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Hemos encontrado al Mesías – Comentario al Evangelio – Domingo 18 de enero

12 ene

Comentario al Evangelio — II Domingo del Tiempo Ordinario – Dia 18 de enero de 2009


“Hemos encontrado al Mesías

Mons. João Scognamiglio Clá Dias, E.P.
(www.joaocladias.org.br)
Presidente General de los Heraldos del Evangelio


El desprendimiento con que el Bautista encaminó sus discípulos
a Jesús; el inflamado celo de Andrés y de Juan cuando
encuentran al Redentor; Simón Pedro, magnífico fruto de su
apostolado… En el Evangelio de este domingo se encuentra el
paradigma de la acción evangelizadora para todos los tiempos.

Evangelio:

“Al día siguiente, estaba Juan de nuevo allí con dos de sus discípulos. Mirando a Jesús que pasaba, dijo: «Este es el Cordero de Dios». Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús. Jesús se volvió, y al ver que le seguían les dijo:«¿Qué buscáis?» Ellos le respondieron: «Rabbí – que quiere decir “Maestro”–, ¿dónde vives?» Les respondió: «Venid y lo veréis». Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día. Era más o menos la hora décima. Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y siguieron a Jesús. Este encontró luego a su hermano Simón y le dijo: «Hemos encontrado al Mesías», que quiere decir el Cristo. Y lo llevó donde Jesús. Jesús, fijando en él su mirada, le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú serás llamado Cefas», que quiere decir “Piedra”. (Jn 1, 35-42)

I – Todos estamos llamados a  evangelizar

Dios quiere “que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2, 4). Para eso creó Jesús la Iglesia, institución esencialmente misionera y apostólica, que, al paso de los siglos, fue cumpliendo in crescendo esa grandiosa misión. Él mismo nos dijo: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10).

El llamado al apostolado no es privilegio exclusivo de los religiosos. También se extiende a los laicos, como enseña el Concilio Vaticano II:

El apostolado de los laicos, que nace de su propia vocación cristiana, jamás puede dejar de existir en la Iglesia. La Sagrada Escritura ofrece abundantes ejemplos de lo espontánea y fecunda que fue dicha actividad en los orígenes de la Iglesia.

Pues bien, nuestros tiempos exigen a los laicos un celo no menor. Las circunstancias actuales reclaman de su parte un apostolado más fecundo y absolutamente más amplio. De hecho, el aumento de la población, el progreso de las ciencias y de la técnica, las relaciones más estrechas entre los hombres, no sólo dilataron inmensamente los campos de apostolado de los laicos –que en gran parte sólo se abren a ellos– como también dieron pie a problemas nuevos que requieren de su inteligente solicitud y esfuerzo.

Ese apostolado se hace tanto más urgente si se considera la enorme autonomía adquirida por muchos sectores de la vida humana, a veces con algún desvío del orden ético y religioso, y con grave riesgo para la vida cristiana. Además, en numerosas regiones donde los sacerdotes son muy pocos, o, como sucede a veces, se hallan privados de la libertad para ejercer su ministerio, difícilmente la Iglesia podría estar presente y activa sin el concurso de los laicos.

Señal de esta múltiple y urgente necesidad es la acción evidente del Espíritu Santo, que hoy concede a los laicos una conciencia cada vez mayor de sus propias responsabilidades y los incita al servicio de Cristo y de la Iglesia en todas partes1.

El Doctor Angélico no es menos incisivo que el Concilio Vaticano II en resaltar la responsabilidad de los laicos, especialmente en las situaciones de crisis de religiosidad: “Cuando la fe se halla en peligro, todos están obligados a propagarla entre los demás, sea instruyéndolos y confirmándolos, sea reprimiendo y contrarrestando los ataques de los enemigos2.

Pío XII ya condenaba en su época la inacción en el apostolado: “En su puesto, el Papa debe velar incesantemente, rezar, y con prodigalidad, a fin de que el lobo no termine por entrar al redil para robar y dispersar el rebaño […]. Los colaboradores del Papa en el gobierno de la Iglesia hacen todo lo posible. Pero hoy eso no basta; todos los fieles de buena voluntad deben despertar del letargo y sentir su parte de responsabilidad en el éxito de esta empresa de salvación3.

En síntesis, cuando nuestra propia vida interior busca su perfección plena, exige que socorramos a cuantos estén al alcance de nuestra actividad apostólica, a fin de encaminarlos al seno de la Iglesia.

Esa magnífica obra evangelizadora tiene su paradigma en la Liturgia de hoy.

II – El apostolado de san Juan Bautista

Al día siguiente, estaba Juan de nuevo allí con dos de sus discípulos. Mirando a Jesús que pasaba, dijo: «Este es el Cordero de Dios».

San Juan Bautista –valeroso ejemplo de apóstol desprendido– jamás permitió que se introdujera en su gran alma el menor residuo de los celos de sus seguidores, sobre todo con relación a Jesús. Y aun siendo pariente cercano del Salvador, afirmaba: “No soy digno de desatar la correa de su sandalia” (Jn 1, 27). Una fuerte expresión para ese tiempo, pues cabía a los siervos lavar los pies de los visitantes de alta condición, quitándoles el calzado. Asumía de esta forma el lugar de un esclavo frente a Aquel sucesor suyo. Esa era una de las razones de su capacidad para conmover las almas e incentivarlas a la penitencia rumbo a la “metanoia” (cambio de mentalidad); su humildad arquetípica, tan nítida en la autenticidad de su predicación, confería a la persona del Precursor un carácter de insuperable confiabilidad. Hay aquí otra cualidad esencial del verdadero apóstol: la modestia.

Poco antes había declarado: “Este es de quien yo dije…” (Jn 1, 30). La afirmación indica claramente que Jesús debía ser la sustancia de su predicación. Tal vez ésa haya sido una de las principales razones para hacerlo elegir un terreno menos arriesgado donde desarrollar su apostolado. Lejos de Jerusalén y, por lo mismo, del radio de acción de escribas y fariseos, podía referirse libremente al que llegaría a ser verdadera “piedra de escándalo”. La médula de su palabra era “el Cordero de Dios” en que depositaba la plenitud de su fe.

Evangelizador desprendido y atrayente

El Evangelista describe al Bautista con ricos y hermosos colores, confirmando la huella agradable e indeleble dejada en su alma por su primer maestro. Además, con arte y pocas palabras, retrata la enorme perplejidad que levantaban sus discursos.¿Qué escuela o cuáles maestros lo habían formado para enseñar con tanta seguridad? Sacerdotes y levitas de Jerusalén, enviados por los judíos curiosos, inquirían: ¿quién es ese que bautiza diciendo no ser el Cristo, ni Elías y ni siquiera el profeta? Todos –ya los instruidos y formados, ya las simples personas del pueblo– percibían en Juan al hombre inspirado por Dios. Su aura de profecía, misterio y santidad crecía cada día, encantando a las multitudes e infundiendo temor y envidia a los grandes.

Su preocupación única, en su total desprendimiento, era la de preparar los caminos del Señor, congregando en torno de sí a algunos discípulos para luego entregarlos al Cordero de Dios. Otro ejemplo para nosotros, especialmente bajo este prisma, porque así debemos proceder en nuestro apostolado, llevando las vocaciones al seno de la Iglesia, a la vida eclesial.

De estos episodios emerge una más de las cualidades del Bautista, si bien poco resaltada: la de un apóstol por antonomasia. Su atractivo era irresistible, haciendo difícil la despedida. Eso explica la permanencia de los dos discípulos, encandilados con las palabras y la figura del maestro, a pesar que el día terminaba. Ellos, por otra parte, no tenían idea de la extraordinaria gracia que los aguardaba. La Providencia Divina jamás deja sin premio a los verdaderos devotos. Un día más o un día menos, les paga con superabundancia. La constancia, el amor y el entusiasmo de ambos discípulos les harían merecer la gracia de ser los primeros llamados al discipulado de Jesucristo.

“Este es el Cordero de Dios”

Sobre el inicio del Evangelio de hoy, dice el P. Andrés Fernández Truyols S.J.:

Y al otro día, mientras el Bautista estaba en compañía de dos de sus discípulos, Juan y Andrés, y viendo pasar de nuevo a Jesús, repitió esa misma profunda y dulcísima declaración de la víspera: ‘Este es el Cordero de Dios’.

Los dos discípulos, al oír –quizá por segunda vez– esa sentencia de los labios de su maestro, pronunciada con tanto amor y certeza, iluminados sin duda y movidos por la gracia interior que el propio Cordero de Dios les comunicaba, se despiden del que había sido su maestro hasta entonces y se disponen a seguir a Jesús.

El Bautista no opone la menor resistencia; por el contrario, los estimula a ir detrás del nuevo Maestro. ‘Juan era el amigo del Esposo. No buscaba su propia gloria, sino que daba testimonio de la Verdad. Por eso no quería retener a sus discípulos consigo, impidiéndoles seguir al Señor; por el contrario,él mismo les señala al que debían seguir’ (San Agustín, Tratado 7 sobre san Juan)4.

Según Maldonado, el Bautista tenía los ojos clavados en Jesús al estar “lleno de admiración y de religioso asombro”. Queda patente que Jesús paseaba. ¿Adónde iba? Algunos Padres se inclinan a pensar que Jesús estaba en busca de san Juan Bautista. Sin embargo, Maldonado no sigue esa opinión; cree que el Salvador estaría distrayéndose o caminando en otra dirección, y por eso “se dejó ver por Juan para que diera un nuevo testimonio sobre él5.

San Juan Crisóstomo resalta otros importantes detalles de este episodio: “Como muchos no prestaban atención en lo que san Juan decía desde el comienzo, trata de llamar su atención por segunda vez, y por eso dice: ‘Al día siguiente, Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos’.

Pero, ¿por qué el Bautista no recorría toda Judea y predicaba por todas partes sobre el Salvador, en vez de permanecer solamente en las cercanías del río Jordán, esperando ahí su llegada para darlo a conocer? Porque quería que eso se hiciera evidente por los propios milagros de Jesús. Además, proceder de tal modo fue causa de mayor edificación: Juan Bautista sólo hizo saltar una pequeña chispa y enseguida se levantó un gran incendio. Si hubiera dicho esas palabras recorriendo las aldeas y ciudades, todas estas cosas parecerían suceder a consecuencia de un plan humano, y su alabanza sonaría sospechosa: por la misma razón los profetas y los apóstoles hablaron de Jesucristo en su ausencia, pero el Bautista en su presencia física; los demás, sin embargo, hablaron de Cristo luego de su Ascensión.

San Juan Crisóstomo finaliza con este comentario: “Para dejar constancia de que no manifestaba a Jesús sólo por la voz, sino que lo designaba también con los ojos, añade: ‘Mirando a Jesús que pasaba, dijo: Este es el Cordero de Dios’6.

“Es preciso que él crezca y que yo disminuya”

Fray Manuel de Tuya OP comenta con acierto que este trecho del Evangelio apunta a una continuación de la misión del Bautista, la de anunciar la llegada del Mesías y dar testimonio de él. Tal como había procedido antes frente a las multitudes y al propio Sanedrín, lo hace ahora frente a sus dos discípulos: “No los retendrá, sino que los orientará rumbo a Cristo. Deshará su ‘círculo’ para hacer crecer el de Cristo. Es el tema de este pasaje: ‘Es preciso que él crezca y que yo disminuya’ (Jn 3, 30)7.

El famoso Fillion toma el mismo trecho bajo otro ángulo y afirma que la exclamación de san Juan, “este es el Cordero de Dios”, fue suficiente para producir en los dos discípulos una súbita reacción de encanto 8. Ya Maldonado se muestra favorable a la idea de que el Precursor estimaba que sus dos discípulos estaban listos para seguir al Mesías 9.

III – Andrés y Juan encuentran a Jesús

Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús.

Jesús había visto y amado a esos dos discípulos desde toda la eternidad; ahora, con sus ojos humanos y sin hacerse notar, el Salvador los mira de reojo. Siempre quiso atraerlos, pero, siguiendo una cuidadosa diplomacia, deja la iniciativa de encaminarlos al mismo que los había formado. Jesús no hace más que ofrecer al Precursor un pequeño pretexto, es decir, pasa frente a sus ojos.

El Bautista demuestra una vez más su total devoción al Salvador, pues aprovecha inmediatamente la oportunidad. ¡Teme que Jesús pase y no vuelva!

¡Cuántas veces ese mismo Jesús se presenta a lo largo del camino de nuestra vida! Aquí es una inspiración, allá un buen deseo bañado en consolación, a veces incluso un peso de conciencia y un arrepentimiento, o ejemplos de virtud o maldad que presenciamos… Sí, Jesús se nos aparece de mil maneras, y aquí, frente a nosotros, tenemos el gran modelo en este Evangelio. Debemos sentirnos ávidos de esas ocasiones para discernir las divinas sugerencias de Jesús.

Fieles a las enseñanzas de su maestro, en el entusiasmo por la figura del Cordero tan bien presentada a lo largo de elevadas conversaciones y prédicas, los dos discípulos decidieron seguirlo. Como explica Fray Manuel de Tuya, para el ambiente rabínico“seguir a alguien”, “ir detrás de”, era sinónimo de ir a su escuela, ser su discípulo 10. Por ende, lo siguieron en los dos sentidos de la palabra, o sea, físicamente y con la intención de hacerse discípulos suyos.

¡Cuántas vocaciones fueron abandonadas en el camino de la Historia por no reaccionar como estos dos!¡Cuántas perdiciones!

Por su parte, Maldonado, tomando a varios Padres de la Iglesia como base, acentúa la importancia de la predicación 11. Jesús recoge en este versículo los primeros frutos de la rica plantación de Juan.

Jesús se volvió, y al ver que le seguían les dijo: «¿Qué buscáis?» Ellos le respondieron: «Rabbí–que quiere decir “Maestro”–,¿dónde vives?».

Jesús nunca deja de venir a nuestro encuentro y jamás se niega a alentarnos en la senda del bien. Su actitud con los dos es tan afectuosa y paternal, que llega a ser conmovedora; ambos demuestran una inocente ansiedad por dirigirse a Jesús, pero por respeto o temor reverencial no se atreven a abordarlo. Según la buena educación de todos los tiempos, al que tiene autoridad le cabe iniciar la conversación. Jesús lo hace con suma bondad, pues discierne el trasfondo del propósito de ambos y los deja a sus anchas.

Ellos le dan el título de “Rabbí”, y así dejan muy claro que quieren aprender su doctrina. Enseguida le hacen una pregunta: “¿Dónde vives?” Al respecto, Alcuino comenta: “Como no quieren beneficiarse con el magisterio en forma pasajera, le preguntan dónde vive para, en el futuro, oír sus palabras en secreto, visitarlo muchas veces e instruirse mucho mejor”. 12

El Evangelio es perenne; por eso, también a nosotros pregunta Jesús: “¿Qué buscáis?” Es decir, ¿qué buscamos en los lugares que frecuentamos, en nuestras compañías, amistades, acciones, etc.? ¿Buscamos la gloria de Dios y de su Santa Iglesia?¿Será el Reino de los Cielos, la edificación del resto, nuestra salvación, nuestra santificación? ¿O será, por el contrario, nuestra vanagloria, nuestro amor propio, nuestra sensualidad, nuestros placeres? Es posible que no queramos responderle ahora, pero el día del Juicio –particular y final– habremos de darle cuenta exacta frente a los ángeles y a los hombres.

Imitemos a los dos discípulos y preguntemos a Jesús dónde vive actualmente. Imaginemos su respuesta. De seguro no lo encontraremos en los espectáculos inmorales, ni en las disputas vanidosas, etc. Ante todo, Jesús vive en el Cielo, como en el tabernáculo, pero también en el corazón de los inocentes, de todos los que se mantienen en la gracia de Dios y huyen del pecado. Bien lo sabemos nosotros…

Les respondió: «Venid y lo veréis». Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día. Era más o menos la hora décima [las cuatro de la tarde].

La cortesía de Jesús es insuperable, pues podría indicarles el camino y fijar una cita para el día siguiente. En lugar de eso, los invita a seguirlo, o sea, ya los acepta como discípulos.

Jesús, como enseña san Cirilo, procedió así “para enseñarnos, primero, que en las cosas buenas el atraso no merece elogio, porque la postergación de algo bueno siempre trae perjuicios. Y después, para mostrar que no basta con informarse sobre la casa, esto es, la Iglesia fundada por Cristo, sino que debe irse a ella con fe y observar conánimo fervoroso lo que ahí se hace”.13

¡Quién nos diera conocer el contenido de esa sagrada convivencia! “¡Qué bello día pasaron! ¡Qué bella noche! Edifiquemos, pues, una casa digna en nuestro corazón, adonde venga el Señor para habitar e instruirnos”, exclamó san Agustín.14

Jesús dirige también a nosotros esta invitación llena de cariño, y así lo hará hasta el último minuto de la Historia. ¿Cómo es posible oponer resistencia?

IV – Simón Pedro, fruto del apostolado de Andrés

Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y siguieron a Jesús.

Los comentaristas son prácticamente unánimes en recalcar la humildad del Evangelista en este versículo, ya que no se menciona a sí mismo como el otro discípulo. A nuestro modo de ver, los buenos años de muy estrecha convivencia con la más humilde de todas las criaturas, María Santísima, le habían arrebatado el corazón en el deslumbramiento por esa virtud excelsa.

Este encontró luego a su hermano Simón y le dijo: «Hemos encontrado al Mesías», que quiere decir el Cristo.

Evidentemente, la larga conversación con Jesús había hecho crecer a Juan y Andrés en la fe. Ambos debían sentirse inflamados por el celo, entusiasmo y fervor de su noviciado recién comenzado. Surgen resultados inmediatos para comprobar la auténtica realidad de semejante fe: el apostolado. El Bien es eminentemente difusivo, las impresiones sobrenaturales debían ser muy fuertes, la elevación y veneración que les inspiraba Jesús llegaban a su grado más alto. La memoria de innumerables conversaciones, predicciones y comentarios de Juan Bautista sobre el Mesías componían, para ellos, un cuadro lógico, hermoso y armonioso con la figura de Jesús. Era imperativo conquistar a nuevos discípulos para el Mesías. El primero que encontraron fue Simón, y deben haber desahogado en él todas sus místicas emociones y la concatenación de sus análisis y conclusiones 15.¿Cuál fue la reacción de Simón?

Y lo llevó donde Jesús. Jesús, fijando en él su mirada, le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú serás llamado Cefas», que quiere decir “Piedra”.

Como hace notar san Juan Crisóstomo, Pedro creyó inmediatamente lo que le transmitían y quiso conocer cuanto antes al Mesías. Por eso se dejó llevar.

Jesús, con su mirada divina, ya conocía a Simón desde la eternidad. Ahora sus ojos humanos coincidían en el mismo juicio. Dios y Hombre colocan, en profecía, la primera piedra de la futura Iglesia. Ninguno de los neo-discípulos debe haber entendido el alcance de esas palabras, que más tarde se harían claras y explícitas en estas otras: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16, 18).

Dos miradas marcaron la vida de Pedro: ésta, del comienzo, y la última, tras la cual “flevit amare” (lloró amargamente) (Lc 22, 62).

V – Conclusión

Es imposible no comprobar en el Evangelio de hoy la importancia fundamental del apostolado personal, directo, y bajo el poder de una jerarquía. Puede verse al Divino Redentor, al comienzo mismo de la constitución de su Iglesia, preocupado con establecer la Piedra capital de su edificio. Esta razón debe llevarnos a honrar aquella Piedra en todo sucesor de Cefas, obedeciendo con toda sumisión las determinaciones de la Iglesia.

Roguemos a María, Madre de la Iglesia, que jamás nos separemos ni un solo milímetro de la Cátedra Infalible de Pedro, en nuestra fe, espíritu y disciplina. Que María infunda en nuestras almas la felicidad de creer lo que enseña la Jerarquía, practicar lo que ordena, amar lo que ama, y recorrer sus caminos para llegar a la gloria eterna.

______________

1 Decreto Apostolicam Actuositatem, nº 1.

2 Suma Teológica II-II, q. 3, a. 2, ad 2.

3 Discurso a los Hombres de la Acción Católica Italiana, 12/10/1952.

4 Vida de Nuestro Señor Jesucristo, BAC, 1954, p. 141.

5 Comentarios a los cuatro Evangelios, BAC, 1954, v. III, p. 125.

6 Apud Catena Aurea, Comentarios al Evangelio de san Juan, cap. I, vv. 35-36.

7 Biblia Comentada, BAC, 1964, v. II, p. 985 y 986.

8 Cfr. Vida de Nuestro Señor Jesucristo, L.-CL. Fillion, Editorial Voluntad, 1925, Tomo II, v. I, P. 173.

9 Op. cit., idem.

10 Op. cit., p. 987.

11 Op. cit., p. 126.

12 Apud Catena Aurea, ídem, vv. 37-40.

13 Apud Maldonado, op. cit. p. 128.

14 Apud Catena Aurea, id. ib.

15 Maldonado afirma que “puede darse por cierto que, tal como Andrés, Juan, futuro evangelista, fue al encuentro de su hermano, Santiago, y lo condujo al Señor. La unión de ambos pares de hermanos, amigos y compañeros de pesca, hace sospechar que los cuatro viajaron en la misma caravana para ser bautizados por el Precursor y que pensaban regresar juntos a Galilea, cuando su buena suerte los llevó a la rústica tienda de campaña habitada por Cristo, decidiendo ser discípulos, y regresaron con Él a su tierra” (op. cit. p. 131).

(Transcrito de la Revista “Heraldos del Evangelio” Nº 30 – Enero 2006. Ver www.salvadmereina.org)

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