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Las siete palabras de Jesús – Comentario al Evangelio de la Pasión del Señor – De los días 2 a 8 de abril de 2012


Comentario al Evangelio – Pasión del Señor – Días 25 al 31 de marzo de 2013

Las siete palabras de Jesús

De pie junto a la cruz, María,
conmovida de angustia y de dolores,
oía de su Divino Hijo las últimas palabras.

Mons. João Scognamiglio Clá Dias, E.P.
(www.joaocladias.org.br)
Presidente General de los Heraldos del Evangelio

Afirma Santo Tomás que “lo último en la acción es lo primero en la intención”. Por los actos finales y disposiciones de alma de quien transpone los umbrales de la eternidad, llegamos a comprender bien cuál fue el rumbo que sirvió de norte a su existencia.

En el caso de Jesús, no sólo en la muerte de cruz, sino también, de forma especial, en sus últimas palabras, vemos el sentido más profundo de su Encarnación. En ellas encontramos una rutilante síntesis de su vida: constante y elevada oración al Padre, apostolado a través de la predicación, conducta ejemplar, milagros y perdón.

La cruz fue el divino pedestal elegido por Jesús para proclamar sus últimas súplicas y decretos. En lo alto del Calvario se esclarecieron todos sus gestos, actitudes y predicaciones. María también comprendió allí, con profundidad, su misión de madre.

Jesús es la Caridad. La perfección de esa virtud, la encontramos en las“Siete Palabras”. Las tres primeras tienen en vista a los otros (enemigos, amigos y familiares); las demás a Él mismo.

1ª Palabra: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34).

Padre – Es el más suave título de Dios, En esa hora extrema, Jesús bien podría invocarlo llamándolo Dios. Se percibe, entretanto, claramente la intención del Redentor: quiso apartar, de los autores de aquel crimen, la divina severidad del Juez Supremo, interponiendo la misericordia de su paternidad. Se llega a entrever la fuerza de su argumento: Si el Hijo, víctima del crimen, perdona, ¿por qué no lo hacéis también Vos?

Es la primera “palabra” que sus divinos labios pronuncian en la cruz, y en ella ya encontramos el perdón. Perdón por los que le inflingieron directamente su martirio.

Perdón que abarca también a todos los demás culpables: los pecadores. En ese momento, por tanto, Jesús pidió al Padre también por mí.

Aunque no hubiese fundamento para excusar el desvarío e ingratitud del pueblo, la saña de los alguaciles, la envidia y el odio de los príncipes y de los sacerdotes, etc., tan infinita fue la Caridad de Jesús que Él argumenta con el Padre: “porque no saben lo que hacen”.

La ausencia absoluta de resentimiento hace descender de lo alto de cruz la luminosidad armoniosa y hasta afectuosa del amor al prójimo como a si mismo. Oyendo esa súplica, llegamos a entender cuanto dominio de sí había en Jesús, en la ocasión en que expulsó a los mercaderes del Templo: era, de hecho, el puro celo por la casa de su Padre.

2ª Palabra: “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23, 43).

La escena no podía ser más pungente. Jesús se encuentra entre dos ladrones. Uno de ellos hace justicia a la afirmación de la Escritura: “Un abismo atrae otro abismo” (Sl 41, 8). Blasfema contra Jesús, diciendo:“¿Acaso no eres tú el Cristo? Sálvate a ti mismo y a nosotros” (Lc 23, 39)

En cuanto ese ladrón ofende, el otro alaba a Jesús y amonesta a su compañero, diciendo: “¿Ni siquiera tú, que estás en el mismo suplicio, temes a Dios? Nosotros, en verdad, estamos justamente, porque recibimos lo merecido por nuestras obras; pero este nada malo ha hecho” (Lc 23, 40-41).

Son palabras inspiradas, en las cuales trasparecen la santa corrección fraterna, el reconocimiento de la inocencia de Cristo, la confesión arrepentida de los crímenes cometidos. Son virtudes que le preparan el alma para una osada súplica: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino” (Lc 23, 42).

El buen ladrón lo reconoce en este momento como Señor y Redentor. El “acuérdate de mí” es afirmativo, no tiene ningún sentido condicional, pues su confianza es plena e inconmovible. Comprende la superioridad de la vida eterna sobre la terrena, por eso no pide aquello que, para el mal ladrón, constituye un delirio: el alejamiento de la muerte, la recuperación de la salud y de la integridad.

El buen ladrón confiesa públicamente a Nuestro Señor Jesucristo, al contrario incluso que San Pedro, que habría negado tres veces al Señor. Tal gesto le hizo merecer de Jesús este premio: “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23, 43).

Jesús torna solemne la primera canonización de la historia: “En verdad…”

La promesa es categórica incluso en cuanto a la fecha: hoy. San Cipriano y San Agustín llegan a afirmar que el buen ladrón recibió la palma del martirio, por el hecho de, por libre y espontánea voluntad, haber confesado públicamente a Nuestro Señor Jesucristo.

3ª Palabra: “Estaban de pie junto a la cruz de Jesús su madre y la hermana de su madre, María de Cleofás, y María Magdalena. Viendo Jesús a su madre y junto a Ella al discípulo a quien amaba, dijo a su madre:‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’. Luego dijo al discípulo: ‘Ahí tienes a tu madre’. Y desde aquella hora el discípulo la tomó consigo.” (Jn 19, 25-27)

Con esas palabras, Jesús finaliza su comunicación oficial con los hombres antes de la muerte (las otras cuatro serán de su intimidad con Dios). Quienes las oyen son María Magdalena, representando la vía de la penitencia; María, mujer de Cleofás, la de los que van progresando en la vida espiritual; María Santísima y San Juan, la de la perfección.

Consideremos un breve comentario de San Ambrosio sobre este trecho: “San Juan escribió lo que los otros callaron: [poco después de] conceder el reino de los cielos al buen ladrón, Jesús, clavado en la cruz, considerado vencedor de la muerte, llamó a su Madre y tributó a Ella la reverencia de su amor filial. Y si perdonar al ladrón es un acto de piedad, mucho más es homenajear a la Madre con tanto cariño… Cristo, de lo alto de la cruz, hacía su testamento, distribuyendo entre su Madre y su discípulo los deberes de su cariño” (in Sto. Tomás de Aquino, Catena Aurea).

Es arrebatador constatar como Jesús, en una actitud de grandioso afecto y nobleza, encerró oficialmente su relación con la humanidad, en la cual se había encarnado para redimirla. Del auge del dolor expresó el cariño de un Dios por su Madre Santísima, y concedió el premio para el discípulo que abandonara a sus propios padres para seguirlo: el céntuplo en esta tierra (Mt 19, 29).

Es perfecta y ejemplar la presteza con que San Juan asume la herencia dejada por el Divino Maestro: “Y desde aquella hora el discípulo la tomó consigo.” (Jn 19, 27). San Juan desciende del Calvario protegiendo, pero sobretodo protegido por la Reina del cielo y de la tierra. Es el premio de quien procura adorar a Jesús en el extremo de su martirio.

4ª Palabra: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27, 45)

Jesús clama en alta voz. Su proclama hiende no solamente los aires de aquel instante, sino los cielos de la historia. Nuestros oídos son duros, era indispensable hablar con fuerza. Jesús no profiere una queja, ni hace una acusación. Desea, por amor a nosotros, hacernos entender la terrible atrocidad de sus tormentos. Así más fácilmente adquiriremos clara noción de cuanto pesan nuestros pecados y de cuanto debemos ser agradecidos por la Redención.

¿Como entender ese abandono? No se rompió – y es imposible – la unión natural y eterna entre las personas del Padre y del Hijo. Ni siquiera, se separaron las naturalezas humana y divina. Jamás se interrumpió la unión entre la gracia y la voluntad de Jesús. Tampoco perdió su alma la visión beatífica.

Perdió Jesús, esto sí, y temporalmente, la unión de protección al cualÉl hace mención en el Evangelio: “Y el que me ha enviado está conmigo; no me deja solo (Jn 8, 29). El Padre bien podría protegerlo en esa hora (cfr. Mc 14, 36; Mt 26, 53; Lc 22, 43). El propio Hijo podría proteger su Cuerpo (Jn 10, 18; 18, 6), o conferirle el don de la incorruptibilidad y de impasibilidad, una vez que su alma estaba en la visión beatífica.

Pero así determinó la Santísima Trinidad: la debilidad de la naturaleza humana en Jesús debería prevalecer por un cierto período, a fin de que se cumpliese lo que estaba escrito. Por eso Jesús no se dirige al Padre como en general procedía, pero usa de la invocación “mi Dios”.

El orden del universo creado está cohesionado con el orden moral. Ambos proceden de una misma y única causa. Si la primera no se levanta para vengarse de aquellos que dilaceran los principios morales por medio de sus pecados, es porque Dios retiene su ímpetu natural. Si no fuese así, los cielos, los mares y los vientos se erguirían contra toda y cualquier ofensa hecha a Dios. Pero,¿cómo frenar la naturaleza delante del deicidio? Por eso, en la hora de aquel crimen supremo, “toda la región quedó sumida en tinieblas”… (Mt 27, 45).

5ª Palabra: “Tengo sed.” (Jn 19, 28)

Señala el evangelista que Jesús dijo tales palabras por saber “que todo se había consumado, para que se cumpliera la Escritura”. Viendo un vaso lleno de vinagre que había por allí, los soldados, “atando a una rama de hisopo una esponja empapada en el vinagre, se la acercaron a la boca” (Jn 19, 28-29).

Se cumplía así el versículo 22 del salmo 68: “Me pusieron veneno en la comida, me dieron a beber vinagre para mi sed.”

¿Cuál es la razón más profunda de ese episodio? Es un verdadero misterio.

Jesús derramó buena cantidad de su preciosísima sangre durante la flagelación. Las llagas, en vía de cicatrización, fueron abiertas a lo largo del camino y aún más cuando le arrancaron las ropas para crucificarlo. La poca sangre que aún le restaba corría por el sagrado leño. Por eso, la sed se tornó ardentísima. Además de ese sentido físico, la sed de Jesús significaba algo más: el Divino Redentor tenía sed de la gloria de Dios y de la Salvación de las almas.

¿Y qué le ofrecen?

Un soldado le presenta, en la punta de una vara, una esponja empapada de vinagre.

Era la bebida de los condenados.

¿Podemos de alguna manera, aliviar por lo menos ese tormento de Jesús? ¡Sí! Antes de todo, compadeciéndonos de él con amor y verdadera piedad, y presentándole un corazón arrepentido y humillado.

Debemos querer tener parte en esa sed de Cristo, anhelando por encima de todo nuestra propia santificación y salvación, con redoblado esfuerzo, de modo a no pensar, desear o practicar algo que no nos conduzca a Él. Para Él será agua fresca y cristalina nuestra fuga vigilante de las ocasiones próximas de pecado. Compadezcámonos también de los que viven en el pecado o en él caen, y trabajemos por su salvación. En suma, apliquémonos con ánimo en la tarea de apresurar el triunfo del Inmaculado Corazón de María.

El Salvador clama a nosotros de lo alto de la cruz que defendamos, aún más que el buen ladrón, la honra de Dios, buscando conducir la opinión pública a la verdadera Iglesia. Es nuestro deber buscar con entusiasmo la gloria de Cristo, “que nos amó y se entregó por nosotros a Dios como ofrenda y sacrificio de agradable olor.” (Ef 5, 2)

6ª Palabra: “Todo está consumado.” (Jn 19, 30)

La Sagrada Pasión había terminado y, con ella, la predicación. Todas las profecías se habían cumplido, conforme interpreta San Agustín: la concepción virginal (Is 7, 14); el nacimiento en Belén (Mq 5, 1); la adoración de los Reyes (Sl 71, 10); la predicación y los milagros (Is 61, 1; 35, 5-6); la gloriosa entrada en Jerusalén el día de Ramos (Zc 9, 9) y toda la Pasión (Isaías y Jeremías).

En la Cruz fue vencida la guerra contra el demonio: “Ahora es el juicio de este mundo, ahora el príncipe de este mundo será echado fuera” (Jn 12, 31). En el paraíso terrenal, el demonio adquirió de modo fraudulento la posesión de este mundo, con el pecado de nuestros primeros padres. Jesús la recuperó como legítimo heredero.

Consumado estaba también el edificio de la Iglesia. Este se inició con el bautismo en el Jordán, donde fue oída la voz del Padre indicando su Hijo muy amado, y se concluyó en la cruz, en la cual Jesús compró todas las gracias que serán distribuídas hasta el fin del mundo a través de los sacramentos.

Para que la preciosísima sangre del Salvador ponga fin al imperio del demonio en nuestras almas, es preciso que crucifiquemos nuestra carne con sus caprichos y delirios, combatiendo también el respeto humano y la soberbia. Jesús nos abrió un camino que, además, todos los santos trillaron.

7ª Palabra: “Padre, en tus manos entrego mi espíritu.” (Lc 23, 46)

Se estableció en la Iglesia, desde los primordios, la costumbre de encomendar las almas de los fieles difuntos, a fin de que la luz perpetua los ilumine.

Jesús entretanto, no tenía necesidad de encomendar su alma al Padre, pues ella había sido creada en el pleno gozo de la visión beatífica. Desde el primer instante de su existencia, se encontraba unida a la naturaleza divina en la persona del Verbo. Por tanto, al abandonar el cuerpo sagrado, saldría victoriosa y triunfante. “Mi espíritu”, y no el alma, probablemente aquí significaría la vida corporal de Jesús.

Pero Jesús aguardaba su resurrección para pronto. Al entregar al Padre la vida que de Él había recibido, sabía que ella le sería restituída en el tiempo debido.

Con reverencia tomó el Padre Eterno en sus manos la vida de su Hijo Unigénito, y con infinito complacimiento la devolvió en el acto de la resurrección, a un cuerpo inmortal, impasible y glorioso. Se abrió así, el camino para nuestra resurrección, restándonos la lección de que ella no puede ser alcanzada sino por el calvario y por la cruz.

AVE CRUZ, SPES UNICA.

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-Lea o descargue aquí la versión del comentario al Evangelio, en formato PDF-
(Transcrito de la Revista “Heraldos del Evangelio” Nº 5 – Abril/Mayo 2003 – Lea más comentarios en: www.salvadmereina.org)

 

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Convertíos y creed en el Evangelio – Comentario al Evangelio – Domingo Iº de Cuaresma – Día 26 de febrero de 2012


Comentario al Evangelio – Domingo Iº de Cuaresma – Día 26 de Febrero de 2012

“Convertíos y creed en el Evangelio”

Adecuar nuestros pensamientos, deseos, acciones y sentimientos conforme a Nuestro Señor Jesucristo es el único medio de corresponder dignamente al amor que Dios manifiesta por cada uno de nosotros.

Mons. João Scognamiglio Clá Dias, E.P.
(www.joaocladias.org.br)
Presidente General de los Heraldos del Evangelio

Evangelio:

En aquel tiempo, el Espíritu lo empujó al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás; vivía con las fieras y los ángeles lo servían. Después de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía: “Se ha cumplido el tiempo y está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1, 12-15).

Lea aquí el comentario a este evangelio

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(Transcrito de la Revista “Heraldos del Evangelio-Salvadme Reina” Nº 103 – Febrero 2012 –www.salvadmereina.org)
 

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Dos banderas… una única elección – Comentario al Evangelio – Domingo IVº del Tiempo Ordinario – Día 29 de enero de 2012


Comentario al Evangelio – Domingo IVº del Tiempo Ordinario – Día 29 de enero de 2012

Dos banderas… una única elección

Para que ganemos la batalla de nuestra vida espiritual debemos procurar alcanzar una unión plena y perfecta con el supremo Capitán, sirviéndonos para ello de todos los elementos que Él nos pone a nuestro alcance.

Mons. João Scognamiglio Clá Dias, E.P.
(www.joaocladias.org.br)
Presidente General de los Heraldos del Evangelio

Evangelio:

Y entran en Cafarnaún y, al sábado siguiente, [Jesús] entra en la sinagoga a enseñar; 22 estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas. 23 Había precisamente en su sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar: 24 “¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios”. 25 Jesús lo increpó: “Cállate y sal de él”. 26 El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él. 27 Todos se preguntaron estupefactos: “¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen”. 28 Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea (Mc 1, 21-28).

Lea aquí el comentario a este evangelio

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(Transcrito de la Revista “Heraldos del Evangelio-Salvadme Reina” Nº 102 – Enero 2012 –www.salvadmereina.org)
 

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Camino seguro hacia la salvación eterna – Comentario al Evangelio – Domingo XXXIIIº del Tiempo Ordinario – Día 13 de noviembre de 2011


Comentario al Evangelio – Domingo XXXIIIº del Tiempo Ordinario – Día 13 de noviembre de 2011

Camino seguro hacia la salvación eterna

Los siervos fieles pasaron la ausencia del señor sirviéndolo con seriedad y suspirando por su retorno. Al oír que llega y los llama, acuden raudos a su encuentro; en cambio, el siervo perezoso lo acusa de injusto. Su actitud se erige así como paradigma de la conducta de los pecadores que quieren justificar sus faltas, atribuyendo a Dios la causa de las mismas.

Mons. João Scognamiglio Clá Dias, E.P.
(www.joaocladias.org.br)
Presidente General de los Heraldos del Evangelio

Evangelio:

El Reino de los Cielos es también como un hombre que, al emprender un viaje, llamó a sus siervos y les confió sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno: a cada cual según su capacidad; y se marchó. Enseguida, el que había recibido cinco talentos se puso a negociar con ellos y ganó otros cinco. Igualmente el que había recibido dos ganó otros dos. En cambio el que había recibido uno se fue, cavó un hoyo en tierra y escondió el dinero de su señor. Pasado mucho tiempo, volvió el señor de aquellos siervos y les pidió cuentas. Llegando el que había recibido cinco talentos, presentó otros cinco, diciendo: ‘Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes otros cinco que he ganado’. Su señor le dijo: ‘Muy bien, siervo bueno y fiel; has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho; entra en el gozo de tu señor’. Se acercó también el de los dos talentos y dijo: ‘Señor, dos talentos me entregaste; aquí tienes otros dos que he ganado’. Su señor le dijo: ‘Muy bien, siervo bueno y fiel; has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho; entra en el gozo de tu señor’. Llegó por fin el que había recibido un talento y dijo: ‘Señor, sé que eres un hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste. Por eso tuve miedo, y fui y escondí en tierra tu talento. Mira, aquí tienes lo que es tuyo’. Pero su señor le respondió: ‘¡Siervo malo y perezoso! Sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido; debías, pues, haber entregado mi dinero a los banqueros, y así, al volver yo, habría cobrado lo mío con los intereses. Quitadle, por tanto, su talento y dádselo al que tiene los diez talentos. Porque a todo el que tiene, se le dará y le sobrará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Y a ese siervo inútil, echadle a las tinieblas de fuera. Allí será el llanto y el rechinar de dientes’” (Mt 25, 14-30).

Lea aquí el comentario a este evangelio

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(Transcrito de la Revista “Heraldos del Evangelio-Salvadme Reina” Nº 64 – Noviembre 2008 –www.salvadmereina.org)
 

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¿Evitar el mal es suficiente para ganarse el Cielo? – Comentario al Evangelio – Domingo XXXIIIº del Tiempo Ordinario – Día 13 de noviembre de 2011


Comentario al Evangelio – Domingo XXXIIIº del Tiempo Ordinario – Día 13 de noviembre de 2011

¿Evitar el mal es suficiente para ganarse el Cielo?

Cada uno de nosotros ha recibido de Dios una enorme cantidad de dones, tanto sobrenaturales como naturales, concedidos con miras al cumplimiento de nuestra vocación específica. Según el uso que hagamos de ellos, seremos siervos buenos y fieles o… siervos negligentes y holgazanes.

Mons. João Scognamiglio Clá Dias, E.P.
(www.joaocladias.org.br)
Presidente General de los Heraldos del Evangelio

Evangelio:

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: 14 “Un hombre, al irse de viaje al extranjero, llamó a sus siervos y los dejó al cargo de sus bienes: 15 a uno le dejó cinco talentos, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó. 16 El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. 17 El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. 18 En cambio, el que recibió uno fue a hacer un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. 19 Al cabo de mucho tiempo viene el señor de aquellos siervos y se pone a ajustar las cuentas con ellos. 20 Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: ‘Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco’. 21 Su señor le dijo: ‘¡Bien, siervo bueno y fiel!; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor’. 22 Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo: ‘Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos’. 23 Su señor le dijo: ‘¡Bien, siervo bueno y fiel!; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor’. 24 Se acercó también el que había recibido un talento y dijo: ‘Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, 25 tuve miedo y fui a esconder mi talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo’. 26 El señor le respondió: ‘Eres un siervo negligente y holgazán. ¿Con que sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? 27 Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. 28 Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. 29 Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. 30 Y a ese siervo inútil echadlo fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes’” (Mt 25, 14-30).

Lea aquí el comentario a este evangelio

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(Transcrito de la Revista “Heraldos del Evangelio-Salvadme Reina” Nº 100 – Noviembre 2011 –www.salvadmereina.org)
 

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Una invitación hecha a todos – Comentario al Evangelio – Domingo XXVIIIº del Tiempo Ordinario – Día 9 de octubre de 2011


Comentario al Evangelio – Domingo XXVIIIº del Tiempo Ordinario – Día 9 de octubre de 2011

Una invitación hecha a todos

Para conmemorar las nupcias de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad con la naturaleza humana, una invitación es hecha a todas las generaciones a lo largo de la Historia. ¿Cómo se manifiesta en nuestros días?

Mons. João Scognamiglio Clá Dias, E.P.
(www.joaocladias.org.br)
Presidente General de los Heraldos del Evangelio

Evangelio:

“En aquel tiempo, 1 Jesús volvió a hablarles [a los sumos sacerdotes y fariseos] en parábolas, diciendo: 2 ‘El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo; 3 mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir. 4 Volvió a mandar otros criados encargándoles que dijeran a los convidados: ‘Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda’. 5 Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, 6 los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron. 7 El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. 8 Luego dijo a sus criados: ‘La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. 9 Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, llamadlos a la boda’. 10 Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. 11 Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta 12 y le dijo: ‘Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?’. El otro no abrió la boca. 13 Entonces el rey dijo a los servidores: ‘Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. 14 Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos’” (Mt 22, 1-14).

Lea aquí el comentario a este evangelio

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(Transcrito de la Revista “Heraldos del Evangelio-Salvadme Reina” Nº 99 – Octubre 2011 –www.salvadmereina.org)
 

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Los dos hijos de la parábola y los otros dos – Comentario al Evangelio – Domingo XXVIº del Tiempo Ordinario – Día 25 de septiembre de 2011


Comentario al Evangelio – Domingo XXVIº del Tiempo Ordinario – Día 25 de septiembre de 2011

Los dos hijos de la parábola y los otros dos

Actuando de mucho peor manera que los dos hijos de la parábola, los sacerdotes y ancianos del pueblo no sólo se negaron a trabajar en la viña del Señor, sino que, de hecho, no lo hicieron. Sería la actitud de un tercer hijo, extremo de mala conducta respecto de su padre. Pero hay también un cuarto hijo: el que oye con entusiasmo la invitación del Padre y entrega su vida por Él.

Mons. João Scognamiglio Clá Dias, E.P.
(www.joaocladias.org.br)
Presidente General de los Heraldos del Evangelio

Evangelio:

“Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en mi viña.” Él respondió: “No quiero.” Pero después se arrepintió y fue. Dirigiéndose al segundo, le habló del mismo modo; y éste respondió diciendo: “¡Voy, señor!”; pero no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre?» Le contestaron: «El primero ». Y Jesús les dijo: «En verdad os digo que los publicanos y las meretrices os preceden en el reino de Dios. Porque Juan vino a vosotros en el camino de justicia, y no le creísteis; en cambio, los publicanos y las meretrices creyeron en él. Pero vosotros, aun viendo esto, no os habéis arrepentido al fin, creyendo en él» (Mt 21, 28-32).

Lea aquí el comentario a este evangelio

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(Transcrito de la Revista “Heraldos del Evangelio-Salvadme Reina” Nº 26 – Septiembre 2005 –www.salvadmereina.org)
 

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