Los Doce son enviados en misión – Comentario al evangelio del 12 de julio de 2009

Comentario al Evangelio – Domingo XV del Tiempo Ordinario – Día 12 de julio de 2009

Los Doce son enviados en misión

“Jesús otorgó a los Apóstoles el poder de expulsar a los espíritus inmundos
y el don de curar a los enfermos, para que los hombres de aquel tiempo
creyeran en el mensaje del Evangelio. En nuestros días, ¿cuál es la
prueba de autenticidad de la Buena Noticia que los
evangelizadores deben presentar al mundo moderno?

Mons. João Scognamiglio Clá Dias, E.P.
(www.joaocladias.org.br)
Presidente General de los Heraldos del Evangelio

Evangelio:

Y llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos. Les ordenó que no tomasen nada para el camino, aparte de un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero en la faja, sino que fueran calzados con sandalias y no llevaran dos túnicas. También les decía: “Permaneced en la casa en que entréis hasta que salgáis de aquel lugar. Y donde no os reciban ni escuchen, al salir de allí, sacudid el polvo de vuestros pies en testimonio contra ellos”. Ellos fueron predicando penitencia; y expulsaban a muchos demonios, y ungían con óleo a muchos enfermos y los curaban (Mc 6, 7-13).

I - La Cruz, compañera inseparable del Apóstol

Antes de enviar a los Apóstoles en misión a predicar el Evangelio, Jesús les entrega preciosos consejos que aunque puedan parecer un poco difíciles de llevar a la práctica, han conservado completa validez, porque las palabras del Señor permanecen para siempre.

Cristo les hablaba a los hombres de su tiempo empleando los recursos lingüísticos propios de la cultura oriental, donde abundan las imágenes, los enigmas, las parábolas. Pero si estas son debidamente interpretadas revelarán valiosas normas de apostolado, de suma utilidad para el que sigue hoy los pasos del Maestro en la meritoria y ardua tarea de evangelizar.

Antes de pasar a las consideraciones del Evangelio para el 15º domingo del Tiempo Ordinario, detengámonos un poco en el episodio previo —la visita a Nazaret— para que así podamos penetrar en el sentido de las enseñanzas de Nuestro Señor a los Doce, en vista de la misión que iba a darles.

Sus compatriotas los rechazaron

En términos coloquiales, se podría decir que la predicación de Jesús en Nazaret fue un verdadero fracaso: probablemente no logró convertir a nadie y casi no hizo milagros.

San Marcos reproduce los comentarios que hicieron los conocidos “del carpintero”, en los cuales se refleja el deplorable vicio de la envidia, recurrente en la comparación entre las cualidades propias, sobrevaloradas por un análisis complaciente, con los talentos de los demás. Y en este caso se comparaban con el propio Cristo: “¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?” (Mc 6, 3). En otras palabras, “¿acaso no es ese hombre que conozco de tanto tiempo atrás, que vale lo mismo que yo, y ahora viene acá como profeta, haciendo milagros? ¿Cómo puede tener esos dones mientras que yo no?”.

A menudo la convivencia muy estrecha y asidua provoca un curioso fenómeno de ceguera espiritual con relación a las cualidades y virtudes del prójimo. Los habitantes de Nazaret no veían en Jesús más que al “carpintero”, el “hermano de Santiago”. Fueron incapaces de descubrir en Él al Hijo de Dios; y sin embargo, ¡era el Mesías prometido!

Cabe notar que Jesús, antes de ir a Nazaret, había obrado un milagro que asombró a todos los presentes: resucitar a la hija de Jairo, recién fallecida, y luego “partió de allí y fue a su ciudad” (Mc 6, 1). Hacer que un muerto regrese a la vida pertenece solamente al poder de Dios; era, pues, natural que noticia de semejante magnitud se adelantara rápidamente al Divino Maestro. Cuando Él llegó a Nazaret, el extraordinario suceso ya estaba en conocimiento público.

Se podía esperar que tal acontecimiento despertara la alegría de sus compatriotas, sobre todo de sus parientes más cercanos, porque Dios había elegido a uno entre ellos para tan alta misión. ¡No! Al contrario, cerraron el corazón, rechazaron a Jesús e incluso trataron de matarlo, como relata San Lucas (4, 29). Misterio de iniquidad…

El Maestro forma el espíritu de los Apóstoles

Nace entonces la pregunta: ¿por qué razón Cristo, que lo conocía todo, quiso visitar Nazaret en compañía de los Apóstoles?

Sabía de antemano que su predicación sería inútil… Además, había vivido allí desde su regreso de Egipto y conocía a fondo la dureza del corazón de sus coterráneos. Sin duda que debió empeñarse a lo largo de aquel período en abrirles el alma a la grandeza de los días que les tocaría vivir cuando Él se manifestara como Mesías. Y sabía también cuán lejos estaban ellos de tan grandiosos panoramas.

¿Qué lo llevó, entonces, a Nazaret? Una de las razones, seguramente, era preparar a los Apóstoles para la misión de anunciar el Evangelio.

El Señor había recorrido Galilea practicando toda clase de milagros pero, por el modo en que San Marcos Evangelista relata la visita a Nazaret, lo ocurrido en esta ciudad dejó una huella no menos profunda en el corazón de los discípulos, quienes no pasaron por alto este aparente fracaso: “Y no pudo hacer allí ningún milagro” (Mc 6, 5).

Para formar el espíritu de los Apóstoles, el propio Jesús no dejó de manifestarles cuán inusitada era la incredulidad de aquella gente: “Se asombraba de su incredulidad” (Mc 6, 6). De esta manera, mediante el choque producido ante la tan sorpresiva actitud de los nazarenos —rehusar la gracia y los beneficios que se les ofrecían— Cristo pretendía ciertamente enseñar, de divina manera, que quien se dedica al apostolado no puede acariciar ilusiones. Pues la tendencia normal del apóstol es la de difundir el bien, sobre todo entre sus más allegados; pero a veces será entre estos mismos donde encontrará el mayor repudio.

Actitud del apóstol frente al rechazo

¿Qué se ha de hacer? La verdad no debe ser impuesta, sino ofrecida con modestia. Si los oyentes no la quieren aceptar, que entonces el apóstol, en lugar de insistir, procure anunciarla a quien tenga buena disposición. Por esto Jesús no hizo milagros en Nazaret: de haber querido imponer la verdad mediante señales extraordinarias, aumentaría la culpa de quienes lo rechazaban. Así aun realizaba un acto de misericordia con quien cerraba su alma al Bien.

¿Qué debe hacer el apóstol cuando algún lugar lo rechaza? El ejemplo dado por el Maestro es inequívoco: “Y recorría las aldeas vecinas enseñando” (Mc 6, 6).

Es admirable el modo como preparaba el Señor a sus Apóstoles para la misión que habría de darles inmediatamente después. Su divino método pedagógico se basaba en su ejemplo sublime. Primero hizo que lo acompañaran en la predicación, vieran los milagros, participaran incluso en la fracasada incursión a Nazaret, donde todo parecía anticipar una predicación exitosa. Sólo después los envía en misión a predicar la Buena Nueva, con sus espíritus ya preparados por la experiencia y habiendo abatido un tanto la ilusión de esperar una larga y cómoda avenida de logros.

El apóstol no debe esperar éxitos en su camino, sino la mayoría de las veces incomprensiones, obstáculos y sufrimiento. La Cruz será la compañera inseparable del verdadero apóstol, por más que se le haya concedido el don de hacer milagros y dominar los espíritus impuros.

II - Recomendaciones del Divino Maestro

Y llamó a los Doce…

Todo lo que hacía Nuestro Señor entregaba principios de altísima sabiduría, pues sus acciones eran realizadas con perfección divina. Podemos, así, preguntarnos por qué eligió doce Apóstoles y no otro número cualquiera, de acuerdo a las necesidades concretas del momento. En sus comentarios al Evangelio de San Mateo, Santo Tomás de Aquino propone una razón: “¿Por qué doce? Para mostrar la concordancia entre el Antiguo y el Nuevo Testamento: así como en el Antiguo hubo doce Patriarcas, en el Nuevo hay doce” Apóstoles. 1

En seguida, muy según el gusto medieval, el Doctor Angélico discurre sobre la simbología de los números y plantea otro motivo: “Era también para indicar la perfección, porque el número doce resulta de dos veces seis, y el seis es un número perfecto, ya que se compone de todas sus partes: proviene de uno, de dos o de tres, y esas partes sumadas unas con otras dan seis. Así, el Señor eligió a doce para indicar perfección: ‘Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto’ (Mt 5, 48)”. 2

…y comenzó a enviarlos de dos en dos…

El hecho de enviar a los Apóstoles de dos en dos obedece a un principio de prudencia. Dada la naturaleza sociable del hombre, la compañía de un hermano sirve de valioso apoyo psicológico, sea en las dificultades concretas de la vida como en las pruebas espirituales, haciendo más llevadero el peso a cargar.

Así les enseñaba Nuestro Señor, con solicitud divina, una norma de conducta que favorecía la práctica de la virtud de la perseverancia, y sería imitada por tantos religiosos a lo largo de los siglos. Dicha norma favorece también las virtudes de la vigilancia y la humildad, pues quien acepta la compañía de un hermano y se somete a la vigilancia de éste, reconoce implícitamente la debilidad propia. El demonio tendrá más dificultades para vencerlo con sus asechanzas, y el mundo menos poder para embaucarlo con sus seducciones.

¡Cuántas personas, lanzadas fervientemente a la lid del apostolado, han prevaricado a lo largo del camino por confiar en sus propias fuerzas y aventurarse solas! Acabaron tristemente seducidas por las ilusiones del mundo… La compañía de un hermano siempre es una salvaguarda contra un sinfín de tentaciones y seducciones, las cuales pueden presentarse hoy como nunca en los más sagrados recintos, o también en la tranquilidad del hogar, durante una “navegación” imprudente por los vastos y peligrosos espacios virtuales de Internet…

Hace dos mil años no existían los riesgos morales de nuestra época. Aun así Nuestro Señor envió de dos en dos a sus Apóstoles, para ayudarse y sostenerse mutuamente en la fe cuando surgieran dificultades: “Mirad que os envío como ovejas en medio de lobos” (Mt 10, 16).

El Padre Manuel de Tuya subraya asimismo que el hecho de partir en parejas posibilitaba a los Apóstoles “ayudarse y vigilarse” entre ellos, observando que con eso conferían autenticidad a sus palabras, ya que “nadie podía sospechar del que tiene un testigo”. 3

El Abate Duquesne aduce otras razones, no menos importantes: “Con esto, el Señor quería indicar también la unión que debe reinar entre sus ministros y sus verdaderos discípulos”. 4 Y concluye el comentario con un sabio consejo: “Es una máxima de prudencia procurar, tanto como sea posible, este auxilio que Cristo estableció, santificó y ofreció a sus Apóstoles”5

La Sabiduría nos habla en igual sentido: “Más vale dos que uno solo, porque logran mejor fruto de su trabajo. Si uno cae, el otro lo levanta; pero ¡ay del solo, que, si cae, no tiene quien lo levante!” (Ecl 4, 9-10).

…dándoles poder sobre los espíritus inmundos.

He aquí otra irrefutable prueba de la divinidad de Nuestro Señor. Como los ángeles ostentan un poder muy superior al de los hombres, nadie puede vencer a un espíritu impuro salvo con el auxilio de Dios. Cristo no sólo tiene este poder, sino también la capacidad de comunicarlo a los Apóstoles, porque es Dios. Y la Iglesia, hasta los días de hoy, lo otorga a sus ministros, designando exorcistas para expulsar —en caso de posesión diabólica comprobada y obedeciendo estrictas normas— a los espíritus impuros con el poder recibido del Señor.

En el tiempo de Jesús el imperio del mal se extendía sobre la humanidad entera, inmersa en las tinieblas del paganismo y la idolatría, manifestándose frecuentemente a través de posesiones como las relatadas en numerosos pasajes evangélicos.

Quizá en nuestros días el dominio del mal sobre el mundo no sea tan visible como en la Antigüedad, pero no cabe duda que su acción es más amplia e insidiosa, haciendo creer a un gran número de personas que no existen el demonio ni el pecado. Así las almas, por falta de defensa, quedan más expuestas a su maléfica influencia. La asombrosa degradación de costumbres de nuestra época, con la consecuente multiplicación de crímenes, ¿no será síntoma de esa subrepticia forma de dominación de los espíritus impuros en toda la tierra?

Les ordenó que no tomasen nada para el camino, aparte de un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero en la faja, sino que fueran calzados con sandalias y no llevaran dos túnicas.

La radicalidad de esas determinaciones de Nuestro Señor ha suscitado múltiples interpretaciones entre los exégetas y maestros espirituales de toda la historia de la Iglesia.

Para algunos, entre ellos San Francisco de Asís, dichos preceptos deben tomarse al pie de la letra, de acuerdo al ejemplo de los Apóstoles; otros interpretan las palabras del Señor en sentido figurado, haciendo debidas adaptaciones a las circunstancias de cada tiempo y lugar. De cualquier modo, la inequívoca intención de Cristo con estas prescripciones es dejar en claro que los Apóstoles, una vez dedicados a la evangelización, no debían preocuparse de los recursos materiales, sino únicamente hacer uso de lo justo y necesario. Toda su confianza debían colocarla en la protección de Dios, tanto para obtener los medios de subsistencia como, sobre todo, alcanzar los medios sobrenaturales, es decir, la Gracia, indispensable para la conversión de las almas.

A veces el evangelizador se afana en exceso con los recursos materiales para desarrollar sus actividades en pro de la salvación de las almas, y acaba depositando la confianza en sus propios esfuerzos y cualidades naturales, olvidando que sólo Dios, con su Gracia, es capaz de mover los corazones. El resto no es otra cosa que un instrumento en manos del Altísimo, apóstol incluido. Por ende, luego de hacer todos los esfuerzos para el buen resultado de la evangelización, debemos reconocernos “siervos inútiles” (Lc 17, 10).

El mejor modo de asegurar buenos frutos de apostolado consiste en tener el alma en esa postura de entrega absoluta en manos de la Providencia, confiando ciegamente en su auxilio.

Hagamos a un lado la interpretación de los exégetas sobre las discrepancias entre los evangelistas acerca del uso o desuso del bastón, y otros detalles de menos importancia, y dirijamos nuestra atención a la bellísima simbología que algunos autores resaltan en lo prescrito por el Divino Maestro.

Santo Tomás de Aquino recopila en la Catena Aurea algunas de esas interpretaciones simbólicas, rebosantes de sabiduría. San Agustín explica así el significado del uso de sandalias, en vez de calzado común: “San Marcos, diciendo que calcen sandalias, advierte que debe darse a este calzado una significación mística, puesto que, no dejando cubierto al pie por arriba ni por debajo desnudo, da a entender que no deben ocultar el Evangelio, ni apoyarse en las comodidades terrenas”6

En cuanto a la recomendación de no llevar dos túnicas para el viaje, el mismo Doctor lo interpreta así: “Y por lo que hace a no tener ni llevar dos túnicas, ¿qué otra cosa les advierte, sino que deben andar sencillamente y no con doblez?”. 7

A su vez, San Beda interpreta de la siguiente manera el simbolismo del pan, de la alforja y del dinero: “Por alforja —en sentido alegórico— se ha de entender los trabajos de la vida; por el pan, los placeres temporales; por dinero en el cinto, la sabiduría que se oculta; porque el que ha recibido la sabiduría no debe dejarse agobiar con la carga de los negocios temporales, ni consumirse en deseos carnales, ni ocultar el talento que se le ha dado de la palabra en el ocio de un cuerpo abandonado”. 8

También les decía: “Permaneced en la casa en que entréis hasta que salgáis de aquel lugar.”

San Mateo Evangelista trata este mismo episodio con más pormenores, especificando que ha de elegirse la casa de una persona digna: “En cualquier ciudad o aldea en que entréis, informaos sobre quién hay en ella digno, y quedaos allí hasta que salgáis” (Mt 10, 11).

Casi cae por su propio peso el motivo que lleva al Señor a hacer esta recomendación. “Sin una prudente elección —comenta Fillion— podrían poner en riesgo su reputación personal y dañar la causa del Reino de los Cielos. No han de ir a casa del más rico o del más influyente, sino a la que sea más digna. Recibidos en una casa, allí permanezcan hasta su partida. Dejarla para establecerse en otra sería señal de ligereza o de escasa mortificación, que desdicen de la dignidad apostólica”9

“Y donde no os reciban ni escuchen, al salir de allí, sacudid el polvo de vuestros pies en testimonio contra ellos.”

Una vez más, a semejanza del ejemplo dado en Nazaret, Nuestro Señor advierte de no insistir con quienes no quieran creer en la Buena Nueva. El tiempo es una criatura de Dios, de cuyo uso se nos pedirá cuentas; desperdiciarlo en la insistencia de evangelizar a quien no quiere salvarse, implica dejar de predicar a quienes sacarían mejor provecho del mensaje de Salvación. Estos últimos, ¿no tendrían buenas razones para recriminar en el día del Juicio a quienes los privaron de un bien tan precioso?

El lenguaje de los símbolos habla mucho más a los hombres de Oriente que a nosotros los occidentales, herederos de una mentalidad dada al utilitarismo. Rasgarse las vestiduras como señal de indignación, o cubrirse la cabeza con ceniza para expresar penitencia o gran dolor, eran algunas de las actitudes que los orientales sentían necesidad de asumir para expresar sus más vivos sentimientos. Del mismo modo, sacudirse el polvo de las sandalias al ser blanco de un gran rechazo expresa la ruptura total, la voluntad de no llevar consigo ni el polvo mismo de la tierra cuyos habitantes se han negado a aceptar la Buena Nueva.

Pirot y Clamer describen el origen de tal costumbre: “Así procedían los judíos cuando abandonaban suelo pagano y pisaban Tierra Santa. Para dejar claro que no querían guardar ningún contacto impuro se sacudían hasta el polvo de sus sandalias, gesto simbólico que indicaba la completa ruptura entre el judío y el pagano. De parte de los Apóstoles, el mismo gesto se destinaba a mostrar a los judíos rebeldes ante la voz de la gracia que se habían hecho indignos del mensaje ofrecido, al punto de ser tratados y tenidos en adelante por paganos. Así actuaron en Antioquía de Pisidia, cuando una revuelta provocada por los judíos los forzó a dejar esta ciudad y partir rumbo a Iconio (cf. Hch 13, 51)”10

III – Efectos de la Predicación

Ellos fueron predicando penitencia.

La penitencia tiene aquí el sentido de la conversión del corazón; es decir, penitencia interior más que actos externos de mortificación —como el ayuno, vestirse de saco o cubrirse de ceniza—tan a menudo practicados por los fariseos para así ser vistos y elogiados por los hombres.

“La penitencia interior es una reorientación radical de toda la vida, un retorno, una conversión a Dios con todo nuestro corazón, una ruptura con el pecado, una aversión del mal, con repugnancia hacia las malas acciones que hemos cometido. Al mismo tiempo, comprende el deseo y la resolución de cambiar de vida con la esperanza de la misericordia divina y la confianza en la ayuda de su gracia”, según enseña la Iglesia. 11

Y expulsaban a muchos demonios, y ungían con óleo a muchos enfermos y los curaban.

Además del poder de expulsar demonios, Nuestro Señor dio a los Apóstoles el don de hacer milagros. En esta primera misión ellos obraban las curaciones ungiendo a los enfermos con óleo, mientras el Divino Maestro lo hacía simplemente con la fuerza de su palabra. El Concilio de Trento vio “insinuado” en esta unción el sacramento de la Unción de los Enfermos. Algunos teólogos han visto en ella los “orígenes reales” de este sacramento, al paso que otros la consideran tan sólo un “tipo o figura”. 12

Es momento oportuno de recordar algunos efectos de este sacramento que la Iglesia reserva a quien se encuentra en peligro de muerte a causa de enfermedad o vejez. Para recibir la Unción de los Enfermos, por tanto, no hace falta que la muerte sea inminente; basta con que la enfermedad sea grave y pueda causar un eventual deceso, si bien exista esperanza de curación.

“La gracia primera de este sacramento —enseña el Catecismo de la Iglesia Católica— es una gracia de consuelo, de paz y de ánimo para vencer las dificultades propias del estado de enfermedad grave o de la fragilidad de la vejez. Esta gracia es un don del Espíritu Santo que renueva la confianza y la fe en Dios y fortalece contra las tentaciones del maligno, especialmente tentación de desaliento y de angustia ante la muerte. Esta asistencia del Señor por la fuerza del Espíritu quiere conducir al enfermo a la curación del alma, pero también a la del cuerpo, si tal es la voluntad de Dios. Además ‘si hubiera cometido pecados, le serán perdonados’ (St 5, 15)”. 13

Por esto no extraña que enfermos graves se hayan curado tras recibir la Unción de los Enfermos, o hayan prolongado su vida más allá de las expectativas médicas corrientes. Así pues, no perdamos ocasión de proporcionar la gracia inestimable a quienes que reúnen las condiciones requeridas para recibirlo válidamente. Entre sus efectos admirables —lo defienden grandes doctores y teólogos como Santo Tomás de Aquino, San Buenaventura, San Alberto Magno, San Alfonso de Ligorio y otros— está el de preparar el alma para entrar directamente a la gloria, dependiendo de las disposiciones interiores con las cuales aquélla lo recibe. Estos efectos, ¿no serán razón suficiente para pedir la Unción de los Enfermos con verdadera ansia cada vez que seamos visitados por una dolencia grave?

IV – A cada época Dios le da los remedios más adecuados

El mundo moderno no tiene menos necesidad de evangelización que el antiguo, pero a veces podemos sentirnos en desventaja con respecto a la época pasada si observamos el avasallador progreso del mal y la falta de obreros para anunciar la Buena Nueva. ¿Dónde están los nuevos apóstoles capaces de hacer milagros, como los de antaño, de expulsar a los espíritus inmundos y predicar la penitencia?

Dios siempre da los remedios más adecuados a los males de cada época. Cuando Jesús convocó a los Doce, el bien de las almas hacía más conveniente que realizaran milagros portentosos a fin de probar la veracidad de la doctrina admirable que anunciaban.

¿Y hoy? ¿Qué milagros admirables debe realizar quien se dedique al apostolado, para mover las almas a la conversión? Tal vez los milagros no produzcan en nuestra época —tan secularizada— el mismo efecto que en tiempos apostólicos. El “milagro” que deben hacer los auténticos evangelizadores consiste en anunciar a Jesucristo mediante el testimonio de una vida santa, esto es, practicando la virtud, aspirando a la santidad y despreciando las solicitaciones e ilusorios encantos del mundo. He ahí el milagro que sí será capaz de asombrar a nuestro mundo secularizado, pues la práctica estable de los Diez Mandamientos no está al alcance de las meras fuerzas naturales de la voluntad humana, como nos lo enseña el Magisterio Eclesiástico; es preciso que la gracia santificante divinice al hombre y lo haga actuar y vivir en busca de la perfección.

He ahí  el portentoso milagro que podrá derribar la incredulidad e indiferentismo de nuestros coetáneos, como tantas veces nos recordaron los últimos Papas, y ya lo enseñaba el Concilio Vaticano II refiriéndose al apostolado laical: “Los laicos se hacen valiosos pregoneros de la fe y de las cosas que esperamos (cf. Hebr., 11, 1), se asocian, sin desmayo, a la vida de fe, la profesión de la fe. Esta evangelización, es decir, el mensaje de Cristo pregonado con el testimonio de la vida y de la palabra, adquiere una nota específica y una peculiar eficacia por el hecho de que se realiza dentro de las comunes condiciones de la vida en el mundo”. 14

Sigamos las sabias recomendaciones del Concilio Vaticano II, erigiéndonos en genuinos heraldos de la Buena Nueva, así como los evangelizadores de los primeros tiempos de la Iglesia, sobre todo con el “pregón” de una vida irreprochable y santa, segúnlos preceptos admirables del Evangelio. Sólo así la Nueva Evangelización podrá vencer la oleada de secularismo que invade la sociedad moderna.

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1 AQUINO, Santo Tomás de – Super Evangelium S. Mattæi, caput 10, lectio 1.

2 Ídem, ibídem.

3 TUYA, o.p., Padre Manuel de – Biblia Comentada: II Evangelios. Madrid: BAC, 1964, pp. 671-672.

4 DUQUESNE, L’abbé – L’Évangile médité. París: Librairie Victor Lecoffre, 1904, Vol. 12, p.223.

5 Ídem, ibídem.

6 Apud AQUINO, Santo Tomás — Catena Aurea.

7 Ídem, ibídem.

8 Ídem, ibídem.

9 FILLION, Louis-Claude – Vida de Nuestro Señor Jesucristo. Madrid: Rialp, 2000, Vol.2, p. 218.

10 PIROT, Louis & CLAMET, Albert – La Sainte Bible. París: Letouzey et Ané, 1950, Vol. 9, p. 465.

11 Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1431.

12 PIROT, Op. cit., p. 466.

13 Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1520.

14 Lumen Gentium, nº 35.

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-Lea o descargue aquí la versión del comentario al Evangelio, en formato PDF-
(Transcrito de la Revista “Heraldos del Evangelio” Nº 72 – Julio 2009 -www.salvadmereina.org)

Comentario al Evangelio del 31 de mayo de 2009 – Solemnidad de Pentecostés

Comentario al Evangelio – Solemnidad de Pentecostés – Día 31 de mayo de 2009

La paz sea con vosotros

“Formamos un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu” (1 Cor 12, 13). ¿Quién es el Espíritu Santo, cómo fueron las circunstancias y las principales gracias concedidas a María y a los discípulos con motivo de Pentecostés? Esas son las enseñanzas que la Liturgia pone a nuestra disposición en la fiesta de hoy, para que comprendamos dónde se encuentra la verdadera paz.

Mons. João Scognamiglio Clá Dias, E.P.
(www.joaocladias.org.br)
Presidente General de los Heraldos del Evangelio

Evangelio de la Solemnidad de Pentecostés:

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando los discípulos con las puertas cerradas por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz sea con vosotros». Y dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. De nuevo les dijo: «La paz sea con vosotros. Como me envió el Padre, así os envío yo». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados, a quienes se los retengáis, les serán retenidos». (Jn 20, 19-23).

I - La Iglesia en Pentecostés

Oración en una atmósfera de armonía y concordia

Como tantas otras fiestas litúrgicas, Pentecostés nos hace recordar uno de los grandes misterios de la fundación de la Iglesia por Jesús. Ella todavía se encontraba en un estado casi embrionario –alegóricamente, podría compararse a una niña de tierna edad– reunida en torno a la Madre de Cristo. Ahí, en el Cenáculo, según lo describen los Hechos de los Apóstoles en la primera lectura, sucedieron fenómenos místicos de excelsa magnitud, acompañados por manifestaciones sensibles en el orden natural: ruido como de un viento impetuoso, lenguas de fuego, los discípulos expresándose en dialectos diferentes sin haberlas aprendido. El alto significado simbólico de esos acontecimientos en su conjunto, y de cada uno en particular, ofrece material para innumerables y consistentes comentarios de exégetas y teólogos de gran valor, como queda claro en anteriores observaciones que hemos hecho en un artículo publicado en el 2002 (1). Hoy nos cabe resaltar otros aspectos no menos importantes relacionados con el relato de san Lucas (Hch 2, 1-11), para entender mejor así el Evangelio en cuestión y, por ende, la propia festividad de Pentecostés.

María Santísima se destaca como figura ejemplar, predestinada desde toda la eternidad para ser Madre de Dios. Se diría que había llegado a la máxima plenitud de todas las gracias y dones, y sin embargo en Pentecostés se le concederían más y más. Así como había sido elegida para el insuperable don de la maternidad divina, ahora le cabía convertirse en Madre del Cuerpo Místico de Cristo, y, tal como en la Encarnación del Verbo, bajó sobre ella el Espíritu Santo por medio de una nueva y riquísima efusión de gracias, a fin de adornarla con virtudes y dones apropiados y proclamarla “Madre de la Iglesia”.

En seguida vienen los Apóstoles, que constituyen la primera escuela de heraldos del Evangelio. Guardaban las condiciones esenciales con que ser aptos para la alta misión que les había destinado el Divino Maestro, como relata la Escritura: “Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, en compañía de algunas mujeres, y con María, la Madre de Jesús, y sus hermanos” (Hch 1, 14). Esa perseverancia en la oración se realizó de forma continua en el silencio, la soledad y la clausura del Cenáculo. La atmósfera era de máxima concordia, armonía y unión entre todos, de verdadera caridad fraterna. San Lucas cuida de realzar en su relato la presencia de María, ciertamente para dejar patente que ella misma se alegraba con ser una fiel participante de la comunidad. Un rasgo que marca es la sumisión y la obediencia al Vicario de Cristo tal como se refleja en los versículos subsiguientes, que describen el primer acto de gobierno y jurisdicción de san Pedro (Hch 1, 15-22).

En síntesis, la verdadera eficacia del apostolado ahí queda en evidencia, bajo el manto de la Santísima Virgen, en la unión efectiva y afectiva de todos con la Piedra sobre la que Cristo edificó su Iglesia.

La eficacia de la acción se encuentra en la contemplación

Ese gran acontecimiento no sólo estuvo precedido por diez días de oración continua, sino también por muchos otros momentos de recogimiento. El trauma de la dramática Pasión del Salvador exigía horas y más horas de aislamiento y reflexión; además, el temor a nuevas persecuciones y traiciones les imponía prudencia, junto al abandono de las actividades comunes de su apostolado anterior.

Curiosamente, por lo general Cristo Resucitado elegía oportunidades como esas –de reflexión y compenetración por parte de todos– para aparecérseles, así como el Espíritu Santo para infundirles sus dones. Es una importante lección ofrecida por la liturgia de hoy: la verdadera eficacia de la acción se halla en la contemplación. El Apóstol por excelencia, el mismo que llegó a exclamar: Væ enim mihi est, si non evangelizavero! – “¡Ay de mí si no evangelizara!” (1 Cor 9, 16), pasó un largo período de oración en el desierto a fin de prepararse para la predicación.

Quien se tome el trabajo de analizar paso a paso las actividades de un varón ferviente y apostólico, puede equivocarse creyendo que son aquéllas puro fruto de su personalidad emprendedora, de su carácter dinámico o hasta de su constitución psicofísica. Abundan los hombres activos y provechosos que extraen de su ser lo inimaginable. ¿Dónde se encuentran, de hecho, las energías empleadas por esos leones de la fe y la eficiencia? Más aún; podríamos preguntarnos cómo logran conservar en medio de la avalancha de actividades, un corazón blando y suave en el trato con los demás.

Recordemos el consejo de san Bernardo de Claraval al Papa de su época, Eugenio III: “Temo que en medio de tus innumerables ocupaciones te desesperes por no poder llevarlas a cabo, y se endurezca tu alma. Obrarías con cordura abandonándolas por algún tiempo para que no te dominen ni te arrastren hacia donde no quieres llegar. Tal vez me preguntes: ‘¿Adónde?’ […] Al endurecimiento del corazón. Ahí ves adonde pueden llevarte esas ocupaciones malditas si sigues entregándote a ellas totalmente, como hasta ahora, sin reservar nada para ti” (2).

Se trata de un Doctor de la Iglesia aconsejando al Dulce Cristo en la Tierra de aquellos tiempos, en el ejercicio de la más alta función: el gobierno de esa institución divina. Pues bien, a su juicio, si tan elevadas ocupaciones no cuentan con el auxilio de la vida interior, son malditas. Esa fue siempre la posición de los santos, espiritualistas y Padres de la Iglesia. San Agustín, por ejemplo, afirma: “Todo apóstol, antes de soltar la lengua, debe elevar a Dios con avidez su alma, para exhalar lo que deba y distribuir su plenitud” (3).

Hechas estas consideraciones emergentes de la primera lectura (Hch 2, 1-11), nos encontramos más aptos para contemplar las bellezas del Evangelio de la presente liturgia.

II - El Evangelio de Pentecostés

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando los discípulos con las puertas cerradas por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz sea con vosotros».

La prueba que habían atravesado los apóstoles excedía las fuerzas de la frágil naturaleza humana, y pese al testimonio entusiasta de María Magdalena, les costaba creer en la Resurrección; tal vez su abatimiento fuera el resultado de sentirse indignos de recibir una aparición del Señor, como lo pondera san Juan Crisóstomo, debido al horroroso abandono en que dejaron al Maestro en su agonía.

Jesús, en su bondad infinita, no dejó pasar mucho tiempo para manifestarse también a ellos. Eligió una excelente oportunidad: al atardecer mientras las puertas estaban cerradas, para hacer más ostensible la grandeza del milagro de su Resurrección.

La llegada de la noche es el momento en que crece la preocupación al interior de todo temeroso. Por otro lado, entrar a un recinto con puertas y ventanas cerradas es un prodigio que sólo podría realizar alguien con cuerpo glorioso.

No se sabe con exactitud en qué lugar se habían reunido. La hipótesis más probable recae sobre el Cenáculo.

Otro particularidad interesante es la posición escogida por Cristo para dirigirles la palabra. Podría haber preferido saludarlos en la misma entrada, pero caminó entre ellos y fue a ponerse bien al centro. Ese debe ser siempre el puesto de Jesús en todas nuestras actividades, preocupaciones y necesidades. Hacerlo a un lado, además de una falta de respeto y consideración, es condenar al fracaso cualquier iniciativa por mejor que sea.

Su saludo también llama especialmente la atención: “La paz sea con vosotros”.

A primera vista nos sentiríamos inclinados a pensar que Él quiere calmarlos de las perturbaciones que los acometían desde la prisión en el Huerto de los Olivos. Y de hecho, bien podría ser uno de sus intentos, pero el significado más profundo no reside en esa interpretación. Para entenderlo mejor, preguntémonos qué es la paz.

Paz es la tranquilidad del orden” dice san Agustín (4), o sea, un orden permanentemente tranquilo. Y santo Tomás demuestra que la paz es el efecto propio y específico de la caridad, pues todo el que está unido a Dios vive en perfecto orden, al armonizar todas sus potencias, sentidos y facultades a su causa eficiente y final (5). Esa unión hace brotar en el alma que la posee un profundo reposo interior, y ni siquiera los enemigos externos la perturban, porque nada le interesa salvo Dios: “Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Rom 8, 31).

Ahora bien, sabemos por la teología que el Espíritu Santo es la Tercera Persona de la Santísima Trinidad y procede del Padre y del Hijo por vía del Amor. En Él está la raíz, o la semilla, de la que nace el fruto de la caridad. Al amar a Dios y al prójimo, la alegría y el consuelo hacen su entrada a nuestro interior. De ese amor y gozo procede la paz (6).

Jesús, deseándoles la paz, les ofrecía uno de los principales frutos de ese Amor infinito que es el Espíritu Santo.

Y dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.

Esta actitud del Señor permite medir muy bien hasta dónde había calado el pavor en el alma de todos, a pesar de escuchar la voz del Divino Maestro deseándoles la paz.

Por eso se hizo indispensable mostrarles esas manos que habían curado a tantos ciegos, sordos, leprosos e innumerables otros enfermos, manos que tal vez ellos mismos habían besado en su momento. Esas manos que habían sido traspasadas hace poco por terribles clavos. Era preciso comprobar que se trataba del Redentor, viendo su costado perforado por la lanza de Longinos.

En ese momento sintieron que la alegría inundaba su alma, porque comprobaron que no era un fantasma el que estaba frente a ellos, sino el propio Jesús con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Así se cumplía la promesa: “Os volveré a ver y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría” (Jn 16, 22).

En esa actitud reluce su profunda intención apologética, al hacerlos ver sus santas llagas, al contrario de como había procedido con santa María Magdalena o hasta con los discípulos de Emaús.

Otra nota de bondad consiste en haber velado el esplendor de su cuerpo glorioso, pues de lo contrario la naturaleza humana de los apóstoles no habría soportado el fulgor de la majestad del Hombre-Dios resucitado.

De nuevo les dijo: «La paz sea con vosotros. Como me envió el Padre, así os envío yo».

Nuevamente Jesús les desea la paz, y deja entrever así qué importante es la tranquilidad del orden. Como objetivo inmediato, Jesús buscaba darles la indispensable serenidad de espíritu frente a las desavenencias y mortales persecuciones que los judíos moverían en su contra. Por otro lado, Jesús se dirige a los siglos futuros y, por lo tanto, a la propia era en que vivimos. También a nosotros repite el mismo deseo de paz formulado a los apóstoles en ese momento. Sí, especialmente a nuestra civilización que tiene sus raíces en Cristo –Rey, Profeta y Sacerdote–, cuya entrada en este mundo se hizo bajo el hermoso cántico de los ángeles: “Paz en la tierra” (Lc 2, 14). No fue diferente el don que ofreció antes de morir en la cruz, al despedirse: “La paz os dejo, mi paz os doy” (Jn 14, 27). Entre tanto, la humanidad se suicida hoy en guerras, terrorismos y revoluciones. ¿Cuál es la causa? No queremos aceptar la paz de Cristo.

Tal como la caridad, la paz empieza por casa. Ante todo es preciso construirla dentro de nosotros mismos, dejando que la razón iluminada por la fe gobierne nuestras pasiones. Sin esa disciplina, entramos en desorden. Lo cierto es que cada vez se hace más difícil encontrar un ser humano que busque ese equilibrio basándose en el esfuerzo y en la gracia. La espontaneidad domina despóticamente en todos los rincones. Vivimos los axiomas de La Sorbonne 1968 (“Prohibido prohibir” – “La imaginación al poder” – “No pedir ni reivindicar, sino tomar e invadir”), los mismos que parecían ser para la humanidad como una piedra filosofal de felicidad, éxito y placer… ¡Qué desilusión!

La paz debe ser la condición común y corriente para las buenas relaciones sociales, sobre todo en la célula madre de la sociedad, la familia. Este es uno de los grandes males de nuestros días: la autoridad paterna se autodestruyó, la sumisión amorosa de la madre se desvaneció y la obediencia de los hijos fue carcomida por el capricho, la falta de respeto y la rebeldía. Estas enfermedades morales, traspasadas a la vida social, redundan en lucha civil, de clases y hasta entre pueblos.

La humanidad sufre esas y muchas otras consecuencias del pecado de haber repudiado la paz de Cristo y adoptado la paz del mundo, o sea, el consumismo, el igualitarismo, el laicismo, la adoración a la máquina, etc.

La Escritura sentencia: “Los impíos son como mar proceloso que no puede aquietarse” (Is 57, 20). “Pretenden curar la desgracia de mi pueblo como cosa leve, diciendo: ‘¡Paz, paz!’, cuando no hay paz” (Jr 6, 14). Los milenios avanzaron y estamos otra vez ante el mismo panorama de antaño, con una agravante: corruptio optimi pésima (la corrupción de lo óptimo engendra lo pésimo). Sí, el rechazo a la paz verdadera traída por el Verbo Encarnado es mucho peor que la impiedad antigua, y con consecuencias todavía más drásticas.

El orden fundamental del edificio de la paz deriva esencialmente del Evangelio y del Decálogo, o sea, del amor a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo por amor a Él (7), de donde florece la paz interior del hombre y la armonía con todos los demás, amados con auténtica caridad. Este es el mejor remedio para todos los males actuales, desde la “epidemia” de las depresiones –enfermedad paradigmática de nuestro siglo– hasta el terrorismo. Es indispensable que reconozcamos a Dios como nuestro Legislador y Señor, pues, si a lo largo de la vida no existe la moral individual ni familiar, menos aún habrá un verdadero equilibrio social e internacional. El caos de nuestros días nos lo demuestra en demasía.

Dado que la paz es fruto del Espíritu Santo, sin estar en gracia y sin practicar la caridad no podremos encon trarla. Por eso, quien se halla empedernido en el pecado no puede gozar de paz: “Los impíos son como un mar proceloso que no puede aquietarse, y cuyas olas remueven cieno y lodo. No hay paz, dice mi Dios, para los impíos” (Is 57, 20).

El mismo Isaías canta la prodigalidad y la grandeza de la bondad de Dios para los justos: “Porque así dice el Señor: Voy a derramar sobre ella [Jerusalén] la paz como un río, y la gloria de las naciones como torrente desbordado” (Is 66, 20).

Esa es la razón más específica para el hecho que Jesús haya deseado una segunda vez la paz a sus discípulos. Él es el autor de la gracia y, por lo tanto, el autor de la paz: “Cristo es nuestra paz” (Ef 2, 14); “La gracia y la verdad vinieron por Cristo Jesús” (Jn 1, 17).

Sólo después de ese segundo voto de paz, Jesús envía a sus discípulos a la acción, dejando en claro que jamás debemos dejarnos tomar por el afán de los quehaceres, perdiendo la serenidad. Uno de los elementos esenciales para el apostolado fructífero es la paz de alma de quien lo realiza.

Otro importante aspecto que considerar en este versículo es la afirmación del principio de mediación, tan agradable a Dios. Jesús se presenta aquí como el Mediador Supremo junto al Padre, y al mismo tiempo constituye a los apóstoles en mediadores entre el pueblo y Él. Eso nos permite medir qué engañosas son las máximas igualitarias al intentar destruir la noción de jerarquía.

Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo».

La fiesta de hoy celebra la venida del Espíritu Santo sobre María y los apóstoles, que la primera lectura narra tan bien (Hch 2, 1-11). Este acontecimiento sucedió después de la subida de Jesús al Cielo; tal vez de eso deriva el hecho que algunos nieguen la realidad del gran misterio que obró en la ocasión descrita por el versículo analizado. Dicho error, más explícito a comienzos del s. VI, fue solemnemente condenado por la Iglesia en el V Concilio Ecuménico de Constantinopla, el 522: “Si alguien defiende al impío Teodoro de Mopsuestia, que afirma […] que luego de la Resurrección, cuando el Señor sopló sobre los discípulos y les dijo ‘Recibid el Espíritu Santo’ (Jn 20, 22), no les dio el Espíritu Santo sino que tan sólo lo hizo figurativamente […], sea anatema” (8).

El Espíritu Santo no procede solamente del Padre sino también del Hijo. Es el Amor entre ambos. ¿Y cómo definir al amor? Es mucho más fácil sentirlo que definirlo. Dos amigos que se quieren mucho, al encontrarse después de un largo período de separación, se abrazan fuertemente y llenos de alegría. ¿Qué significa ese gesto tan espontáneo y efusivo, sino la manifestación de un amor recíproco? En ese momento, los dos casi desean una fusión de sus seres. El interior de las madres se deshace, pareciera que les arrancaran las entrañas, cuando ven partir a sus hijos. Los que se aman quieren estar juntos y mirarse. Y mientras más robusto sea el amor, más grande será la inclinación a unirse.

Ahora bien, cuando los dos seres que se aman son infinitos y eternos, ese impulso de unión jamás podrá contenerse en los estrechos límites de una mera tendencia emocional, como sucede muchas veces entre nosotros los hombres. Entre el Padre y el Hijo ese Amor es tan vigoroso que hace proceder una Tercera Persona, el Espíritu Santo.

Nuestros amores, no raras veces, son volubles. Dios, muy al contrario –porque se contempla a sí mismo, Bueno, Verdadero y Bello, eterna e irresistiblemente–, se ama desde siempre y para siempre, y tal como asevera san Agustín, de ese amor hace proceder una Tercera Persona infinita, santa y eterna, el Divino Espíritu Santo. El amor es eminentemente difusivo y por eso tiende a comunicarse, a entregarse.

Es curiosa la diferencia de forma empleada por una y otra Persona para comunicarse con los hombres.

El Hijo vino a este mundo asumiendo nuestra naturaleza en humildad y oscurecimiento. Por el contrario, el Espíritu Santo, sin asumir otra naturaleza, marca su presencia con símbolos de estrépito y majestad. La faz de la tierra será renovada por Él; por eso las muestras de esplendor, fuerza y rapidez de los fenómenos físicos que acompañaron su infusión de gracias en quienes se hallaban reunidos en el Cenáculo (según la primera lectura de hoy), pues deberían ser apóstoles y testigos. Era preciso que fueran iluminados y protegidos, y que supiesen enseñar.

En el Evangelio de Juan, esa donación del Espíritu Santo tiene en vista la facultad de perdonar los pecados:

«A quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados, a quienes se los retengáis, les serán retenidos».

¡Qué grande es el don concedido a los mortales por medio de los sacerdotes: el perdón de los pecados! De otro lado, qué inmensa es la responsabilidad de un Ministro de Dios, del que dice san Juan Crisóstomo: “Si el sacerdote hubo llevado bien su propia vida pero no cuidó con diligencia la de los demás, se condenará con los réprobos” (9).

III – Conclusión

¡Cómo se habla de paz hoy en día, y cómo se vive al extremo opuesto! El interior de los corazones está lleno de tedio, preocupación, miedo, desánimo y frustración, cuando no de orgullo, sensualidad y falta de pudor. La institución de la familia va convirtiéndose en pieza de anticuario. El ansia de obtener, sin importar el medio ni tomar en cuenta el derecho ajeno, caracteriza a todas las naciones de los últimos tiempos. En síntesis, no hay paz individual ni familiar ni al interior de las naciones.

He ahí por qué deben volverse nuestros ojos hacia la Reina de la Paz, a fin de rogar su poderosa intercesión para que su Divino Hijo nos envíe un nuevo Pentecostés y así se renueve la faz de la tierra, como la mejor solución para el gran caos contemporáneo.

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1 Cfr. João Clá Dias, E renovareis a face da Terra, in “Arautos do Evangelho” mayo 2002, pp. 5-10.

2 De considerat, 1. I C.2 apud San Bernardo, Obras escogidas, BAC, p. 1480.

3 De doct. Cristiana I, 4: PL 34, 214 AQUINO, Santo Tomás de – Suma contra los Gentiles III, 96.

4 De civitate Dei XIX 13: PL 41, 640.

5 Suma Teológica II-II, q 29.

6 Suma Teológica I-II, q 70, a 3c.

7 Suma Teológica II-II, q. 29, a 3.

8 Canon 12 in Denzinger, Ench. Symbol. nº 224.

9 Santo Tomás de Aquino, Catena Aurea, in Jo., c20, 13.

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-Lea o descargue aquí la versión del comentario al Evangelio, en formato PDF-
(Transcrito de la Revista “Heraldos del Evangelio” Nº 22 – Mayo 2005 -www.salvadmereina.org)

La oración más hermosa – Comentario al evangelio del 17 de mayo de 2009

Comentario al Evangelio – Domingo 6º de Pascua – Día 17 de mayo de 2009

“La oración más hermosa”

Más grandiosa que el universo entero, insuperable hasta para los ángeles, tan infinita y eterna como el mismo Dios; tal es la Oración Sacerdotal de Cristo Jesús. El amor del cual florece, las peticiones que formula y las divinas fuerzas que pone en movimiento son de un tenor superior a toda la naturaleza creada.

Mons. João Scognamiglio Clá Dias, E.P.
(www.joaocladias.org.br)
Presidente General de los Heraldos del Evangelio

Evangelio:

Ya no estoy en el mundo; pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti. Padre Santo, guarda en tu nombre a estos que me has dado, para que sean uno como nosotros. Cuando estaba con ellos, yo conservaba en tu nombre a los que me diste, y los guardé, y ninguno de ellos se perdió, excepto el hijo de la perdición, para que se cumpliera la Escritura. Pero ahora voy a ti, y digo esto en el mundo para que mi gozo sea el de ellos, y su gozo sea perfecto. Yo les comuniqué tu palabra, y el mundo los odió porque ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No pido que los saques del mundo, sino que los preserves del Maligno. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu palabra es la verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo. Y por ellos yo me santifico, para que también ellos sean santificados en la verdad (Jn 17, 11-19).

I -La oración de Jesús

“Aconteció por aquellos días que Jesús salió hacia la montaña para orar, y pasó la noche orando a Dios” (Lc 6,12).

No logramos contener sentimientos de veneración, maravilla e incluso adoración cuando el Evangelio nos depara con las actitudes de respeto, sumisión y obediencia de Jesús hacia su Padre. Son especialmente conmovedoras las oraciones que realiza en diversas circunstancias (cf. Mt 14,23; Mc 1,35; Lc 5,16; 9,18; 11,1; 22,41-44; Jn 17,1-26), tanto más que, orando a partir de su naturaleza humana, abre un camino que también podemos transitar nosotros, por muy frágiles criaturas que seamos.

Cristo oraba como hombre, no como Dios

De hecho, la oración de Jesús florecía desde su naturaleza humana; en cuanto a la divina, no necesitaba pedir nada al Padre una vez que ambos poseen omnipotencia y naturaleza idénticas. Santo Tomás de Aquino enseña esto con claridad: “La oración es una exposición ante Dios de nuestra propia voluntad, a fin de que la satisfaga. Por tanto, si en Cristo sólo existiese la voluntad divina, su oración sería totalmente inútil, pues la voluntad divina cumple por sí misma cuanto desea, según las palabras del Salmo: ‘El Señor hizo cuanto quiso’ (Sal 134, 6). Pero en Cristo, además de la voluntad divina, existía la voluntad humana, que por sí misma no es capaz de realizar todo cuanto quiere, sino que ha menester del poder divino. De donde se sigue que a Cristo, en cuanto es hombre con voluntad humana, le compete orar”. 1

Esta realidad podría causar a primera vista cierta perplejidad, ya que Jesús parecería no necesitar pedirle nada a nadie; pero el Doctor Angélico explica: “Cristo podía hacer todo lo que quería en cuanto Dios, no en cuanto hombre, pues ya hemos dicho que como hombre no gozaba de omnipotencia. Y aunque era a la vez Dios y hombre, quiso orar al Padre, no porque fuese impotente, sino para instruirnos y darnos ejemplo”. 2

Utilidad y necesidad de nuestras oraciones

Jesús, sin embargo, no rezaba solamente para enseñarnos y darnos un modelo, sino también para atender los designios del propio Dios: “Entre las cosas futuras que Cristo conocía estaban las que habían de suceder gracias a su oración y, por tanto, convenía que se las pidiese a Dios para colaborar con los divinos designios”. 3

Admirable precisión de lenguaje y conceptos la de nuestro santo Doctor, que nos permite comprender la utilidad y la necesidad de nuestras oraciones. No es raro encontrar quien diga que pedirle algo a Dios es una incoherencia, dado que Él es inmutable. Santo Tomás nos ayuda otra vez a vencer esa objeción:

“La Divina Providencia no excluye a las otras causas; al contrario, las ordena para imponer a las cosas el orden establecido por Dios, y así, las causas secundarias no se oponen a la Providencia, sino que más bien ejecutan sus efectos. Por tanto, las oraciones son eficaces ante el Señor y no derogan el orden inmutable de la Divina Providencia, porque el que se conceda una cosa a quien la pide está incluido en tal orden providencial. Luego, decir que no debemos orar para conseguir algo de Dios porque el orden de su providencia es inmutable, equivaldría a decir que no debemos andar para llegar a un lugar o que no debemos comer para alimentarnos, lo cual es absurdo”. 4

¿Obtuvo Jesús todo cuanto pidió en la oración?

Después de leer en San Juan: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que siempre me escuchas(Jn 11, 41-42), brota en nuestro espíritu otra dificultad, y es comprobar que el Padre no atendió una súplica de Jesús, como sucedió con la oración proferida en el Huerto de los Olivos: “Padre mío, si es posible, aparta de mí este cáliz” (Mt 26,39).

Una vez más, Santo Tomás de Aquino viene a prestarnos auxilio para deshacer mejor esta aparente contradicción:

“Como hemos dicho, la oración es, en cierto modo, la intérprete de la voluntad humana. Se tiene por atendida la oración de alguien cuando se cumple su voluntad. Ahora bien, la voluntad absoluta del hombre es la voluntad racional, pues queremos de verdad lo que queremos por deliberación de la razón. En cambio, lo que queremos por un impulso de la sensibilidad, o también por un movimiento de la voluntad espontánea que emana de la naturaleza, no lo queremos de forma absoluta, sino relativa, esto es, si la deliberación de la razón no pone inconvenientes. Esta última voluntad, más que voluntad absoluta, es una veleidad: se querría tal cosa si no se opusiese a tal otra.

“Con su voluntad racional, Cristo no quiso otra cosa sino lo que sabía era querido por su Padre. Por lo mismo, toda voluntad absoluta de Cristo, incluso la humana, se cumplió, porque fue conforme con Dios; y, en consecuencia, toda oración suya fue escuchada. Por lo demás, también las oraciones de los otros hombres son escuchadas únicamente en la medida en que sus deseos están conformes con la voluntad de Dios”. 5

Basándose en estas consideraciones, el Santo Doctor explica que Jesús manifestó en la Oración del Huerto de los Olivos los deseos de su sensibilidad natural frente al trágico dolor que se aproximaba, pero no imploró con voluntad absoluta que le fuera retirado el cáliz de su Pasión. 6

La insuperable Oración Sacerdotal de Cristo Jesús

Con estos antecedentes estaremos mejor preparados para seguir los trechos del Evangelio de San Juan, tomados por la Liturgia de este Sexto Domingo de Pascua. Forman parte del capítulo 17, conocido habitualmente como la Oración Sacerdotal de Cristo Jesús, oración más grandiosa que el universo entero, insuperable hasta para los ángeles, y tan infinita y eterna como el mismo Dios a quien se dirige.

El amor del cual ella florece, las peticiones que formula y las divinas fuerzas que pone en movimiento son de un tenor superior a toda la naturaleza creada. Nos permite probar una gota del preciosísimo bálsamo contenido en las profundidades del Sagrado Corazón de Jesús. Sí; el primero y más ferviente devoto de este Divino Corazón, San Juan, luego de apoyar su cabeza en aquella Hoguera Ardiente de Caridad, no dejó de grabar en su propio corazón las palabras que constituyen tal vez la síntesis más completa y luminosa de su visión del Redentor.

El apóstol evangelista recogió con entrañable unción la ofrenda en holocausto que hizo Jesús de su propia vida, proferida con palabras sagradas e impregnadas de emoción. Se trata de una de las más altas expresiones del munus de mediador ante el Padre, no sólo en beneficio de los apóstoles “sino también por los que han de creer en mí” (Jn 17,20).

El deseo de extender su vida divina a las criaturas

Como único Señor y Maestro, Jesús manifiesta en esta oración su afán por comunicar “la  vida eterna a todos” los que el Padre le entregó (Jn 17,2). Implora que la voluntad divina se realice en plenitud no sólo en Él, sino también en los Apóstoles y en cuantos llegarían en el futuro, y así “que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros” (Jn 17,21).

Las palabras de Cristo son prueba conmovedora de lo eminentemente difusivo que es el Bien, pues ponen de manifiesto el deseo del Señor de extender su vida divina a los seres inteligentes, creados a su imagen y semejanza, y en consecuencia, ser glorificado por ellos. Para ello, “llegó la hora”.

Jesús congregó a los elegidos del Padre, tomados “del mundo” (Jn 17,6), enseñándoles todo cuanto podrían conocer sobre Él y el Padre. Por eso ruega por ellos con oración infalible (Jn 17, 7-10).

Estos principios forman, por así decir, el marco en torno a los versículos escogidos para el Evangelio de la presente Liturgia.

II - “Para que sean uno como Nosotros”

Ya no estoy en el mundo; pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti. Padre Santo, guarda en tu nombre a estos que me has dado, para que sean uno como nosotros.

La esencia de esta petición de Jesús está en la importancia que otorga a la unión mutua de los Apóstoles, como también de todos los miembros de la Iglesia. Hoy, cuando esta institución divina ha conocido casi veinte siglos de desarrollo, entendemos mejor el contenido de tal unión de los espíritus mediante la fe, de los corazones mediante la caridad, y del culto según las reglas de una misma disciplina. Dicha unión se refiere al Cuerpo Místico de Cristo, donde todo se reduce a la caridad de los fieles en un solo corazón, una sola alma y un solo cuerpo, con Cristo como cabeza.

La unión entre los cristianos se asemeja a la Santísima Trinidad

El máximo arquetipo de esta unidad se halla en la Santísima Trinidad, es decir, tres Personas en una misma sustancia y naturaleza, con idéntica sabiduría y poder, y por consiguiente, iguales operaciones y afectos. El primer objetivo de Jesús es obtener del Padre esa unión para los apóstoles y para toda la Santa Iglesia, lo más semejante posible a su modelo primordial, vale decir, el que existe en el propio seno de la Trinidad. Esto se verificaría poco tiempo más tarde: “La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma” (Hch 4,32).

Para degustar este versículo repasemos las bellas palabras de Bossuet: “Te ruego, Padre mío, que sean uno, y no tenga cabida en ellos el espíritu de disensión, envidia, celos, venganza, animosidad, sospecha ni desconfianza. ‘Que sean uno como Nosotros’. No basta con ser uno en la naturaleza compartida, a la manera en que el Padre y el Hijo son uno en la común naturaleza de ambos, sino, ‘como Nosotros’, tener la misma voluntad, el mismo pensamiento, el mismo amor: ‘que ellos sean uno como Nosotros’. […]

“ ‘Que sean uno como Nosotros’, uniéndose con plena cordialidad y verdad, no de palabras solamente sino también por obras y en virtud de una sincera caridad. Que sean verdaderamente uno, inseparablemente uno; que en la eterna perseverancia de su unión, manifiesten y vean en sí mismos una imagen de la eterna e incomprensible unidad por la cual el Padre y el Hijo, siendo uno, en una sola naturaleza individual, poseen una sola inteligencia con un solo amor, y por eso son un solo Dios: que así formen ellos un solo cuerpo, una sola alma, un solo Jesucristo. Porque si esta unidad perfecta está reservada a Dios y a las personas divinas, conviene que nosotros, creados a imagen suya, también seamos uno; y esta gracia es la que Cristo pide para nosotros”. 7

Jesús garantiza con su plegaria la protección del Padre

Hasta aquel momento Jesús había cuidado de ellos con especial esmero y afecto; yéndose, era preciso no interrumpir esa paterna actitud, para no dejarlos así en la orfandad. Como Maldonado comenta, el propio Jesús ya les había prometido asistirlos siempre, pero una oración tan extremada y oficial les infundía mayor seguridad. 8

Cuando estaba con ellos, yo conservaba en tu nombre a los que me diste, y los guardé, y ninguno de ellos se perdió, excepto el hijo de la perdición, para que se cumpliera la Escritura.

Jesús, con toda claridad de expresión, exterioriza la ternura que ha dispensado a los Apóstoles durante aquellos tres años de convivencia y formación, instruyéndolos, preservándolos del mal, etc. Semejante esfuerzo era una firme garantía de que, mediante el poder infalible de su oración, el Padre seguiría obrando en la misma línea, ya que el Unigénito no había hecho nada sin estar en completo acuerdo con Él.

“Ninguno de ellos se perdió, excepto el hijo de la perdición”

Sobre la figura del traidor, oigamos una vez más al gran Bossuet:

“Pero, ¿podría decirse que la oración de Jesucristo no obtuvo ningún resultado en ese traidor? Si éste no hubiera creído nunca, ¿habría dicho en su desesperación: ‘Pequé, entregando sangre inocente’ y habría devuelto a los judíos el precio de su iniquidad? En cambio, parece que al menos durante un tiempo creyó de buena fe; y que, habiéndose despertado un resto de su fe inicial, él, en vez de aprovecharla para su salvación, la usó para su perdición. […]

“De todas formas, me atreveré a afirmar que Judas no era parte del número de quienes dijo Jesús: ‘Eran tuyos y tú me los diste’. Porque estas palabras se referían a los que estaban allí presentes mientras Él rezaba, quienes habían guardado su palabra, y creían, y en cuya fe Cristo era glorificado. […]

“No digo que Judas no haya sido dado a Jesucristo de algún modo, sino que existe una cierta manera particular conforme a la cual nadie pertenece al Padre y nadie es dado al Hijo, salvo los que guardan su palabra, en los cuales Él es glorificado eternamente. Jesús habla aquí según esta manera secreta y particular; por tanto, roguémosle la gracia de pertenecerle de esta manera. Señor, que yo sea de aquellos que conservan vuestra Palabra hasta el final, para ser de aquellos en los que seréis glorificado por toda la eternidad”. 9

Reconfortados por un gozo celestial, inefable y divino
Pero ahora voy a ti, y digo esto en el mundo para que mi gozo sea el de ellos, y su gozo sea perfecto.

Jesús, gracias a un conocimiento que no se equivoca jamás, sabe cuán cerca está su partida, y por eso formula esta petición.

En cuanto a la alegría, se trata evidentemente de la que el mundo desconoce y por eso no puede ofrecer. Es la alegría celestial, inefable y divina que reconfortó a los propios apóstoles, a las vírgenes, los confesores y los mártires a lo largo de sus tormentos y en la muerte, a los penitentes en sus ayunos y austeridades. Maldonado sintetiza muy bien la oración del Señor: “Haz Señor, que ellos se regocijen más con la ayuda de tu auxilio, estando yo ausente, que ahora con mi presencia”. 10

III – “El mundo los odió”

Yo les comuniqué tu palabra, y el mundo los odió porque ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.

Por la propia formulación de Jesús se puede advertir hasta dónde el espíritu del mundo está hecho de mentiras, y por tanto, se opone al Espíritu Santo, como lo comprueba otro pasaje: “Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes” (Jn 14, 16-17).

La amistad de este mundo es enemiga de Dios

El espíritu del mundo vive en el error y por eso no conoce los dones de Dios, como asegura San Pablo a los Corintios: “Nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para que reconozcamos los dones gratuitos que Dios nos ha dado” (1 Cor 2,12).

El mundo, como dijimos, vive en el error; toma a la verdad por mentira, al bien por desgracia, a la auténtica riqueza por pobreza, a la muerte por vida, y viceversa. Razón por la cual el mundo no debe ser amado, como aconseja Santiago: “¿No saben acaso que haciéndose amigos del mundo se hacen enemigos de Dios? Porque el que quiere ser amigo del mundo se hace enemigo de Dios” (Sant 4,4).

Dios quiso valerse de hombres simples para anunciar el Evangelio

La pseudo-sabiduría del mundo es locura, pues no alcanza a entender las verdades reveladas ni las de la salvación. Dios no quiso emplear la supuesta sabiduría del mundo para anunciar el Evangelio, sino al contrario, echó mano de hombres simples para esta tarea, como lo anuncia San Pablo:

“Porque está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios y rechazaré la ciencia de los inteligentes. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el hombre culto? ¿Dónde el razonador sutil de este mundo? ¿Acaso Dios no ha demostrado que la sabiduría del mundo es una necedad?

“En efecto, ya que el mundo, con su sabiduría, no reconoció a Dios en las obras que manifiestan su sabiduría, Dios quiso salvar a los que creen por la locura de la predicación. Mientras los judíos piden milagros y los griegos van en busca de sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos, pero fuerza y sabiduría de Dios para los que han sido llamados, tanto judíos como griegos. Porque la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fortaleza de los hombres.

“Hermanos, tengan en cuenta quiénes son los que han sido llamados: no hay entre ustedes muchos sabios, hablando humanamente, ni son muchos los poderosos ni los nobles. Al contrario, Dios eligió lo que el mundo tiene por necio, para confundir a los sabios; lo que el mundo tiene por débil, para confundir a los fuertes; lo que es vil y despreciable y lo que no vale nada, para aniquilar a lo que vale. Así, nadie podrá gloriarse delante de Dios” (1 Cor 1, 19-29).

El mundo está lleno de peligros y trampas

No pocas veces la “sabiduría” del mundo se opone a las verdades reveladas, a los dogmas y hasta a la moral. Por eso la influencia mundana es maléfica, como asevera San León Magno: “Todo el mundo está lleno de peligros y de asechanzas: las pasiones excitan, el atractivo de los placeres nos prepara lazos, las ganancias adulan, las pérdidas abaten y las lenguas son amargas…” 11

El odio que tuvo el mundo contra los Apóstoles en esos tiempos alcanzó grados inconcebibles. No menos satánico fue el odio herético que se levantó más tarde contra los verdaderos cristianos. No nos hagamos ilusiones sobre la existencia del mismo odio incluso en el mundo actual…

No es lícito admitir los errores del mundo
No pido que los saques del mundo, sino que los preserves del Maligno. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.

Es muy importante que focalicemos este versículo, pues donde quiera que nos encontremos, estamos en el mundo. Aunque en el retiro de la soledad nos exponemos menos, los males y errores del mundo no dejan de penetrar aun en los ambientes más religiosos. El mal existente en el mundo es tan variado y se presenta al mismo tiempo de tantas maneras distintas e insinuantes, que sus víctimas han sido innumerables; por eso es necesario conocer a fondo la verdad que subyace en este versículo. Jesús pide por los Apóstoles dado que este mundo es malo y ellos no pertenecen al mundo. Habiendo dado su adhesión a la palabra del Padre, comunicada por el Hijo, pasaron a ser miembros de la familia divina.

Jesús repite afirmaciones anteriores para enfatizar cuánto rechazo deben inspirarnos las máximas del mundo: tendencias, pasiones, intereses, afectos, etc. Es decir, jamás será lícito admitir sus errores; he aquí otra razón para que el Señor nos haya enseñado a rezar: “líbranos del mal”.

IV – Santifícalos en la verdad

Fuera de la Iglesia no hay santidad
Santifícalos en la verdad: tu palabra es la verdad.

La herejía, así como la irreligiosidad, se cultivan en la mentira y se las puede considerar como analogías primarias de la falsa conciencia, incluso de la hipocresía. Todas estas posturas erróneas se oponen a la santificación en la verdad mencionada en este versículo.

La realidad moral priva de todo fundamento a la rectitud, la bondad, las muestras de fervor o incluso de santidad que la impiedad o la herejía procuran ofrecer de sí mismas. La santidad en la verdad —el ser enteramente de Dios “por medio de la Verdad”— debe basarse en la Religión y la Fe. No conoce la palabra de Dios quien no la recibe, ni acepta de la Santa Iglesia su adecuada e infalible explicación. Fuera de la Iglesia no habrá más que un simulacro de santidad.

Hacer ostentación de una santidad consistente en meras exterioridades no basta, porque si las apariencias son simples máscaras de un desordenado interior, todo no pasará de hipocresía.

El Bautismo nos hace partícipes de la misión divina de Cristo
Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo.

La verdadera santidad no la necesitan sólo los Apóstoles, sino todos nosotros. Como hijos adoptivos de Dios que somos por el Bautismo, tenemos parte en esa divina misión de apostolado con los demás, y para ello la santidad nos resulta indispensable.

Si estuviéramos dispuestos a caminar en pos de esta santidad verdadera, cada cual según sus funciones y estado, ¡qué rápida sería la transformación de toda la sociedad y hasta del interior de la Iglesia! Los hijos serían santificados por los padres; los discípulos, por los profesores; los familiares por sus más cercanos, etc.

Cristo nos santifica con su sacrificio
Y por ellos yo me santifico, para que también ellos sean santificados en la verdad.

Aquí, el Redentor anuncia una vez más —en términos un tanto velados— su entrega a la muerte por nosotros, para que así seamos completamente santificados.

Maldonado realiza un hermoso y didáctico comentario a este versículo: “Es como si dijera: ‘si los ministros del Evangelio hubieran de iniciarse del mismo modo que los otros de la ley, necesitarían santificarse con algún sacrificio. Pero no hay por qué hacer semejante cosa; no tienen por qué ofrecer víctima ninguna para lograrlo. Yo voy a hacerlo a favor suyo. Yo, y no otra víctima, me santificaré por ellos y en lugar de ellos. De esta suerte, mucho mejor y más santificados quedarán que si ofrecieran innumerables víctimas al modo de los antiguos’.  Éste es el sentido de ‘yo por ellos me santifico’, etc. No sé si este sentido será el más propio, pues semejante interpretación deja lugar a una duda: Si Cristo dice que Él mismo va a santificarse por los discípulos, ¿cómo pide a Su Padre que sea Él el que nos santifique? Pues porque lo que en realidad dice es que Él los santificará supliendo con su verdadero sacrificio las víctimas legales y demás ceremonias que en casos semejantes usaban los antiguos sacerdotes. Pero pide a Su Padre que ‘Él los santifique en la verdad’, para que les envíe el ‘Espíritu de santificación’, que Cristo les mereció con Su sacrificio. De manera que se reparten entre sí, el Padre y el Hijo, la santificación de los discípulos”. 12

Unámonos al Señor en la entrega que hizo de Sí mismo

No tenemos la felicidad de los Apóstoles, quienes a excepción de San Juan —que fue confesor— fueron mártires, y por tanto murieron también como víctimas. No obstante, podemos unirnos a Nuestro Señor en la entrega que hizo de Sí mismo. Como consecuencia seremos santificados en la verdad, según dice Bossuet: “Entremos, pues, junto a Cristo en este espíritu de víctima. Si Él se santifica y se ofrece por nosotros, es necesario que nos ofrezcamos con Él, y así seremos santificados en la verdad, y Cristo nos será dado por Dios para que sea nuestra sabiduría, nuestra justicia, nuestra santificación y nuestra redención. El resultado de este gran misterio será que quien se gloríe, no lo haga en sí mismo sino solamente en Cristo, en quien todo lo tiene (1 Cor 1, 30-31). Esto es lo que Jesús pedía por nosotros al decir: ‘Yo me santifico por ellos, para que sean santificados en la verdad’. No cabe añadir nada más al comentario de San Pablo, salvo una profunda atención a este tan grande misterio”. 13

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1 AQUINO, Santo Tomás de – Suma Teológica III, q. 21 a. 1.

2 Idem, ad 1.

3 Idem, ad 2.

4 AQUINO, Santo Tomás de – Suma contra los Gentiles III, 96.

5 AQUINO, Santo Tomás de – Suma Teológica III, q. 21 a. 4.

6 Idem, ad 1.

7 BOSSUET, Jacques-Bénigne – Œuvres Choisies de Bossuet. Versalles: Lebel, 1821, vol. 3, 395-397.

8 MALDONADO, SJ, P. Juan de – “Evangelio de San Juan”, en Comentarios a los cuatro Evangelios. Madrid: BAC, 1954, vol. 3, 910-911.

9 BOSSUET – Op. cit., 400-402.

10 MALDONADO, SJ – Op. cit., 914.

11 LEÓN MAGNO, San – “Sermo XXVI” en In Nativitate Domini VI.

12 MALDONADO, SJ – Op. cit., 922.

13 BOSSUET – Op. cit., 417.

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-Lea o descargue aquí la versión del comentario al Evangelio, en formato PDF-
(Transcrito de la Revista “Heraldos del Evangelio” Nº 70 – Mayo 2009 -www.salvadmereina.org)

Decreto confirma reconocimiento de dos nuevas Sociedades de Vida Apostólica por el Vaticano

Decreto confirma reconocimiento de dos nuevas Sociedades de Vida Apostólica por el Vaticano

Ciudad del Vaticano (Martes, 05-05-2009, Gaudium Press) Virgo Flos Carmeli y Regina Virginum. Son las más recientes sociedades de vida apostólica aprobadas por el Vaticano. La confirmación llegó la semana pasada, posterior al decreto emitido por el cardenal Franc Rodé, prefecto de la congregación de los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica. Sin embargo, el día 4 de abril, el Papa Benedicto XVI ya había dado la aprobación pontificia a ambas sociedades durante una audiencia especial con el cardenal Rodé.

Sociedades de Vida Apostólica, según el Código de Derecho Canónico, son asociaciones de hombres o de mujeres cuyos miembros viven en comunidad, habitan una misma casa – por la vida “fraterna común” – y buscan “alcanzar la perfección de la caridad”. Los miembros de estas sociedades tienen un modo de vida propio reconocido y no hacen los tradicionales votos religiosos, como pobreza, castidad y obediencia. La Congregación de La Misión y las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl son dos conocidas sociedades de vida apostólica.

Surgidas a partir de los Heraldos del Evangelio, y comulgando de los mismos valores, las dos nuevas sociedades de vida apostólica tienen caracteres, sin embargo, distintos. Con respecto a Virgo Flos Carmeli – “Virgen Flor del Carmelo”, en español – se caracteriza por ser una sociedad clerical, o sea, formada mayoritariamente por sacerdotes; la sociedad de vida apostólica Regina Virginum – “Reina de las Vírgenes” – es femenina.

De acuerdo con el decreto vaticano, Virgo Flos Carmeli “nace en medio de una amorosa y pertinaz catequesis sobre la Iglesia y el Romano Pontífice, como también al respecto de la importancia de la sacralización, en toda extensión posible, de los valores de la vida temporal.”

Además según el decreto, la sociedad se caracteriza por la defensa de la ortodoxia, de la pureza de las costumbres y del espíritu de jerarquía, “así como el empeño en reavivar en todos los hombres la distinción entre el bien y el mal (…)”.

Virgo Flos Carmeli fue fundada por monseñor João Scognamiglio Clá Dias, E.P., fundador y presidente de los Heraldos del Evangelio, y fue erigida por el entonces obispo diocesano de Avezzano, Italia, Mons. Lucio Angelo Maria Renna, O.Carm. el 15 de junio del 2006. El desarrollo de los Heraldos del Evangelio, actualmente con actuación en cerca de 70 países, llevó a la formación del ramo sacerdotal y a la posterior constitución de la Sociedad Clerical.

Posteriormente, Mons. José Maria Pinheiro, obispo diocesano de Bragança Paulista, donde se localiza actualmente la Casa Generalícia de la Sociedad, solicitó al Papa la aprobación pontificia de Virgo Flos Carmeli.

Regina Virginum, a su vez, tuvo su aprobación firmada el día 26 de abril. De acuerdo con el decreto vaticano, la Sociedad de Vida Apostólica de Derecho Pontificio, también fundada por monseñor João Scognamiglio Clá Dias, “nace como expresión del carisma de los Heraldos del Evangelio, aplicado a las especificidades de la vida femenina, empeñándose de modo particular en manifestar sus características propias en el mundo secularizado.”

Los tesoros del Cielo – Historia para niños… ¿o para adultos llenos de fe?

Historia para niños… ¿o para adultos llenos de fe?

Los tesoros del Cielo

Juliana Montanari

De noche, cuando nadie la veía, Catalina cavaba
deprisa un agujero en su huerto, al pie del naranjo,
donde había enterrado las monedas de oro. Pero…
¡Qué sorpresa! ¡Habían desaparecido!

Francisco Abdalá era un próspero comerciante de telas del sur de España. Era de una antigua estirpe musulmana convertida al cristianismo y se destacaba por ser un hombre piadoso y caritativo. Como no tenía hijos había adoptado a sus tres sobrinitas huérfanas, de las que cuidaba con cariño y esmero.

Las niñas se adaptaron sin dificultades a su nuevo hogar. Recibían una educación primorosa, estudiaban en un buen colegio y sobre todo se las instruía en la fe. Tan pronto como les fue permitido hicieron la Primera Comunión.

Con el paso de los años la diferencia de carácter entre ellas se fue acentuando. María, la mayor, afable y cariñosa, se preocupaba siempre por los demás; a Laura, la mediana, le gustaba arreglarse y llamar la atención; Catalina, la benjamina, mostraba una preocupante propensión al egoísmo.

Un día, Francisco llamó a las tres y les dijo con tono paternal y solemne:

— Mis queridas, sabéis cuánto os amo y cómo os tengo por verdaderas hijas mías. He de salir a hacer un largo viaje y no sé cuando regresaré. Pero, gracias a Dios, ya estáis bien crecidas y sabréis dar buen rumbo a vuestras vidas, por si no nos volviéramos a ver. No dejéis nunca de frecuentar los sacramentos, tened compasión por los más necesitados, rezad siempre y confiad en la misericordia de la Virgen, que es nuestra Madre y nunca nos desampara.

A las muchachas se les caían las lágrimas y Francisco sentía que su voz estaba embargada de la emoción. Enseguida se recompuso y continuó:

— He trabajado mucho y os voy a dejar una considerable suma para que podáis vivir sin preocupación alguna durante mi ausencia. Allí, sobre aquella cómoda, tenéis tres bolsas con monedas de oro. Haced buen uso de ellas y ¡que la Virgen de la Esperanza Macarena nos ayude a todos!

Después de la salida de su tío, las tres jóvenes mantuvieron una larga conversación sobre cómo organizar sus vidas durante aquella ausencia. Laura y Catalina decidieron mudarse y vivir cada una en su propia casa. María intentaba disuadirlas:

— ¡No hagáis eso! Viviendo juntas, ¡podemos apoyarnos fácilmente unas en las otras…!

En vano, sus argumentos fueron inútiles: ambas permanecieron obstinadas en su mala decisión.

Laura en seguida se compró una mansión, contrató empleadas, mandó hacerse vistosos vestidos y pasaba el tiempo viajando, pues su única preocupación era gozar de la vida.

Catalina, avarienta y egoísta, se compró una casita, donde vivía tan sólo con un gatito y usaba ropas no muy limpias. Enterró en el huerto sus monedas, y a veces ocurría que se iba a dormir con hambre porque había comprado poco pan…, para gastar lo menos posible su precioso dinero.

María continuó viviendo en casa del anciano tío y empleaba sus monedas en beneficio de los niños huérfanos y de los más necesitados. Junto con el auxilio material les llevaba palabras de afecto y compartía con ellos algunos momentos de oración. Ayudaba mucho en la parroquia y era un modelo de piedad para las otras muchachas.

Pasaba el tiempo y el tío Francisco no daba señales de vida. Raramente las tres hermanas se encontraban. Sólo María procuraba ir a visitar a las otras. Les daba buenos consejos, intentaba hacerles volver en razón. Sus palabras servían de poco, pero no se desanimaba. Pedía a la Virgen de la Esperanza que intercediese por ellas.

No tardó mucho para que Laura gastase todas sus monedas de oro… Empezó a vender las obras de arte con las que había adornado su mansión y cuando ya no tenía más, fue despidiendo a las empleadas una a una. Al final tuvo que vender la casa para pagar las deudas. Se quedó sola y sin recursos…

Arrepentida, buscó a María para pedirle ayuda. Ésta la recibió con los brazos abiertos. Movida por la bondad y por el ejemplo de su hermana, Laura quiso hacer una buena confesión, para reconciliarse con Dios por la vida disoluta que había llevado, y comenzó a trabajar a favor de los menos favorecidos.

Catalina cuando supo el cambio de vida de su hermana pensaba:

— ¡Lo que le ha pasado a Laura lo tiene bien merecido! Y María sigue por el mismo camino. De la manera que está ahora, gastando en “sus” huérfanos, pronto se quedará sin dinero y vendrá a pedírmelo a mí… Quizás sepa donde escondí mis monedas y… Creo que es mejor que vaya a esconderlo todo en un lugar más seguro.

De noche, cuando nadie la veía, cavaba deprisa un agujero en su huerto, al pie del naranjo, donde había enterrado las monedas de oro. Pero… ¡Qué sorpresa! ¡Habían desaparecido! ¡La bolsa estaba llena de guijarros! Y comenzó a gritar indignada:

— Lo sabía, María me ha robado ¡para dárselo a “sus” pobres!

En ese instante oyó una voz detrás de ella. Se volvió y… ¡No vio a nadie! Pero reconoció claramente que era la voz de su tío Francisco que la censuraba con bondad y tristeza:

— Catalina, Catalina… ¿Por qué acusas a una inocente? La avaricia de tu corazón ha sido la que ha hecho que las monedas de oro se transformen en piedras. María no necesita tu dinero. Deja de murmurar contra tu hermana, olvídate del oro que enterraste y procura acumular para ti “tesoros en el cielo, donde no hay orín ni polilla que los consuma; ni tampoco ladrones que los desentierren y roben. Porque donde está tu tesoro, allí está también tu corazón” (Mt 6, 20-21).

Asustada, la muchacha comenzó a llorar de arrepentimiento. Corrió hacia la casa de su hermana y le contó lo que le había pasado. María también lloraba, pero de alegría. Juntas fueron a la iglesia y Catalina se confesó. Desde entonces pasó a llevar una vida ejemplar.

Poco tiempo después, Laura encontró un buen marido, formó un hogar y educó a sus hijos en la religión y en el buen camino.

Catalina y María continuaron juntas. Emplearon su fortuna para aliviar a los pobres, es verdad, y prestaban buenos servicios al párroco, pero…, las palabras de su tío Francisco sonaban cada vez con más fuerza en sus corazones: “Procura acumular para ti tesoros en el Cielo”. De manera que un día entregaron todos sus bienes a una institución de caridad y entraron en el monasterio de la Inmaculada Concepción. Allí, lejos de las preocupaciones terrenales, se dedicaron a socorrer con sus oraciones y sacrificios a los necesitados de ayuda espiritual. No pasó mucho tiempo y Jesús vino a invitarlas a tomar posesión de los tesoros que habían ido acumulando en el Cielo.

(Extraído de la Revista “Heraldos del Evangelio – Salvadme Reina” nº 70 – www.salvadmereina.org)

“Permaneced en mí” – Comentario al Evangelio del 10 de mayo de 2009

Comentario al Evangelio – Domingo 5º de Pascua – Día 10 de mayo de 2009

“Permandeced en mí”

Para beneficio nuestro los Apóstoles vieron a Jesús
resucitado, creyeron en la Resurrección y dieron
testimonio de ella: para que creyendo nosotros,
tengamos la vida eterna.

Mons. João Scognamiglio Clá Dias, E.P.
(www.joaocladias.org.br)
Presidente General de los Heraldos del Evangelio

Evangelio: La vid y los sarmientos

Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo poda para que dé más fruto. Vosotros estáis ya limpios gracias a la Palabra que os he anunciado; 4permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permaneciere en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque sin mí nada podéis hacer. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; y los amontonan, y los echan al fuego para que ardan. Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y se os concederá. En esto será glorificado mi Padre, en que deis mucho fruto y seáis mis discípulos (Juan 15, 1-8).

I – Dios quiere la
intimidad con nosotros

Moisés se maravilló con la zarza que ardía sin consumirse. Esas llamas de rara belleza, mantenidas por la acción de un ángel, lo atrajeron. Movido por una fuerte y sobrenatural curioa Evangelio: La vid y los sarmientos A sidad, se acercó “para ver este extraño caso” y cuál no fue su sorpresa al oír la voz de Dios dentro de las llamaradas, advirtiéndole que se sacara las sandalias por hallarse en “tierra sagrada”.

Ahí recibió la elevada misión de liberar al pueblo elegido de su cautiverio y llevarlo a la Tierra Prometida. Sin embargo, en ese amanecer de su profetismo, algo lo hizo titubear: ¿cómo presentar el Señor a los demás? Una duda totalmente comprensible, ya que el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob era distante, invisible y de difícil acceso. La respuesta fue extremadamente sintética: “Iah Weh”, es decir, “Yo soy” 1.

Era el mismo Dios que paseaba todas las tardes con Adán en el Paraíso2, y que después del pecado original se hizo menos presente entre los hombres. A partir de ahí, sus manifestaciones se dieron casi siempre a través de la grandeza de los castigos (diluvio, confusión de las lenguas, etc.), que inspiraban profundo respeto, temor y admiración al pueblo. Aunque la travesía del Mar Rojo, el maná y otros acontecimientos milagrosos durante el Éxodo les dieron la noción experimental de un Ser Supremo que los protegía en los caminos de la vida, la entrega misma de las Tablas de la Ley en el Sinaí se tornó en símbolo de las relaciones con el hombre basadas en una severa justicia. Ese Ser absoluto se presentaba ante el pueblo elegido como un Legislador intransigente, invisible e inalcanzable.

La forma divina de actuar experimentó un cambio inimaginable en estos más de dos mil años de Nuevo Testamento, desde que “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14). El mismo Dios que hiciera temblar el Sinaí y diera grandes poderes al brazo de Sansón o a la voz de Elías, se dejó adorar como un bebé en el pesebre de Belén y estuvo en los brazos de María, José, Simeón y los Reyes Magos. Doce años más tarde, niño todavía, discutió con los doctores en el Templo; durante su juventud ayudó a su padre en los trabajos de carpintería; y al comenzar su misión pública se presentó en una boda de Caná, realizando ahí su primer milagro.

En Jesús, Dios quiso la intimidad con nosotros. Siguió siendo el mismo“Iah Weh”, pero atribuyéndose títulos diferentes: “Yo soy el Buen Pastor” (Jn 10, 11), “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6), “Yo soy la luz del mundo” (Jn 8, 12), “Yo soy la puerta de las ovejas” (Jn 10, 7), “Yo soy el pan vivo bajado del cielo” (Jn 6, 51). La mención de todas estas criaturas –al llorar sobre Jerusalén se comparó incluso con la gallina y sus polluelos– muestra su enorme deseo (deseo eterno) de hacernos partícipes de su vida.

En este contexto se inscribe el Evangelio de hoy.

II – Nuestra
permanencia en Jesús

Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador.

Comenta el cardenal Isidro Gomá y Tomás: “Como la alegoría del Buen Pastor, así esta bellísima de la viña mística nos ha sido conservada sólo por San Juan. Pudo sugerírsela al Señor el recuerdo del vino de la cena, del que ha dicho no bebería ya más; o simplemente la inventó por ser ella aptísima para expresar el pensamiento, o mejor, teoría de la unión espiritual con él” 3.

La parra de uvas era una realidad tan corriente para Israel, que cuando Salomón en su reinado logró la paz con todos los pueblos vecinos, así lo refirió la Escritura: “Judá e Israel habitaban seguros, cada uno debajo de su parra y de su higuera, desde Dan hasta Berseba” (1 Re 4, 25).

La verdadera vid

¿Y qué significa el vocablo “vid”, que el Maestro emplea en este versículo? Antes había dicho: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo” (Jn 6, 51) y Juan afirmó que era “la luz verdadera”.¿Cómo se explican estos adjetivos?

Frente a herejías de antaño, algunos Padres de la Iglesia quisieron establecer esta particularidad a través de los efectos producidos por la“vid”, la “luz” o el “pan” verdaderos, que alimentan la fe de quienes se sirven de ellos, mientras los seres materiales correspondientes sólo sirven para el sustento o desarrollo físico. Nosotros, sin embargo, nos inclinamos a pensar que Dios, en su infinita y eterna sabiduría, creó dichos seres (luz, pan, viña, pastor, camino, etc.) primordialmente para hacerse entender mejor por el hombre. En tal sentido, no contienen la verdad completa, a la que sólo simbolizan; su arquetipo es el mismo Jesús.

¿Y por qué en esta ocasión habla Jesús de la vid y el labrador? Atendamos nuevamente al cardenal Gomá: “Jesús ha dicho a sus discípulos que va a separarse de ellos; pero esta separación no será sino según el cuerpo: espiritualmente deberán permanecer íntimamente unidos a él para vivir la vida divina; morirán si de Él se separan. Esta doctrina la propone envuelta en la alegoría de la vid. Yo soy la verdadera vid, la vid ideal y perfectísima, en quien, mejor que en las vides del campo, se verifican las condiciones propias de esta planta. El cultivador de esta vida espiritual e incorruptible es el Padre: Y mi Padre es el labrador: Jesús no sería nuestra vid si no fuese hombre; pero no nos diera la vida de Dios si no fuese Dios: luego Jesús es el Mesías, Hijo de Dios” 4.

“Mi Padre es el Labrador”

Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo poda para que dé más fruto.

Jesús afirmó que el Padre es el labrador; es él quien asume, en consecuencia, la tarea de la poda, la limpieza, los cuidados. Como ya dijimos antes, Dios creó la vid, entre otras razones, para servir de ejemplo a estas actividades propias del Padre, y también para hacernos comprender mejor la relación entre los bautizados y Cristo. La vid es el más apto de los vegetales para dar a entender la necesidad del corte, o poda. San Pablo es muy explícito en su apreciación sobre el Labrador: “De modo que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios que hace crecer. El que planta y el que riega son una misma cosa; si bien cada cual recibirá el salario según su propio trabajo, ya que somos colaboradores de Dios y vosotros, campo de Dios, edificación de Dios” (1 Cor 3, 7-9).

Estas enseñanzas de Jesús muestran la pletórica vitalidad de su Cuerpo Místico. El Padre arranca los “sarmientos” improductivos; y a los que prometen frutos futuros, los despunta y acondiciona para que se beneficien de la savia con más excelencia.

No sería diminuto el elenco de los “sarmientos” infructíferos, ya que muchos son los vicios, malas tendencias y pecados que bloquean el flujo normal de la “savia” de la gracia. En síntesis, todos se originan en el egoísmo humano. Cerrarse sobre sí mismo, sumirse en el propio interés, acarrea como consecuencia inevitable un corte con las gracias de Dios, dadas para caminar hacia al Reino. Por otro lado, como afirma san Juan Crisóstomo, nadie puede ser verdadero cristiano sin buenas obras; y el egoísmo no las produce jamás.

En cuanto a la “poda” de los sarmientos fértiles, junto a las tentaciones y pruebas que Dios permite, hay dones, consuelos y estímulos sobrenaturales, actos divinos que persiguen la multiplicación de su fertilidad. Jesús deja ver en sus palabras la utilidad de las tentaciones para otorgar más virtud y mérito a los buenos “sarmientos”.

En resumen: “Lo que aquí se quiere expresar es que Cristo, Dios-hombre, influye directamente, por la gracia, en los sarmientos. El Padre, en cambio, es el que tiene el gobierno y providencia exterior de la viña” 5.

Los apóstoles fueron
purificados por la Palabra

Vosotros estáis ya limpios gracias a la Palabra que os he anunciado.

San Agustín, con esa inconfundible fe y sentido teológico que lo caracterizan, comenta este versículo llamando la atención a la eficacia de la palabra. En el mismo sacramento del Bautismo, el solo empleo del agua nunca purificaría el alma, aunque fuera útil para lavar el cuerpo. La eficacia del sacramento exige también el uso de la palabra con la intención de obrar dicha purificación. Por ella el agua purifica el alma, cuando escurre por la cabeza del bautizando.

Varios Padres de la Iglesia opinan que Jesús habría hecho en este pasaje una alusión indirecta a la apostasía de Judas, que se hallaba ausente a fin de perpetrar su traición. Antes de este episodio, Jesús respondió a Pedro al comienzo del lavatorio: “El que se ha bañado no necesita lavarse sino los pies, pues todo él está limpio, y vosotros estáis limpios, aunque no todos” (Jn 13, 10-11). Bien sabía que Judas lo iba a entregar, y por eso dijo: “Estáis limpios, aunque no todos”.

Otros observan en este versículo, además, que Jesús declara haber realizado la tarea del “labrador” al purificar a los apóstoles con la palabra, aunque poco antes se denominara “la verdadera vid”.

Condición para permanecer en Cristo

Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permaneciere en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí.

Cuando ya se está limpio, es preciso perseverar en tal estado, para lo cual es indispensable cumplir los mandamientos, ya que “no todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mt 7, 21).

Fray Manuel de Tuya, OP dice de este versículo algo digno de tenerse en cuenta: “El verbo que usa, «permanecer», es término propio y técnico de Juan. Lo usa 40 veces en su evangelio y 23 en su primera epístola. Y formula aquí con él la íntima, permanente y vital unión de los fieles con Cristo” 6.

Maldonado explica, con su claridad habitual, que esta permanencia nuestra en Jesús es como si nos dijera:

“ ‘Si queréis llevar fruto y que el Padre no os arranque, permaneced en mí. Yo ya he hecho de mi parte lo que debía, comenta Teofilacto, al limpiaros con mi doctrina; ahora vosotros haced lo que debéis. Permaneced, perseverad en esta limpieza que yo os he procurado. Esto es, permaneced en mí’. ‘Mándales permanecer en Él, no por la fe sola, observan Leoncio y Cirilo, sino principalmente por la caridad, puesto que por la fe son muchos los que en Él permanecen, los cuales, con todo, no dan fruto ninguno. Cristo trataba de aquella permanencia en sí mismo que produce frutos, lo cual es imposible sin caridad. A veces vemos en la vid muchos sarmientos secos, muertos, infructuosos, porque no participan de la savia de la raíz. Estos son los que sólo por la fe se adhieren a Cristo. Son sarmientos, permanecen en la vid, pero están muertos y secos, porque no chupan del humor de la gracia de Cristo, la cual no puede participarse sin la caridad, que es la vida del alma’” 7.

III – La permanencia de Dios en nosotros

Nuestra vida en Cristo es un tema muy comentado y conocido. Menos se habla, en cambio, de la permanencia suya en nosotros; pero es una realidad sobrenatural de fundamental importancia, sobre la que debemos detenernos para comprenderla bien.

Antes del presente trecho del Evangelio, que la liturgia tomó este domingo, se encuentra la siguiente afirmación de Jesús: “Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14, 23). Por lo tanto, no se trata sólo de la permanencia de la Segunda Persona, sino también de la Primera, es decir, del Padre. Y san Pablo dirá más tarde: “¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?” (1 Cor 3, 16). Así pues, se trata de la inhabitación de la Santísima Trinidad; o dicho de otra forma, Dios habita el alma en estado de gracia.

Dejemos de lado las consideraciones sobre el modo por el cual se realiza esta morada de Dios en nosotros, dado que es un asunto muy debatido por los especialistas a lo largo de los siglos, multiplicándose las opiniones sin que ello resuelva de manera satisfactoria este gran misterio. Para nuestra formación espiritual, importa más el hecho de esta morada de Dios en nosotros, temática en la cual existe felizmente una completa unanimidad de los teólogos.

Dios está presente en
todas las criaturas

Enfoquemos primero la presencia divina en Jesús. En Él, esta presencia se da como en un templo. Debido a la unión hipostática, Él no tiene personalidad humana, sino sólo divina; es la más alta presencia posible de Dios en una criatura.

La segunda presencia más importante es la Eucarística, que de modo directo e inmediato se refiere únicamente al Cuerpo de Cristo, pero de manera indirecta se relaciona con las tres inseparables Personas de la Trinidad Santa, dado que el Verbo tiene una intrínseca unión personal con la humanidad santísima de Cristo.

Dios está presente en todas las criaturas aunque no se lo vea, como explica santo Tomás: “Dios está en todas las cosas íntimamente” 8.Y más adelante: “Dios está en todos por potencia, en cuanto que todo está sometido a su poder; está por presencia en todos, en cuanto que todo queda al descubierto ante Él; está en todos por esencia, en cuanto que está presente en todos como razón de ser” 9.

La permanencia divina en nosotros, de la que nos habla el Evangelio de hoy, es inferior a las dos primeras, pero especial en relación a la última, aunque la presuponga.

Dios permanece en nosotros
como Padre y como Amigo

La presencia general, denominada presencia de inmensidad, es común a todo ser creado, ya sea una gota de agua, un ángel o un condenado al infierno. Sin esta presencia la criatura volvería a la nada. Pero Jesús habla, en el versículo en cuestión, de una permanencia enteramente peculiar. Como sabemos, la paternidad se verifica sólo cuando el padre transmite su naturaleza al hijo; así, por más que una estatua pueda parecerse al hijo de su escultor, el hijo será uno y la otra una simple imagen, sin naturaleza humana. Jesús es realmente Hijo de Dios porque posee la naturaleza divina en plenitud; y nosotros, los bautizados, lo somos también por una adopción intrínseca a través de la gracia santificante, la cual nos otorga una misteriosa participación en la divina naturaleza. A partir del Bautismo, Dios –que ya se encontraba en nosotros al ser criaturas, como vimos– pasa a permanecer en nuestra alma como Padre y a tratarla como auténtica hija suya. Esta permanencia es exclusiva y propia de los hijos de Dios.

Santo Tomás enseña que la caridad establece una profunda y mutua amistad entre Dios y los hombres. Así, por la caridad sobrenatural infundida en el alma junto al cortejo de todas las demás virtudes y dones, Dios pasa a permanecer en ella con una realidad diferente, ya no puramente como Creador, sino también como Padre y además como Amigo. Por eso, esta inhabitación de la Santísima Trinidad se atribuye de un modo especial al Espíritu Santo, el Amor increado10.

La permanencia de
Dios nos diviniza

Según los teólogos, esta permanencia es el primero y el mayor de todos los dones que se puedan recibir, ya que permite la real y verdadera posesión de Dios. Así como el niño en gestación se alimenta continuamente de la vida de la madre, esta permanencia de Dios en el alma confiere, sin interrupción, la propia Vida divina. Aquí se entiende mejor la frase de Cristo: “Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10). Por esto la Iglesia llama al Espíritu Santo “dulce huésped del alma” (dulcis hospes animæ): Él no hace una rápida visita al alma, sino al contrario, permanece en ella; no sólo dilata nuestras almas a las verdades de la fe, sino que nos da la intimidad con sus misterios, haciendo que los conozcamos de manera repentina o progresiva. Consolador y médico, el Espíritu cura nuestras enfermetá dades, nos robustece en nuestras debilidades, nos enseña a rezar11. Conoce bien el camino que debemos recorrer, y nos lleva por él con sus mociones suaves y tantas veces eficaces.

En su maravillosa permanencia dentro de nosotros, la Santísima Trinidad se deja poseer y gozar por el alma, como lo enseña el mismo santo Tomás: “Se dice que no tenemos sino aquello de lo que podemos hacer uso y disfrutar libremente. Poder disfrutar de la persona divina sólo es posible por la gracia santificante. […] La criatura racional es perfeccionada por el don de la gracia santificante, no sólo para hacer uso libre del don creado, sino para disfrutar de la misma persona divina” 11.

En síntesis, esta permanencia de Dios en nosotros, que Jesús promete en este versículo con tal que permanezcamos en Él, nos transforma en Dios, guardando las debidas proporciones entre Creador y criatura. Esta realidad la expresó magníficamente el P. Ramière:

Es verdad que en el hierro abrasado está la semejanza del fuego, mas no es tal que el más hábil pintor pueda reproducirla sirviéndose de los más vivos colores; ella no puede resultar sino de la presencia y acción del mismo fuego. La presencia del fuego y la combustión del hierro son dos cosas distintas; pues ésta es una manera de ser del hierro, y aquélla una relación del mismo con una sustancia extraña. Pero las dos cosas, por distintas que sean, son inseparables una de otra; el fuego no puede estar unido al hierro sin abrasarle, y la combustión del hierro no puede resultar sino de su unión con el fuego.

Así el alma justa posee en sí misma una santidad distinta del Espíritu Santo; mas ella es inseparable de la presencia del Espíritu Santo en esa alma, y,por lo tanto, es infinitamente superior a la más elevada santidad que pudiera alcanzar un alma en que no morase el Espíritu Santo. Esta última alma no podría ser divinizada sino moralmente, por la semejanza de sus disposiciones con las de Dios; el cristiano, por el contrario, es divinizado físicamente, y, en cierto sentido, substancialmente, puesto que sin convertirse en una misma substancia y en una misma persona con Dios, posee en sí la substancia de Dios y recibe la comunicación de su vida” 12.

Nuestra absoluta
dependencia de la gracia

Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque sin mí nada podéis hacer.

Este es uno de los versículos más categóricos acerca de nuestra dependencia absoluta de la gracia para realizar cualquier acto sobrenaturalmente meritorio. Ya el II Concilio Milevitano (416) y el XVI Cartaginés (418) subrayaron esta afirmación de Jesús, advirtiendo que no dijo que hacer algo sin su concurso fuera difícil, sino imposible: “Sin mí nada podéis hacer”.

Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; y los amontonan, y los echan al fuego para que ardan.

San Agustín, de manera sintética, arroja luz sobre este versículo:

La leña de la vid es tan despreciable si no permanece en la vid como gloriosa si lo hace. El Señor dijo de ella, por el profeta Ezequiel, que una vez cortada no sirve para ningún uso de agricultor, ni para fabricar con ella trabajos de carpintería (Ez 15, 5). Sólo le caben dos destinos: la vid o el fuego. Si no está en la vid, estará en el fuego; para no estar en el fuego, debe, pues, conservarse en la vid” 13.

Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y se os concederá.

Esta promesa de Jesús es conmovedora. Como bien lo apunta el cardenal Gomá, en cierto modo Dios acatará los pedidos que se le hagan, como fruto de esa permanencia en Cristo. Pero es necesario guardar sus palabras con amor y reflexión y ponerlas en práctica, a ejemplo de María, que “guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón” (Lc 2, 19).

Cumplidas las condiciones enunciadas en este versículo, la consecuencia será una plena unión con Cristo. Así, los pedidos serán infaliblemente formulados de acuerdo a los deseos del Señor y, por lo tanto, siempre atendidos.

IV -La más alta alabanza
que pueda darse a Dios

En esto es glorificado mi Padre, en que deis mucho fruto y seáis mis discípulos.

La verdad contenida en este versículo nos lleva a concluir que el propio Dios también gana –ad extra, claro está– con esta mutua permanencia. Ad intra, la gloria de Dios es intrínsecamente absoluta; pero aquí se realiza la finalidad de las criaturas inteligentes,ángeles y hombres, que es tributarle gloria formal y extrínseca. La más alta alabanza que pueda darse a Dios se encuentra en las buenas obras, que al ser conocidas por los demás invitan a imitarlas. Esta gloria no consiste solamente en la multiplicidad de los buenos frutos, sino también en nuestra cualidad de discípulos de Cristo, como los apóstoles y tantos otros a lo largo de los milenios; es decir, en ser verdaderos heraldos del Evangelio por la palabra y por el ejemplo.

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1 Cfr. Ex 3, 1-15.

2 Cfr. Gen 3, 8.

3 El Evangelio Explicado, Acervo, 1967, v. II, p. 519.

4 Op. cit., p. 519.

5 P. Manuel de Tuya OP, Biblia Comentada, BAC, Madrid, 1964, vol. II, p. 1242.

6 Op. cit. p. 1243.

7 P. Juan de Maldonado, SJ, Comentarios a los cuatro Evangelios, BAC, 1954, v. III, pp. 821-822.

8 Suma Teológica, I, q. 8, a. 1.

9 Idem, q. 8, a. 3.

10 Cfr. Suma Teológica II-II, q. 23, a. 1.

11 Cfr. Rom 8, 26.

12 Cfr. Suma Teológica I, q. 43, a. 3.

13 Enrique Ramière, SJ, El Corazón de Jesús y la divinización del cristiano, Bilbao, 1936, pp. 229-230.

14 Evangelio de san Juan, comentado por san Agustín, Coimbra, 1952, v. IV, p. 186

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-Lea o descargue aquí la versión del comentario al Evangelio, en formato PDF-
(Transcrito de la Revista “Heraldos del Evangelio” Nº 34 – Mayo 2006 -www.salvadmereina.org)

“Año Sacerdotal” en homenaje al Santo Cura de Ars

“Año Sacerdotal” en homenaje al Santo Cura de Ars

Con motivo del 150º aniversario de la muerte del Santo Cura de Ars, el Papa Benedicto XVI anunció el pasado día 16 de marzo la realización de un Año Sacerdotal, cuyo tema será: “Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote”.

Según informa la agencia Fides, el propio Santo Padre lo abrirá el próximo 19 de junio ante la presencia de las reliquias del Cura de Ars, traídas por Mons. Guy Claude Bagnard, Obispo de Belley-Ars. Será clausurado el año que viene en las mismas fechas con un Encuentro Mundial Sacerdotal en la Plaza de San Pedro.

Durante este Año Jubilar Benedicto XVI proclamará a San Juan María Vianney “Patrón de todos los sacerdotes del mundo”. Además se publicará el Directorio para los Confesores y Directores Espirituales junto a una colección de textos del Sumo  pontífice sobre los temas esenciales de la vida y la misión sacerdotal en la época actual.

El Prefecto de la Congregación para el Clero, el Cardenal Claudio Hummes —de acuerdo con los Ordinarios diocesanos y los Superiores de los Institutos religiosos—, se preocupará de promover y coordinar las diversas iniciativas espirituales y pastorales, que buscarán resaltar cada vez más la importancia del papel y la misión del sacerdote en la Iglesia y en la sociedad contemporánea, como también la  necesidad de potenciar la formación permanente de los sacerdotes y seminaristas.

(Revista Heraldos del Evangelio – Salvadme Reina, nº 70)

España – Aumenta el número de seminaristas

España – Aumenta el número de seminaristas

Con motivo del Día del Seminario, conmemorado el 19 de marzo en la mayoría de las diócesis, fueron presentadas las últimas estadísticas sobre los más de cincuenta seminarios de España, que revelaron un aumento del 16,6% del número de candidatos al ministerio sagrado, ordenados presbíteros.

Actualmente existen en este país 1237 seminaristas y fueron ordenados 196 sacerdotes el año pasado.

(Revista Heraldos del Evangelio – Salvadme Reina, nº 70)

El Señor es mi Pastor – Comentario al Evangelio del 3 de mayo de 2009

Comentario al Evangelio – Domingo 4º de Pascua – 3 de mayo de 2009

El Señor es mi Pastor

A propósito de la cura del ciego de nacimiento,
y de la polémica provocada por ella entre los fariseos,
Jesús se reveló como el Buen Pastor,
que arriesga la vida por sus ovejas.
Fue esta una de las ocasiones en las cuales
Él expresó de modo más emocionante
su amor infinito a nosotros
.

Mons. João Scognamiglio Clá Dias, E.P.
(www.joaocladias.org.br)
Presidente General de los Heraldos del Evangelio

Evangelio:

Dijo Jesús: «Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir el lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estrago y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor. Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre». (Jn 10, 11-18).

Dios, en su inagotable sabiduría, dispuso en perpetuo orden y armonía todos los seres, haciendo muchas veces que los inferiores sean símbolos de los superiores. Así, en el sexto día de su obra, creó entre los animales la especie ovina, con la intención de, en el futuro, que el cordero sirviese de título al Redentor, el Cordero de Dios. Confirió características propias a los rebaños de ovejas, así como a la relación entre éstas y sus pastores, para facilitar la comprensión del amor entre el Fundador de la Iglesia y sus fieles.

En la civilización de hoy, demasiado industrial y planificada, causa agradable sorpresa encontrar en los campos, rebaños que nos recuerdan aquella sociedad pastoril de los primeros siglos de la Historia. Ajenos a las transformaciones técnicas y sociales, esos animales continúan comportándose como otrora. Impresiona observar su sensibilidad a la voz o al silbido de su guía.

Cierta ocasión, estando en un ambiente campestre en las cercanías del Palacio del Escorial, no muy distante de Madrid (España), asistía a un “sermón” dirigido por un pastor a su rebaño. Las ovejas oían con ejemplar atención las amonestaciones sobre los cuidados que deberían tener durante la permanencia en aquel lugar. Terminada la “prédica”,él las dispersó con un simple batir de palmas. Más tarde, las convocó a todas por la voz – llegando a llamar a algunas por el nombre propio – y las recondujo a la estrada, rumbo a su redil. El hecho me emocionó y me hizo recordar el Evangelio que debemos aquí analizar: “Las ovejas lo siguen, porque conocen su voz” (Jn 10, 4).

Pedagogía divina

Entre los varios instintos del hombre, el más fuerte e importante es el de sociabilidad. Aristóteles afirmaba que, por naturaleza, el ser humano es un animal político, o sea, sociable. La apetencia (y la necesidad) de que los hombres se relacionen unos con otros los lleva a unirse, dando secuencia al plan divino de la Creación, pues Dios nos dio ese instinto precisamente para estimular la constitución de la vida en sociedad. Pero no fue ésta la única razón, antes de todo, Él tenía en vista su propio deseo de entrar en contacto con las almas.

De acuerdo al Catecismo de la Iglesia Católica, Dios “quiere comunicar su propia vida divina a los hombres libremente creados por él, para hacer de ellos, en su Hijo único, hijos adoptivos. Al revelarse a sí mismo, Dios quiere hacer a los hombres capaces de responderle, de conocerle y de amarle más allá de lo que ellos serían capaces por sus propias fuerzas” (n° 52). Para llevar adelante el “proyecto divino de la Revelación”, la “pedagogía divina” consistió, desde los inicios de la humanidad, en preparar al hombre por etapas para esa relación con Él, cuyo ápice ocurriría en la encarnación, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo (cf. Idem, n° 53).

De esa pedagogía hace parte esencial el lenguaje simbólico. Quizás no haya Dios escogido mejor signo para expresar los vínculos a ser establecidos entre Jesús y nosotros que la figura del pastor con su rebaño.

Ya al inicio del Antiguo Testamento, hay una insistencia en la figura del pastor (cf. Gn 4, 4 y 20), en la persona de Abraham (Gn 12, 16), de Lot (Gn 13, 5) y del propio Rey David (1 Sam 17, 34-35). A los pocos, la conducción del rebaño se va convirtiendo en símbolo de los guías del pueblo de Dios, al punto de la Escritura referirse a ellos con estas palabras: “Os daré pastores que sean fieles a mí, y os pastorearán con inteligencia y sabiduría” (Jr 3, 15). O como en este trecho: “Hijo de hombre, profetiza contra los pastores de Israel, profetiza y diles: Esto dice el Señor: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No es el rebaño lo que deben apacentar los pastores? Vosotros os bebéis su leche, os vestís con su lana, matáis las ovejas gordas, pero no apacentáis el rebaño. No habéis robustecido a las flacas, ni curado a las enfermas, ni habéis vendado a las heridas; no habéis reunido a las descarriadas, ni buscado a las perdidas, sino que las habéis tratado con crueldad y violencia. Y así, a falta de pastor, andan dispersas a merced de las fieras salvajes. Mi rebaño anda errante por montes y colinas, dispersas mis ovejas por todo el país sin que nadie las busque ni las cuide“. (Ez 34, 2-6).

Entretanto, la figura del Pastor toma la plenitud de su significado en el Ser por excelencia, el propio Dios: “Esto dice el Señor: Aquí estoy yo para reclamar mis ovejas a los pastores; no les dejaré apacentar más a mis ovejas y así no se apacentarán más ellos mismos. Les arrebataré mis ovejas de su boca para que no les sirvan de alimento.

Porque esto dice el Señor: Yo mismo buscaré a mis ovejas y las apacentaré. Como un pastor cuida de sus ovejas cuando están dispersas, así cuidaré yo a mis ovejas y las reuniré de todos los lugares por donde se habían dispersado en día de oscuros nubarrones. Las sacaré de en medio de los pueblos, las reuniré de entre las naciones y las llevaré a su tierra; las apacentaré en los montes de Israel, en los valles y en todos los poblados del país.

Las apacentaré en pastos escogidos y pastarán en los montes altos de Israel; allí descansarán en cómodo aprisco y pacerán pingües pastos por los montes de Israel. Yo mismo apacentaré a mis ovejas y las llevaré a la majada, oráculo del Señor.

Buscaré a la oveja perdida y traeré a la descarriada; vendaré a la herida, robusteceré a la flaca, cuidaré a la gorda y robusta; las apacentaré como se debe. (…) Vosotros sois mis ovejas, las ovejas que yo apaciento, y yo soy vuestro Dios, Oráculo del Señor” (Ez 34, 10-16; 31).

Jesús el Buen Pastor

Por fin apareció en los cielos de la Historia el Pastor arquetípico, el Buen Pastor: “yo defenderé a mis ovejas, para que no sirvan más de presa; yo juzgaré entre oveja y oveja. Yo suscitaré un pastor; (…) las apacentará y será su pastor” (Ez 34, 22-23).

Jesús es el Pastor que dio la vida por su rebaño; además, siempre dispuesto a ir atrás de la oveja descarriada y, encontrándola, retornar alegre y feliz con ella sobre los hombros; a sacarla de la zanja, aunque en día sábado. ¿Cuál de nosotros puede decir que no ha sido alguna vez buscado por este Buen Pastor, en ocasiones hasta en trágicas circunstancias? ¿Quién alguna vez no se sintió oveja descarriada siendo conducida al rebaño en los hombros de Jesús?

Es en esta perspectiva que se incluye el Evangelio del 4° Domingo de Pascua: “Yo soy el Buen Pastor. El Buen Pastor da la vida por las ovejas; no como el asalariado que ni es verdadero pastor ni propietario de las ovejas. Este, cuando ve venir al lobo, las abandona y huye. Y el lobo hace presa en ellas y las dispersa. El asalariado se porta así, porque trabaja únicamente por la paga y no tiene interés por las ovejas. Yo soy el buen pastor, conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí, lo mismo que mi Padre me conoce a mí y yo lo conozco a él; y yo doy mi vida por las ovejas. Pero tengo otras ovejas que no están en este redil, también a estas tengo que atraerlas, para que escuchen mi voz. Entonces se formará un rebaño único, bajo la guía de un solo pastor. El Padre me ama, porque yo doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie tiene poder para quitármela; soy yo quien la doy por mi propia voluntad. Yo tengo poder para darla y recuperarla de nuevo. Esta es la misión que debo cumplir por encargo de mi Padre” (Jn 10, 11-18).

Las circunstancias: la cura
del ciego de nacimiento

Esas palabras se unen a un hecho anterior, lleno de emocionante contenido simbólico. Se inicia cuando Jesús mira a un ciego de nacimiento. Era común a los judíos, juzgar que existía una relación entre las enfermedades y los pecados cometidos por el enfermo, o por sus parientes. Por eso los discípulos preguntaron al Señor: “Maestro, ¿por qué nació ciego este hombre? ¿Fue por un pecado suyo o de sus padres?” (Jn 9, 2). La respuesta firme de Jesús y los hechos que siguieron, arrojarán luz para entender mejor el Evangelio del que estamos tratando: “La causa de su ceguera no ha sido ni un pecado suyo ni de sus padres. Nació así para que el poder de Dios pueda manifestarse en él” (Jn 9, 3). Habiendo hecho esa profética afirmación, Cristo curó al ciego.

Como no podía dejar de ser, el portentoso milagro causó conmoción entre todos los conocidos del curado, que querían conocer a “aquel hombre que se llama Jesús” (Jn 9, 11).

El rumor creció entre el pueblo al punto de llevar al antiguo ciego delante de los fariseos. Después de narrar lo ocurrido, se constató que la cura había sido realizada el día sábado. Esto constituía un gran crimen, condenado por los fariseos. ¡Un violador de la ley del sábado – por tanto, un pecador – no podía ser Dios! Finalmente había sido encontrada una acusación grave contra aquel Hombre que tanto los perturbaba. Entretanto, esta conclusión entraba en choque frontal con una pregunta levantada por otros fariseos: ¿cómo explicar que un tal prodigio pudiese ser practicado por un pecador?

En medio de la perpleja disensión, la esperanza de encontrar una salida hizo que los malos se volvieran hacia el ex-ciego. Quizás éste pudiese decir algo que desacreditase enteramente a Jesús. No obstante, se engañaban por completo. Aquella era una oveja que conocía la voz de su pastor, y que por ello no se dejaba engañar de ladrones y asaltantes. Convicto, afirmó que Nuestro Señor era un profeta. Con embarazo, los investigadores resolvieron interrogar a los padres de aquel hombre, con la esperanza de probar que él había tenido siempre una visión normal. Al final, descalificar al testigo es una salida bien conocida de aquellos que se encuentran en apuros. Sin embargo, una vez más fallaron en su intento, pues el matrimonio confirmó que su hijo era ciego de nacimiento, y sabiamente evitó otros comentarios sobre lo ocurrido: “Los padres respondieron así por miedo a los judíos, pueséstos habían tomado la decisión de expulsar de la sinagoga a todos los que reconocieran que Jesús era el Mesías. Por eso sus padres dijeron ‘Pregúntaselo a él, que ya tiene edad suficiente’.” (Jn 9, 22-23).

El interrogatorio final, en un ambiente de ansiedad y fraude, acabó despertando la indignación de los fariseos, que se chocaron con la firmeza de Fe y honestidad del ex-ciego. Habiendo ellos declarado que no sabían de donde era Jesús, “Él replicó: Esto es lo sorprendente. Resulta que a mí me ha dado la vista y vosotros ni siquiera sabéis de dónde es. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores; en cambio escucha a todo aquél que le honra y cumple su voluntad. Jamás se ha oído decir que alguien haya dado la vista a un ciego de nacimiento. Si este hombre no viniese de Dios, no habría podido hacer nada. Ellos replicaron: ¿Es que también pretendes darnos lecciones a nosotros, tú que estás envuelto en pecado desde que naciste?… Y lo echaron fuera” (Jn 9, 30-34).

La Iglesia es el redil,
cuya puerta es Cristo

Después de esta injusta conclusión de sus preguntas, no tardó el antiguo ciego en volverse a encontrar con Jesús. Éste, conociendo desde toda la eternidad aquellos hechos, le preguntó si creía en el Hijo de Dios. Ante no pocos curiosos, el hombre no sólo afirmó su creencia en Jesucristo, sino que también se postró delante de Él y lo adoró.

Esa bella y virtuosa actitud dejó enmudecido al público presente. El Divino Maestro aprovechó la ocasión para sacar todo el provecho del episodio, y afirmó: “Yo he venido a este mundo para un juicio: para dar la vista a los ciegos y para privar de ella a los que creen ver” (Jn 9, 39).

A partir de este instante, entrando en contienda abierta con los fariseos, Jesús pasa a desarrollar la parábola narrada en el Evangelio de hoy. Comienza por referirse a un hábito común, bastante conocido entre los judíos: el ladrón no entra por la puerta del redil, sino “por cualquier otra parte” (Jn 10, 1). El pastor, por el contrario, usa sólo esa puerta, haciendo oír su voz por las ovejas.

Como los fariseos no habían entendido la alegoría, el Divino Maestro se declaró a sí mismo, la puerta del redil.

Comentando con brillo ese trecho del Evangelio, la Constitución Dogmática Lumen Gentium afirma: “La Iglesia es el redil, cuya puerta única y necesaria es Cristo. Es el rebaño, del cual el propio Dios anunció que sería el Pastor, y cuyas ovejas, aunque gobernadas por pastores humanos, son incesantemente conducidas a los pastizales y alimentadas por el propio Cristo, Buen Pastor y Príncipe de los pastores, que dio su vida por las ovejas” (LG 6).

Un solo rebaño
y un solo Pastor

Por los antecedentes y por todo el contexto en el cual ocurre, la presente parábola nos lleva a comprender la divina excelencia del Buen Pastor. Jesús no sólo conoce como efectivamente ama sus ovejas desde toda la eternidad. Él las creó, una a una, y las redimió con su propia sangre, elevándolas a participar de su vida. Además, se quedó como alimento en la Eucaristía hasta la consumación de los siglos. Su trato hacia el rebaño alcanza extremos inimaginables incluso para el más perfecto de los ángeles.

A través de la Fe y en virtud de la Gracia, sus ovejas por reciprocidad, lo conocen, confían en Él y lo aman con fervor. Así, Buen Pastor y ovejas conviven de un modo semejante a la relación existente entre las tres personas de la Santísima Trinidad, en un solo Dios. Esa es la principal razón de su deseo-profecía: “Habrá un solo rebaño y un solo pastor” (Jn 10, 16).

A través de la entrega de su propia vida, sobre la cual Él tiene un poder absoluto, obtendrá Jesús una unidad entre Pastor y redil.

También nosotros
debemos ser pastores…

Dispuso Dios que las figuras del cordero, del rebaño y del pastor facilitasen al hombre la comprensión de la necesidad del apostolado. En su substancia simbólica, ellas refuerzan principios enunciados a lo largo de la Sagrada Escritura: “E impuso a cada uno deberes para con el prójimo” (Eclo 17, 14).

Con relación a Jesús, somos corderos; es nuestra obligación moral y religiosa reconocer su voz y seguirlo. Pero también somos muchas veces llamados a representar el papel de pastores hacia nuestros hermanos, deber de caridad, como nos enseña San Pedro: “Cada uno ha recibido su don; ponedlo al servicio de los demás como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios” (1 Pe 4, 10). Si no procedemos así, seremos juzgados como el siervo malo y perezoso de la parábola de los talentos (cf. Mt 25, 14-30).

El trecho del Evangelio que acabamos de analizar constituye una apremiante invitación para la participación efectiva, dedicada y con entusiasmo de todos los fieles en las tareas de apostolado. La obligación de evangelizar no es exclusiva de los religiosos, sino también de todo bautizado. Por este sacramento, cada uno de nosotros es incorporado a una sociedad espiritual – la Santa Iglesia Católica- regida por la Comunión de los Santos, recibiendo una vocación general de apostolado y una misión individual de expandir el Reino de Cristo. Concernidas en esto se encuentran de una manera especial las asociaciones y movimientos católicos.

Para la realización de esa actividad, el campo de trabajo más apropiado es la parroquia. En otros términos, nada más digno de alabanza y eficiente que contribuir para la reanimación de nuestras parroquias, esforzándonos por incluir en este ámbito a todos aquellos que estén a nuestro alcance.

Recurramos a la Madre del
Buen Pastor

María es la estrella de la nueva evangelización“, nos recuerda el Papa Juan Pablo II. Quien quiera tener éxito en esa sublime empresa de atraer a sus prójimos para el redil de Jesucristo, no puede dejar de colocar sus trabajos y su propia persona bajo la protección y la orientación de la Madre del Buen Pastor.

En las catacumbas de Santa Priscila, en Roma, se puede ver, bien conservada, una pintura que representa a Nuestro Señor como el Buen Pastor. Significativamente, lleva Él en los hombros a la oveja perdida y camina en dirección a su Madre, en cuyas manos va a entregarla.

Pidamos a ese Corazón Maternal e Inmaculado que nos conduzca al Buen Pastor, y así podamos cumplir con santidad nuestros deberes de apostolado con nuestros hermanos.

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-Lea o descargue aquí la versión del comentario al Evangelio, en formato PDF-
(Transcrito de la Revista “Heraldos del Evangelio” Nº 6 – Junio/Julio 2003 -www.salvadmereina.org)

El Papa nombra nuevo Arzobispo de Toledo

El Papa nombra nuevo Arzobispo de Toledo

El pasado 16 de abril, la Santa Sede hizo público el nombramiento por el Papa Benedicto XVI como Arzobispo de Toledo, Sede Primada de España, a Mons. Braulio Rodríguez Plaza, hasta entonces Arzobispo de Valladolid.

La Arquidiócesis de Toledo estaba vacante desde el nombramiento del Cardenal Cañizares como Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, el 9 de diciembre de 2008.

Mons. Braulio nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Realizó estudios filosóficos y teológicos en el Seminario de Madrid. Obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas, se diplomó en Sagrada Escritura en L’École Biblique de Jerusalén y alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte.

Recibió el orden sacerdotal en Madrid, el 3 de abril de 1972. El 13 de noviembre de 1987 fue nombrado obispo de Osma-Soria, siendo ordenado el 20 de diciembre del mismo año. El 12 de mayo de 1995 fue designado obispo de Salamanca y el 28 de agosto de 2002 asumió como Arzobispo Metropolitano de Valladolid.

Con esta elección, se convierte en el 120º Arzobispo Primado de España.