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Señor, ¿a quién iremos? – Comentario al Evangelio del Domingo 23 de agosto de 2009 – 21º del Tiempo Ordinario

17 ago

Comentario al Evangelio – Domingo XXI del Tiempo Ordinario – Día 23 de agosto de 2009

“Señor, ¿a quién iremos?”

“En un episodio decisivo para el anuncio del Reino de Dios,
los discípulos se dividieron entre los escandalizados ante
las palabras de Cristo y los que, aun sin entenderlas, las
aceptaron por un acto de fe.

Mons. João Scognamiglio Clá Dias, E.P.
(www.joaocladias.org.br)
Presidente General de los Heraldos del Evangelio

Evangelio:

L uego de haberlo oído, muchos de sus discípulos dijeron: “¡Duras son estas palabras! ¿Quién puede oírlas?” Conociendo Jesús en su interior que murmuraban de esto sus discípulos, les dijo: “¿Esto os escandaliza? ¿Pues qué sería si vierais al Hijo del hombre subir allí donde estaba antes? El Espíritu es el que da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida; pero hay algunos de vosotros que no creen”. Porque sabía Jesús desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que había de entregarle. Y decía: “Por esto os dije que nadie puede venir a mí si no se lo concede mi Padre”. Desde entonces muchos de sus discípulos se retiraron y ya no le seguían. Dijo Jesús a los doce: “¿Queréis marcharos vosotros también?” Y Simón Pedro le respondió: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios”. (Juan 6, 60-69)

I - Jesús es el Pan de la Vida

La contradicción de los judíos

¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?” (Jn 6,52), se preguntaban entre sí los judíos que oyeron a Jesús hablando del Sacramento de la Eucaristía. Y él les contestó: “Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros” (Jn 6, 53).

Con una fe insuficiente, ¿cómo podrían comprender el verdadero significado de las revelaciones del Señor?

Los judíos no querían admitir queél pudiera autodenominarse “pan de vida”. Pero de hecho lo es, tanto por su divinidad como por su humanidad. Como Dios, crea, sostiene el ser y alimenta a todos los vivientes; al asumir un cuerpo, su carne es vivificante porque es el Verbo de Dios. Al igual que el hierro se vuelve incandescente metido en el fuego, adquiriendo la sustancia y propiedades de éste sin dejar de ser hierro, así está unido el Sagrado Cuerpo de Jesús a la naturaleza divina. Por eso, sin la Eucaristía, el hombre puede tener vida natural pero no vida eterna.

Hoy nos damos cuenta qué misterio constituye el rechazo de los judíos a la preciosa invitación de Nuestro Señor. Sus antepasados habían adorado a no pocos dioses falsos, además de admitir las doctrinas más absurdas; pero, al presentarse el verdadero Dios y ofrecerse como alimento de inmortalidad, reaccionan con repudio.

Cuando Moisés subió al monte Sinaí para recibir las tablas de la Ley, los israelitas lo esperaron en la falda de la montaña. Como tardaba mucho en bajar y el pueblo estaba cansado, Aarón fue instado a hacerles un dios visible, que fuera adelante en los desplazamientos (Ex 32, 1). En el fondo querían tener un Dios– un ELOIM, el Dios verdadero que creó el cielo y la tierra– bajo una especie visible. Pues bien, lo que les ofrecía Jesús en este discurso eucarístico del capítulo sexto de san Juan era exactamente eso: “Yo soy el pan de vida […] el pan vivo bajado del cielo; si alguno come de este pan, vivirá para siempre” (Jn 6, 48 y 51).

Es una paradoja: lo que los judíos pidieron a Aarón, nosotros lo recibimos. Sí, en la Eucaristía está el ELOIM bajo especies visibles. Con una gran diferencia: los judíos creían que semejante maravilla podía ser obra de manos humanas, y nosotros creemos con toda fe que esto se realiza por exclusiva autoridad divina: “Haced esto en memoria mía” (Lc 22, 19). Lo curioso es que, pese a que los judíos creían posible este misterio a través de fuerzas naturales y humanas, no creyeron que Dios todopoderoso fuera capaz de concretarlo.

Misterio de fe

En las mismas palabras de Cristo hay un grandioso misterio: Caro mea vere est cibus, et sanguis meus vere est potus – “Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida” (Jn 6, 55).

Escuchemos a santo Tomás: “Que en este sacramento está el verdadero cuerpo de Cristo y su sangre, no lo pueden verificar los sentidos, sino la sola fe, que se funda en la autoridad divina”(1).

El problema se centra en que “las conversiones que tienen lugar siguiendo el proceso de la naturaleza son formales” (2). Ahora bien, en el caso de la Eucaristía debemos considerar que la acción de Dios “abarca todos los niveles del ser. Por tanto, no sólo puede producir conversiones formales […] sino que puede producir la conversión de todo el ser, por la que toda la sustancia de un ser se convierte en toda la sustancia de otro. Y esto es lo que sucede por el poder divino en este sacramento. Porque toda la sustancia del pan se convierte en toda la sustancia del cuerpo de Cristo, y toda la sustancia del vino, en toda la sustancia de la sangre de Cristo. Por donde se ve que esta conversión no es formal, sino sustancial, […] por lo que puede decirse que su nombre propio es el de transustanciación” (3).

Debemos considerar, además, que las dimensiones de la Hostia consagrada no corresponden a las del cuerpo de Cristo, sino que siguen iguales a cuando la sustancia era el pan (4). Aun así, “es necesario confesar según la fe católica que Cristo está por entero en este sacramento” (5).

II - Palabras recibidas con murmuración

Incredulidad de muchos discípulos
Luego de haberlo oído, muchos de sus discípulos dijeron: “¡Duras son estas palabras! ¿Quién puede oírlas?”

Por esto, muchos discípulos que lo oyeron dijeron: “¡Duras son estas palabras! ¿Quién puede oírlas?” (v. 60): les faltó entonar el canto Præstet fides supplementum, sensuum defectui (“que complete la fe lo que falta a los sentidos para entender”), como canta el “Tantum ergo”. Visus, tactus, gustus in te fallitur; sed auditu solo tuto creditur (“la vista, el tacto, el paladar aquí se engañan; sólo lo que oigo sostiene mi fe”).

Maldonado, que vivió tiempos turbulentos, se muestra severo en sus comentarios, recalcando que es muy propio de los herejes interpretar los misterios divinos de acuerdo a su capacidad de comprensión. Así pues, si no entienden alguna verdad referida a Dios o a la religión, la tildan de“desatino”.

Conociendo Jesús en su interior que murmuraban de esto sus discípulos, les dijo: “¿Esto os escandaliza?

Jesús es el Verbo eterno y encarnado, por lo cual ya conocía con incalculable antecedencia y en todos sus pormenores esa murmuración de los discípulos, que rompía la previa unión entre todos ellos basada en la admiración.

¿Jesús quiere reprender o evitar el escándalo?
¿Pues qué sería si vierais al Hijo del hombre subir allí donde estaba antes?

Maldonado considera muy difícil interpretar bien el presente versículo, ya que se trata de una frase interrogativa y concisa. Una de dos –siempre según Maldonado–: o quería decir Jesús que al verlo en su Ascensión comprenderían la afirmación de que su sangre es verdadera bebida y su carne es verdadera comida; o que después de presenciar su subida al cielo, podrían escandalizarse todavía más.

1. Facilitar la asimilación del dogma

Varios autores adoptan la primera hipótesis, pero difieren sobre cuál de los dogmas formulados por Jesús en su discurso eucarístico cobraría un mayor grado de certeza entre el público. Unos creen que con la Ascensión se facilitaría la noción de su bajada del cielo (ver v. 13). Otros opinan que al ver el regreso de Jesús al Padre, se percatarían enseguida de su divinidad y con ello admitirían la transubstanciación del pan y el vino realmente en la carne y la sangre de Dios. Veamos a un ilustre Padre de la Iglesia hablando del asunto:

“(San Agustín) Con esto deshizo las dudas que los agitaban, porque creían que el Salvador habría de destruir su propio cuerpo; mas Él les dijo que subiría al cielo entero; por esto les dice: ‘Cuando viereis al Hijo del hombre subir a donde estaba antes’. En verdad que entonces veréis cómo no destruye su cuerpo, como vosotros pensáis” (6).

2. Reprimenda a los judíos

Maldonado contraría estas suposiciones, mostrándose favorable a pensar que este versículo constituye una reprimenda a los judíos, y no una mera enseñanza u ofrecimiento de pruebas. A su modo de ver, el procedimiento habitual del Divino Maestro con los incrédulos que no admitían minúsculos puntos de fe, era dirigirles siempre una pregunta: “Si hablándoos de cosas terrenas no creéis, ¿cómo creerías si os hablase de cosas celestiales?” (Jn 3, 12).

En el versículo que comentamos aquí, Jesús se denomina Hijo del hombre para aclarar la unión existente entre ambas naturalezas, divina y humana, en su sola Persona, ya que de los cielos bajó como Dios y a ellos regresaría como hombre.

III – El alimento que da vida

El Espíritu es el que da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida.

A lo largo de los siglos se multiplicaron entre los comentaristas varias interpretaciones de este versículo. La que nos parece mejor es obra del obispo de Hipona:

¿Cuál es el sentido de la afirmación: la carne no sirve para nada? Para nada sirve del modo que ellos lo entendieron. Los judíos entendieron que habían de comer su carne como se desgarra a trozos un cadáver o como se vende en la carnicería, y no como animada por el espíritu.

Tal ocurre con esta expresión: la carne no sirve para nada. Considerándola por sí sola, no sirve para nada. Que descienda el espíritu sobre la carne, como cuando se une la caridad a la ciencia, y servirá para mucho.

Porque si la carne no sirve para nada, el Verbo no se hubiese hecho carne para habitar entre nosotros. Si Cristo nos fue de gran provecho mediante la carne, ¿cómo decir que la carne no sirve para nada?

El espíritu obró por medio de la carne en orden a nuestra salvación. La carne fue como una copa; se atiende al contenido de la copa, y no a la naturaleza de la copa misma” (7).

Alimento espiritual y material

No es exagerado pretender que el alimento material haya sido creado para el desarrollo y conservación orgánica del hombre, con el propósito de ser el paradigma de la institución de la Eucaristía. Cabe, sin embargo, una distinción entre el alimento material y el alimento espiritual. El primero produce efectos en nosotros haciéndose sustancia de nuestro organismo, que lo asimila; con el segundo ocurre todo lo contrario: somos nosotros los asumidos por él, como dice san Agustín, “quien parece como que oyó la voz de Cristo que le decía: ‘Tú no me convertirás en ti, como haces con el alimento de tu carne, sino que tú te convertirás en mí’ ” (8). “La virtud propia de este divino alimento es una fuerza de unión: nos une al Cuerpo del Salvador y hace de nosotros sus miembros para que vengamos a ser lo que recibimos” (9).

Por la Eucaristía pasamos a ser otros Cristos

Mediante la Eucaristía no sólo compartimos la vida misma de Jesús sino también todo el tesoro de su Sagrado Corazón, los méritos de su oración, de su sacrificio, etc. Esta realidad mística arranca llamaradas de entusiasmo en las almas bienaventuradas: “Para venir al mundo a fin de redimirnos, Dios se hizo hombre. Cuando vas al altar y lo recibes, eres tú quien se transforma en él. Y si dijera que te vuelves Cristo, no mentiría” (10).

Por otra parte, al comulgar pasamos a ser parte de Cristo: “Cuando comulgas, pasas a ser miembro de Cristo; así como la mano es parte del cuerpo, vive y se nutre deél, así formas parte de Cristo, vives y te nutres de él, incorporándote por la comunión en Cristo, como el miembro en el cuerpo” (11).

Asimismo, si la Eucaristía, por decirlo así, nos transforma en Cristo nuestra propia vida moral se hará partícipe de la santidad de Jesús. No sin fundamento fue dicho: Christianus alter Christus (“el cristiano es otro Cristo”), porque con el Bautismo pasamos a ser verdaderamente otros tantos Cristos, y la Eucaristía va reproduciendo paulatinamente en nosotros los mismos sentimientos y virtudes del Hombre-Dios; con el tiempo y la asidua frecuencia a este sacramento, pensaremos, amaremos y actuaremos tal como él. Nuestra caridad, humildad, obediencia y demás virtudes serán semejantes a las suyas.

Antídoto contra el pecado y fortaleza para la lucha

Igualmente, la Eucaristía es un gran antídoto contra el pecado ya que, según santo Tomás de Aquino, además de conferirnos la gracia –la cual contiene a su propio Autor, Cristo Jesús– aumenta nuestra caridad; disminuye la concupiscencia; por consiguiente, aumenta la devoción, perdona los pecados veniales; etc. (12).

Este sacramento produce sus frutos en el alma que lo recibe, ex opere operato (“obrando por sí mismo”). Sin embargo, sus efectos pueden ser excelentes en mayor o menor medida según las disposiciones con que se lo reciba. A una estupenda preparación interior sigue un mejor provecho. La ruptura y renuncia explícita hacia todo lo que pueda llevarnos al pecado es condición esencial para obtener la plenitud de gracias conferidas por la Comunión Eucarística.

Por otro lado, las debilidades e imperfecciones propias no deben causarnos turbación, ya que no nos impedirán acercarnos a la Santa Mesa, sino al contrario, el Pan Vivo nos fortalecerá para la lucha. Ya se trate de un vanidoso, de un arrogante, de un perezoso o de un tibio, hallará en la Eucaristía la inspiración y la energía para seguir el buen camino.

En nuestra vida espiritual debemos dar no pocas batallas contra el demonio, el mundo y la carne: “Se requiere la fortaleza del alma para hacer frente a tales dificultades, lo mismo que el hombre por su fortaleza corporal vence y rechaza los obstáculos corporales” (13). ¿Y dónde buscar esa fortaleza sino en la Eucaristía?

O salutaris Hostia… Bella premunt hostilia. Da robur, fer auxilium. Así canta bellamente el inmortal himno eucarístico: “Oh, Hostia salvadora […] Los enemigos nos apremian con hostilidades.¡Danos resistencia, tráenos ayuda!”

Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida.

Esto es, son espirituales, no teniendo nada carnal, ni consecuencia natural, porque están exentas de la necesidad terrena y de las leyes que la someten” (14).

IV – Creer para ser vivificado

Pero hay algunos de vosotros que no creen”. Porque sabía Jesús desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que había de entregarle.

Uno de los mejores comentarios a este versículo lo hace san Agustín. Afirma que Jesús no se refirió a la falta de entendimiento porque quería denunciar directamente la causa, es decir, la ausencia de fe en esos “algunos”, basándose en Isaías: “Si no creéis, no entenderéis” (Is 7, 9). Con mucha lucidez demuestra que no puede ser vivificado quien se resiste a la fe. Como consecuencia, se vuelven obtusos de entendimiento: “Quien no acepta, se resiste; quien se resiste, no cree. ¿Cómo puede ser vivificado quien resiste? […] Crean y se abrirán sus ojos; ábranse los ojos, y serán iluminados” (15).

Sobre a quiénes se refiere la expresión “algunos de vosotros”, dice Maldonado: “A mí me agrada más la opinión de Crisóstomo, que extiende a todos los discípulos y oyentes el alcance de la queja de Cristo, pero exceptúa de este número a los apóstoles, apoyándose en el sentido general de la polémica, que obliga a considerar a Cristo en confrontación a los que se habían ofendido con sus palabras” (16).

Según ciertos autores, Juan, cuando afirma que Jesús “sabía desde el principio”, quiso referirse a su conocimiento eterno como Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Otros, en cambio, lo interpretan de distinto modo y creen que con la palabra“principio”, Juan indicó el momento previo a la murmuración de los oyentes.

Y decía: “Por esto os dije que nadie puede venir a mí si no se lo concede mi Padre”. Desde entonces muchos de sus discípulos se retiraron y ya no le seguían.

Fray Manuel de Tuya comenta ambos versículos con precisión y síntesis: “Pero estas enseñanzas de Cristo no encontraron en «muchos» de sus discípulos la actitud de fe y sumisión que requerían. Y las palabras que ellos llamaron «duras», les endurecieron la vida, y no «creyeron» en Él, y «desde entonces» –sea en sentido causal (Jn 19, 12), sea en un sentido temporal, aunque ambos aquí se unen, porque, si fue «entonces» o«desde entonces», fue precisamente«a causa de esto»– abandonaron a Cristo. En un momento rompieron con Él, retrocedieron, y ya «no le seguían»” (17).

Jesús prueba a los discípulos
Dijo Jesús a los doce: “¿Queréis marcharos vosotros también?”

Hay un determinado momento en la jornada hacia el Reino en que se vuelve necesaria una adhesión conciente y explícita de parte nuestra.

Jesús, con delicadeza divina, pone el problema frente a sus Apóstoles. Sabía que al hombre le agrada el apoyo de sus amistades, pero discernía también la firme decisión de seguirlo que ellos habían tomado previamente, la cual le permitía hacer esta pregunta para volver explícita la adhesión a su Persona.

La respuesta de Pedro
Y Simón Pedro le respondió: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”.

Una vez más, san Pedro toma la palabra, interpretando el sentir general, para responder al Divino Maestro. Tertuliano afirmará más tarde: Anima humana naturaliter cristiana (“El alma humana es naturalmente cristiana”). De hecho, cuando buscamos bienes que nos proporcionen felicidad, consciente o inconscientemente buscamos a Cristo. Nadie tiene, como Él, palabras de vida eterna. San Agustín comenta al respecto de Pedro, que en forma implícita, le pide a Jesús que les conceda ser otro Él mismo en el caso de que los despidiera.

Hermosos ejemplo para nosotros, según san Juan Crisóstomo, si vemos que nuestros hermanos abandonan la fe. Por más que seamos pocos o hasta nos quedemos solos, debemos mantener una completa fidelidad, pues¿quién o qué nos hará felices fuera de Cristo?

“Y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios”

San Agustín resalta que Pedro dice primero que cree (“hemos creído”) para decir después que, por lo mismo, entiende (“y conocido”). Según el obispo de Hipona, si fuera al revés no conocería y ni creería (18).

La declaración de Pedro es una síntesis de nuestra fe: “Jesucristo es el Hijo de Dios vivo” y evidentemente, acatando lo que Él enseña, se llega a la plenitud de aquella virtud.

V – La virtud de la obediencia

Siendo Dios el Señor de toda la Creación, los seres inteligentes –ángeles y hombres– tienen la obligación de reconocer, amar y servir este señorío. Los inanimados proceden así físicamente, y los irracionales de manera instintiva. Dios es Señor de nuestras facultades, y sobre todo de nuestro entendimiento y voluntad. Por eso dijo san Juan de la Cruz que en la tarde de la vida seremos juzgados según el amor, ya que estamos obligados a querer lo que quiere Dios que queramos (19).

El orden del universo incluye a la voluntad humana, que libremente debe estar en armonía con la de Dios a través de la virtud de la obediencia (20). Esta última no es una virtud superior a las teologales (Fe, Esperanza y Caridad); sin embargo, es un veloz medio de unirnos a Dios y serles sumamente agradables. Por su intermedio hacemos una entrega en las adorables manos divinas que supera en valor a cualquier sacrificio que pudiéramos realizar (21): “Quien dice: «Yo le conozco» y no guarda sus mandamientos es un mentiroso y la verdad no está en él. Pero quien guarda su Palabra, ciertamente en él el amor de Dios ha llegado a su plenitud” (1 Jn 2, 4). “Aunque alguien sufriese el martirio o distribuyera todos sus bienes entre los pobres, tales actos no serían meritorios si no estuviesen ordenados al cumplimiento de la voluntad divina” (22).

Con esto, queda bien enfocada la invitación a practicar la obediencia que nos hace la Liturgia de este 21er domingo de Tiempo Ordinario: en la primera lectura, con las palabras de Josué: “Yo y mi familia serviremos al Señor” (Jos 24, 15), a las que el pueblo respondió diciendo: “También nosotros serviremos al Señor, porque él es nuestro Dios” (ibid., v. 18); también en la carta de Pablo: “Sed sumisos los unos a los otros en el temor de Cristo […] Cristo es cabeza de la Iglesia y salvador de su cuerpo […] como la Iglesia está sujeta a Cristo […] como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella” (Ef 5, 21 a 32); y sobre todo en el Evangelio, a propósito de la fe, dejándonos perplejos aquella apostasía de “muchos discípulos”, que se negaron a creer y, en consecuencia, a obedecer.

Excelente ocasión para que quien vive en nuestra época haga un examen de conciencia preguntándose:¿cuál es el grado de fe y sumisión a Dios, a la Iglesia y al Evangelio del hombre de este tiempo?

______________

1 Suma Teológica III, q. 75 a. 1.

2 Idem, a. 4.

3 Id. ibid.

4 Suma Teológica III, q. 76 a. 4.

5 Id., a. 1.

6 Apud santo Tomás de Aquino, Catena Aurea.

7 Apud san Agustín, Sobre el Evangelio de San Juan.

8 Suma Teológica III, q. 73 a. 3 ad 2.

9 CIC, núm. 2.837.

10 Serm. 58 en la oct. del Corp., in Obras del Beato Ávila, BAC, Madrid, t. 2, p. 921.

11 Id., p. 922.

12 Suma Teológica III, q. 79 a. 1.

13 Suma Teológica II-II, q. 123.

14 S. Juan Crisóstomo, apud S. Tomás de Aquino, Catena Aurea.

15 Apud san Agustín, Sobre el Evangelio de San Juan.

16 Comentarios a los cuatro Evangelios, P. Juan de Maldonado. BAC, 1954.

17 Biblia comentada, Fray Manuel de Tuya, O.P., BAC, Madrid, 1964, v. II, pp. 1.116 y 1.117.

18 Cfr. op. cit. p. 272.

19 Cfr. Suma Teológica II-II, q. 104 a. 4 ad 3.

20 Id. a. 1 y 4.

21 Id. a. 3 ad 1.

22 Id. a. 3.

______________

-Lea o descargue aquí la versión del comentario al Evangelio, en formato PDF-
(Transcrito de la Revista “Heraldos del Evangelio” Nº 36 – Julio 2006 -www.salvadmereina.org)

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