y los padres encuentran una de las mejores ocasiones para ir formando el espíritu de los hijos.

El hecho de sentarse todos juntos para comer establece un especial lazo de unión entre los componentes de una familia, de un grupo de amigos o de una comunidad religiosa, que trasciende los simples manjares hacia valores más altos. El alimento favorece la unión de quienes lo comparten. Los vínculos familiares, sociales y religiosos se robustecen y la verdadera amistad se consolida.

La conmemoración de los pequeños o grandes acontecimientos de la vida se realiza también en torno a la mesa.

La muerte entró en el mundo por mal uso del alimento

Incluso cabe suponer que en el Paraíso Terrenal, donde los instintos humanos estaban en perfecto orden, si el pecado no hubiera existido y la vida se desarrollara normalmente, los mejores momentos de la convivencia familiar y social habrían ocurrido también alrededor del acto de nutrición.

Ya que el más grande don de Dios a la humanidad sería concedido bajo forma de alimento, quiso el Creador poner a prueba a nuestros primeros padres a través de un elemento nutritivo, para concederles después aquella dádiva tan alta: “De cualquier árbol del jardín puedes comer, pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio” (Gén 2, 16-17). Esta es la forma característica en que actúa Dios: pide una pequeña renuncia para dar después una infinitud en recompensa.

Comer el fruto prohibido fue el acto que introdujo la muerte en el mundo; por medio del “Pan bajado del Cielo” nos fue restituida la Vida. “Si alguno come de este pan, vivirá eternamente” (Jn 6, 51). El primer pecado fue cometido por el abuso de un alimento, y la salvación eterna nos llega a través de otro. La Eucaristía se presenta como una forma de respuesta, de parte de Dios, al pecado original, dando a los hijos de Adán infinitamente más de lo que habían perdido: Dios mismo se ofrece como alimento para el hombre. No es posible una donación más grande que la de la Eucaristía: “Y el pan que yo le daré es mi carne, vida del mundo” (Jn 6, 51b).

Con estos presupuestos meditaremos mejor este trecho del Evangelio, aumentando nuestro amor y reconocimiento al Divino Redentor por el inmenso don de la Eucaristía.

II - Eucaristía y vida eterna

Entonces comenzaron a murmurar de él los judíos porque había dicho: “Yo soy el pan que bajó del cielo”, y decían: “¿No es éste Jesús, el hijo de José, cuyo padre y madre nosotros conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: ‘He bajado del Cielo’?” Jesús respondió y les dijo: “No murmuréis entre vosotros”.

Estas palabras de Jesús fueron pronunciadas en la sinagoga de Cafarnaúm. El día anterior había practicado el prodigio de la multiplicación de los panes, figura del milagro muchísimo más portentoso de la Eucaristía. La muchedumbre, maravillada, acudió en busca del Señor hasta hallarlo en aquella ciudad. Pero cuando lo interpelan, Jesús les reprocha su poco espíritu y su mentalidad materialista: “En verdad, en verdad os digo: no me buscáis por haber visto los milagros, sino porque comisteis de los panes hasta saciaros. Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el que permanece hasta la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre” (Jn 6, 26-27).

Al multiplicar los panes y los peces Cristo había probado su poder sobre la materia, preparando de esta manera al pueblo para creer en la Eucaristía. Pero el corazón de sus oyentes se endureció; vacilaron ante el anuncio de tan grande don, y se aferraron a las realidades visibles y concretas. Para ellos Jesús seguía siendo “el hijo de José”. Ni siquiera la creencia de que el Mesías traería consigo un nuevo maná, por entonces muy difundida en Israel, contribuyó para abrir sus ojos y corazones ante la multiplicación de los panes.

Solamente Dios puede mover las almas rumbo a la perfección
Nadie puede venir a mí si no le atrae el Padre que me ha enviado; y yo le resucitaré en el último día.

Esta frase tan sencilla contiene un valioso principio teológico que debe guiar la actividad pastoral de los sacerdotes, como también al apostolado de los laicos: todo bien que podamos hacer se origina en una iniciativa de Dios.

A menudo en nuestra actividad creemos haber hecho grandes cosas, formulado ideas acertadas, hablado de manera atractiva, escrito palabras sublimes… Todo viene de Dios. ¿Nuestra acción obtuvo resultados? ¿Hubo almas que se enfervorizaron, cambiaron de vida, abandonaron la senda del pecado? Fue la gracia de Dios que actuó en ellas y las movió a aceptar bien lo que se haya dicho o hecho.

Nuestro Señor emplea el término “nadie” sin excepciones. “Nadie puede venir a mí si no le atrae el Padre”. El propio Jesús, el Hombre-Dios, poseedor de todo poder, nos brinda un divino ejemplo de humildad, atribuyendo al Padre la iniciativa del bien que realiza. Hasta en nuestra vida espiritual, cualquier movimiento de nuestra alma rumbo a la perfección se debe a una acción de la gracia. Siempre es Dios quien toma la iniciativa de atraernos.

Hay quienes discuten el papel del libre albedrío en esta atracción sobrenatural ejercida por Dios, alegando que el término “atraer” implica cierta violencia. Santo Tomás responde esta objeción con su lógica tan característica, explicando que puede haber distintas formas de atracción, sin violencia ni presión. Se puede atraer a alguien mediante un artificio de la inteligencia. Pero Dios también puede acercarnos a Él valiéndose del encanto y la belleza de su majestad. 1

El Padre Manuel de Tuya destaca asimismo el papel de la libertad humana frente a la acción de la gracia: “Dios trae las almas a la fe en Cristo: cuando Él quiere, infaliblemente, irresistiblemente, aunque de un modo tan maravilloso que ellas vienen también libremente; ese aspecto de libertad en el hombre se destaca especialmente en el versículo 45b”. 2

En idéntico sentido se pronuncia San Agustín, con el vuelo propio a su inteligencia privilegiada, cuando comenta este mismo pasaje con palabras inflamadas: “No dijo: ‘si no le guía’, sino ‘si no le atrae’. Esta violencia se practica sobre el corazón, no sobre la carne. ¿Cuál es tu sorpresa? Cree y vendrás; ama y serás atraído. No pienses que se trata de una violencia rabiosa y despectiva; es dulce, suave. Lo que atrae es la suavidad misma. Cuando la oveja tiene hambre, ¿no la atraemos mostrándole hierba? No es empujada corporalmente, sino subyugada por el deseo. Tú vas a Cristo del mismo modo”. 3

¿Y por qué el Padre es quien atrae el alma y el Hijo quien resucita el cuerpo el último día? San Juan Crisóstomo despeja la cuestión: “El Padre atrae, pero Él [Jesús] resucita. No porque separe sus obras del Padre —¡cómo podría ser!— sino porque así demuestra que el poder de ambos es igual”. 4

La voz del Padre nos atrae y conduce a Cristo
Está escrito en los Profetas: Serán todos enseñados por Dios. Todo el que escucha al Padre y aprende su enseñanza viene a mí.

Puesto que no creían en sus obras, Jesús invoca la autoridad de los profetas para insinuar que realizaba una de las predicciones indicativas de la llegada de la era mesiánica.

Fillion comenta: “El texto citado por Jesús, ‘serán todos enseñados por Dios’, está tomado del profeta Isaías (54, 13) que expone, en un cuadro admirable, los beneficios que el Señor derramará sobre su pueblo en los tiempos del Mesías. Uno de sus favores más valiosos consistirá en que las almas de buena voluntad serán instruidas y atraídas directamente por Él”5

Gomá y Tomás declara que este “divino magisterio será la forma con que Dios atraerá los hombre a Sí”. Pero, para que la atracción sea eficaz es preciso oír su voz “como se oye la voz del maestro, y aprender, o sea, prestar humilde asentimiento a lo que se oye: es la conjugación de los dos factores de la vida sobrenatural, la gracia y la libertad”6

¿Cómo se hará oír esa voz inefable si no podemos escucharlo ni hablar con Él, como Moisés podía hacerlo en el Sinaí y en la Tienda de la Reunión, donde Dios le hablaba como a un amigo? (cf. Ex 33, 11).

San Agustín, citado por Santo Tomás en la Catena Aurea, explica más claramente la manera como se realiza la enseñanza de Dios: “La escuela donde el Padre es oído y enseña que se vaya a su Hijo está muy alejada de los sentidos del cuerpo. Porque esta operación no la realiza por los oídos de la carne, sino del espíritu”7

En efecto —explica la teología mística— así como el cuerpo tiene cinco sentidos a través de los cuales la persona toma contacto con la realidad, al alma se le pueden atribuir, figurativamente hablando, sentidos mediante los cuales se comunica con el mundo sobrenatural.

Así pues, ¿es posible oír la voz de Dios? Sí. Él puede hablarnos de diversas formas, sobre todo cuando nos retiramos a rezar, a escuchar su Palabra, a elevar el alma hacia Él. Dios difícilmente se comunica con nosotros en medio del tumulto, de la agitación o de la correría; antes bien, nos habla con más frecuencia cuando hacemos silencio a nuestro alrededor. Será, por ejemplo, durante una visita al Santísimo Sacramento, durante una celebración litúrgica, en un momento de oración al final del día, cuando todo movimiento ha cesado y el silencio llama a la reflexión. ¡Qué elocuente es a veces el silencio! En esos momentos preciosos, el Padre nos habla y nos enseña a ir al encuentro de su Hijo.

S.S. Benedicto XVI, en discurso a una delegación de obispos recién nombrados, resaltó la importancia del silencio para que pueda escucharse la voz de Dios: “En las ciudades en las que vivís y actuáis, a menudo agitadas y ruidosas, donde el hombre corre y se extravía, donde se vive como si Dios no existiera, debéis crear espacios y ocasiones de oración, donde en el silencio, en la escucha de Dios mediante la lectio divina, en la oración personal y comunitaria, el hombre pueda encontrar a Dios y hacer una experiencia viva de Jesucristo que revela el auténtico rostro del Padre”8

Nadie ha visto nunca al Padre, sino sólo el que está en Dios, ése ha visto al Padre.

Los judíos sabían que nadie podía ver a Dios cara a cara, tal como lo había dicho a Moisés luego que éste pidiera: “Muéstrame tu gloria” (Ex 33, 18). Pues ver a Dios conllevaría la muerte: “No podrás ver mi faz, porque no puede el hombre verla y vivir” (Ex 33, 20). Jesús, al afirmar que había visto al Padre —“ése ha visto al Padre”— descubría su divinidad. Gomá y Tomás afirma que con tal declaración “respondió Jesús a la murmuración de los judíos”9

Fuente de vida para el alma y para el cuerpo
En verdad, en verdad os digo: quien cree tiene vida eterna.

La expresión “en verdad, en verdad os digo” era considerada una especie de juramento entre los judíos, análogo a la fórmula “les doy mi palabra” usada en lengua castellana para enfatizar la veracidad de un testimonio o declaración. Cuando Nuestro Señor quería sellar con su autoridad una afirmación determinada, la precedía con esta expresión. Maldonado transcribe las palabras de Cirilo para interpretar este pasaje: “Sabía Cristo que los judíos eran hombres rudos y que ni siquiera creían plenamente en los profetas; por eso intercala este juramento, para forzarlos a creer”10

Prosiguiendo su lúcido comentario, Maldonado analiza el tiempo verbal con que Nuestro Señor utiliza el “tener”: “Dice tiene en vez de tendrá, porque aun cuando no la tenga actualmente [la vida eterna], ya tiene derecho a ella. La fe, dice Cirilo, es puerta y camino para la vida eterna. Por tanto, quien cree ya cruzó la puerta; si quiere, puede salvarse. El que no cree, en cambio, anda muy lejos de la vida eterna; aunque quiera salvarse, no podrá si primero no llega a la fe”11

Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron. Este es el pan que baja del Cielo, para que quien lo coma no muera. Yo soy el Pan vivo, bajado del Cielo. Si alguno come de este pan, vivirá eternamente; y el pan que yo le daré es mi carne, vida del mundo.

La interpretación de este pasaje ha originado gran controversia a lo largo de los siglos. Los que comieron el maná en el desierto murieron como todos los hombres; pero también mueren físicamente los que comen el “Pan vivo”. ¿En qué sentido emplea Jesús los conceptos de muerte y vida?

Maldonado, tras un extenso análisis de las varias opiniones, opta por una interpretación integradora. Según este eminente exégeta, Cristo usa los referidos conceptos en dos sentidos: “Se trata al mismo tiempo de la vida y de la muerte del cuerpo y del alma”. 12 De la muerte del cuerpo, cuando se refiere al maná, puesto que los judíos lo comieron y murieron, al igual que el común de los hombres; y la vida del alma, cuando alude al “Pan vivo bajado de Cielo”, que da la vida eterna al alma. La reunión de ambos sentidos produce “la fuerza y la elegancia de la frase de Cristo”13 El uso de estas figuras lingüísticas era frecuente en Jesús, de acuerdo a Maldonado, y tenía la intención de “elevar a los judíos, que eran carnales, desde las cosas materiales a la espirituales”14

Pero el Pan del que habla el Señor no sólo otorga la vida del alma, sino también del cuerpo: “Yo le resucitaré el último día” (Jn 6, 44).

“Cuando [el Cuerpo de Cristo] da al alma la vida, esto es, la gracia, otorga al cuerpo una prenda y como un inicio de bienaventuranza, la que llamamos vida eterna. La bienaventuranza del alma se desborda en el cuerpo, así como los méritos del alma repercutieron en el cuerpo (Agustín). […] El Cuerpo de Cristo, que por la unión hipostática con la Divinidad tiene en sí vida infinita y divina, la engendra también en nosotros con su contacto físico cuando lo recibimos realmente en el Sacramento de la Eucaristía. Pone en nuestros cuerpos una semilla de inmortalidad que después florece en la resurrección, bastante diferente de la de los cuerpos de los condenados”15

San Ireneo afirmaba que, tal como el trigo tiene una fuerza germinativa gracias a la cual, una vez arrojado a la tierra, se descompone y se reproduce, así también el Cuerpo de Cristo tiene una eficacia generadora que se comunica a nuestros cuerpos los cuales resurgirán, incluso descompuestos y reducidos a polvo, naciendo de nuevo. 16 Esta es la manera, concluye Maldonado, como “el Cuerpo de Cristo sacramentado, al que recibimos, hace inmortal nuestro cuerpo mortal”17

Alimento que comunica la virtud vivificante

Recurramos al talento y ciencia teológica de Dom Guéranguer para explicitar los maravillosos efectos sobrenaturales de la Eucaristía sobre cuantos la reciben en condiciones dignas. Como lo propio del alimento es aumentar y conservar la vida, el Verbo de Dios “se hizo alimento vivo y vivificante, bajado de los Cielos. Siendo partícipe de la vida eterna, que recoge directamente del seno del Padre, la carne del Verbo comunica esta vida a quien se alimenta de ella. Lo que es corruptible por naturaleza, dice San Cirilo de Alejandría, no puede ser vivificado salvo por la unión corporal con el cuerpo de Quien es vida por naturaleza. Tal como dos pedazos de cera fundidos por el fuego se convierten en uno solo, así ocurre con nosotros y el Cuerpo de Cristo debido a la participación en su precioso Cuerpo y Sangre. […] Así como un poco de levadura hace fermentar toda la masa, en el decir del Apóstol (1 Cor 5, 6), este Cuerpo, al entrar en el nuestro, lo transforma por completo en Sí mismo. No hay nada que pueda ingresar de esta manera en nuestra sustancia corporal, a no ser la comida y la bebida; y éste es el modo, apropiado a su naturaleza, por medio del cual nuestro cuerpo adquiere la virtud vivificante”18

III – La mujer eucarística

Aunque el Evangelio no hable de María, Madre de Jesús, sabemos gracias a la teología y al Magisterio de la Iglesia que fue ella la primera criatura humana en recibir el beneficio de la promesa de Nuestro Señor: “Yo le resucitaré”. Pues María Santísima fue asunta al Cielo en cuerpo y alma.

María deseó ardorosamente la Eucaristía

La Santísima Virgen nunca tuvo dudas acerca de la Eucaristía, al contrario de tantos contemporáneos suyos. Pero además deseó ardorosamente la llegada del día en que Nuestro Señor cumpliría la promesa de dar su Carne como alimento y su Sangre como bebida. Podemos imaginarnos su exultación al escuchar el discurso de Jesús en la Sinagoga de Cafarnaúm, mientras recordaba la inefable convivencia mística que había tenido con el Verbo Encarnado durante los nueve meses en que éste permaneció dentro del claustro materno.

Por otra parte, afirma Jourdain: “Puede decirse, sin temor a equivocarse, que fue principalmente para su Santísima y Beatísima Madre que Nuestro Señor Jesucristo instituyó el Sacramento de la Eucaristía. Sin duda que lo instituyó para la Iglesia entera, pero después de Jesús, María es la parte principal de la Iglesia”19 Y así como Ella consintió en que su Hijo se ofreciera como víctima al Padre por la redención del género humano, también “dio su consentimiento al acto por el cual su Divino Hijo […] se entregó a nosotros como víctima, como alimento y como compañero de exilio en esta vida”20 en el Sacramento de la Eucaristía.

La Iglesia está llamada a la imitación de María

María es mujer ‘eucarística’ con toda su vida” —afirma el siervo de Dios Juan Pablo II en la Encíclica Ecclesia de Eucharistia. Por eso “la Iglesia, tomando a María como modelo, ha de imitarla también en su relación con este santísimo Misterio”21

Poco más adelante añade el Pontífice: “En cierto sentido, María ha practicado su fe eucarística antes incluso de que ésta fuera instituida, por el hecho mismo de haber ofrecido su seno virginal para la encarnación del Verbo de Dios. […] Y la mirada embelesada de María al contemplar el rostro de Cristo recién nacido y al estrecharlo en sus brazos, ¿no es acaso el inigualable modelo de amor en el que ha de inspirarse cada comunión eucarística?”. 22

Explica también que María hizo suya la “dimensión sacrificial de la Eucaristía”, no tan sólo en el Calvario sino a lo largo de toda su existencia al lado de Cristo. “Preparándose día a día para el Calvario, María vive una especie de ‘Eucaristía anticipada’ se podría decir, una ‘comunión espiritual’ de deseo y ofrecimiento, que culminará en la unión con el Hijo en la Pasión y se manifestará después, en el período postpascual, en su participación en la celebración eucarística, presidida por los Apóstoles, como ‘memorial’ de la Pasión”. 23

Por eso, vivir el memorial de la muerte de Cristo en la Eucaristía implica recibir constantemente a María como Madre. “Significa asumir, al mismo tiempo, el compromiso de conformarnos a Cristo, aprendiendo de su Madre y dejándonos acompañar por ella. María está presente con la Iglesia, y como Madre de la Iglesia, en todas nuestras celebraciones eucarísticas. Así como Iglesia y Eucaristía son un binomio inseparable, lo mismo se puede decir del binomio María y Eucaristía”24

Que estos hermosos y profundos pensamientos tan eucarísticos y marianos sirvan para compenetrarnos acerca de la sublimidad de este inmenso don de Dios a la humanidad, y del papel de María en la devoción eucarística de los fieles, sean laicos o sacerdotes.

______________

1 AQUINO, o.p., Santo Tomás de – Super Evangelium S. Joannis lectura, caput 6, lectio 5.

2 TUYA, o.p., Padre Manuel de – Biblia Comentada: II Evangelios. Madrid: BAC, 1964, p. 1107.

3 AGUSTÍN, San – Sermón 131, nº 2.

4 CRISÓSTOMO, San Juan – Homilía 46 in Homilías sobre el Evangelio de San Juan. Madrid: Rialp, 2000, p.245.

5 FILLION, Louis-Claude – Vida de Nuestro Señor Jesucristo. Madrid: Rialp, 2000, Vol.2, p. 245.

6 GOMÁ Y TOMÁS, Card. Isidro – El Evangelio explicado. Barcelona: Rafael Casulleras, 1930, Vol. 2, p. 384.

7 Apud AQUINO, Santo Tomás de – Catena Áurea.

8 BENEDICTO XVI – Discurso del Santo Padre a ciento siete obispos nombrados en los últimos doce meses, 22/Sept./2007.

9 GOMÁ Y TOMÁS, Op. cit., p. 385.

10 MALDONADO, s.j., P. Juan de – Comentarios a los cuatro Evangelios – III: Evangelio de San Juan. Madrid: BAC, 1954, pág. 398.

11 Ídem, pág. 398.

12 Ídem, pág. 405.

13 Ídem, pág. 405.

14 Ídem, pág. 406.

15 Ídem, pág. 407.

16 Ídem, pág. 408.

17 Ídem, pág. 408.

18 GUÉRANGER, o.s.b., Dom Prosper – L’Année Liturgique: Le temps après la Pentecôte. Tours: Maison Alfred Mame et fils, 1921, Vol. 1, pp. 307-308.

19 JOURDAIN, Abbé Z.-C. – Somme des grandeurs de Marie – Marie dans la Sainte Église. París: Hippolyte Walzer, 1900, p. 561.

20 Ídem, p. 562.

21 JUAN PABLO II – Ecclesia de Eucaristía, nº 53.

22 Ídem, nº 55.

23 Ídem, nº 56.

24 Ídem, nº 57.

______________

-Lea o descargue aquí la versión del comentario al Evangelio, en formato PDF-
(Transcrito de la Revista “Heraldos del Evangelio” Nº 73 – Agosto 2009 -www.salvadmereina.org)

Al comer el fruto prohibido, nuestros primeros padres pecaron y la muerte entró en el mundo. La vida nos fue restituida por medio de otro alimento, el “Pan que bajó del Cielo”. Dios mismo se ofrece como comida para el hombre en la Eucaristía, dándole infinitamente más de lo que había perdido.
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